Lo bueno de estos tiempos es que hay una especie de retorno a la discusión
política verdadera y, aunque a menudo se pierde el tiempo en choques clamorosos pero estériles,
despunta a veces una cierta voluntad de debatir lo importante.
En las semanas últimas se aglutinaron variadas iniciativas provenientes del mundo de la
cultura, conmovido por las derivaciones del colosal parate que produjo el enfrentamiento entre
Gobierno y productores agropecuarios. Un error malévolo y absurdo que se viene perpetrando es el
que gira sobre la idea de que “ahora” comenzó el desasosiego urbano con el Gobierno.
La verdad es que el oficialismo kirchnerista perdió en todas las grandes ciudades argentinas
en las elecciones presidenciales del 28 de octubre: Capital Federal, Rosario, Córdoba, La Plata,
Mar del Plata y Bahía Blanca, seis grandes centros urbanos. Se ratificó una verdad consagrada: el
Gobierno no hace pie en las megalópolis, es fuerte en los suburbios y en las provincias más
alejadas, donde hay hegemonía de caciquismos y caudillismos.
No era una novedad que las ciudades ya habían expresado sus disgustos e inadecuaciones, pero
–sin embargo– cuando el conflicto campo/Gobierno deflagró con fuerza en la segunda
quincena de marzo, muchos panegiristas del oficialismo se vieron obligados a barruntar unas
“explicaciones” de chapucería imbatible.
Pero si las ciudades no votaron a Cristina Kirchner, ella había sido apoyada en los
suburbios empobrecidos y en las zonas rurales. Con el nivel de retenciones de octubre de 2008, el
campo fue básicamente kirchnerista. Lo que en estas últimas diez semanas ha acontecido es que la
molestia con el Gobierno se diseminó fuera de las ciudades.
Los intelectuales que juzgan positivamente a los Kirchner atribuyen un rol especialmente
dañino a “los medios”, una generalización ramplona e increíblemente tosca que retoma
ancianas visiones de hace décadas, cuando las fuerzas que se presentaban como revolucionarias
atribuían a la enajenación del sujeto de cambio su, para ellas, incompresible falta de toma de
conciencia.
Iluminadas por un voraz apetito de vanguardismo, sostenían que las “campañas”
malvadas de sus enemigos ideológicos explicaban la falta de alineamiento de las clases medias junto
a las filas del pueblo. Han pasado años largos y trascendentes, pero el progresismo se sigue
manejando con las mismas herramientas. Gente culta, preparada e incluso decente reitera la vieja
letanía del lamento por la deslealtad de quienes muerden la mano que –supuestamente–
les da de comer. Dice, por ejemplo, el docente de Filosofía Ricardo Forster en un reportaje a la
revista oficialista Debate: “Los medios de comunicación (…) han entrado violentamente
en la escena agraria y han modificado la visión del mundo de los chacareros”. ¿Y la clase
media? Postula Forster: “Existe una enorme porción de las clases medias en un estado de
imbecilización moral (sic) preocupante”.
Forster es uno de los firmantes de una espesa carta abierta suscripta por varios centenares
de personas en defensa del Gobierno y con una fuerte crítica a “los medios”.
Su lenguaje no es apto para gente sencilla como los periodistas. Un párrafo de muestra:
“En una situación global de creciente autonomía de los actores del proceso de producción de
símbolos sociales, ideas e ideologías, se producen abusivas lógicas massmediáticas que redefinen
todos los aspectos de la vida social, así como las operaciones de las estéticas de masas
reconvirtiendo y sojuzgando los mundos de lo social, de lo político, del arte, de los saberes y
conocimientos”.
Forster no duda: “Evidentemente, hay una decisión de generar un clima adverso que se
va magnificando”. ¿Una decisión? ¿De quién? ¿Cómo se tomó? ¿Dónde? ¿Quiénes la tomaron? ¿Se
juntaron y se pusieron de acuerdo entre ellos? Impresiona la rusticidad de este razonamiento,
claramente evocatorio de los mecanismos prevalecientes en los 70, cuando El Descamisado afirmaba
que la masacre del 20 de junio de 1973 en Ezeiza había sido organizada por la CIA norteamericana.
Periodistas enemigos, clases medias imbéciles, chacareros de cerebro lavado; en resumen, un
aquelarre donde finalmente nada puede explicarse, porque –añade– “vivimos un
tiempo de la cultura dominada por una lógica massmediática. De brutalización, de simplificación
extrema, de maniqueísmo, de construcción de la noche a la mañana de personajes insólitos”.
Impresiona el agotamiento manifiesto de la capacidad de palabras e ideas para dar cuenta de
lo que sucede en el país y en la calle. Impotencia llamativa, pero además perniciosa, porque
produce una densa amargura temperamental, enojo e insatisfacción crónicos que pueden advertirse con
nitidez en las conductas de la Presidenta.
Ella, como antes y también ahora Néstor Kirchner, se manejan sin ocultar el desagrado que
les produce no ser reconocidos. Hay en su verba y lenguaje gestual una postura de reproche eterno:
a los medios, a los opositores, al modelo “neoliberal”, a los años noventa, a todos los
que asumen la condición de bestias negras del paraíso nacional.
Los firmantes de la carta abierta (entre ellos Federico Andahazi, Cristina Banegas, Patricio
Contreras, León Ferrari, Horacio Fontova, Juan Gelman, Liliana Herrero, Ernesto Laclau, Daniel
Marcove, Luis Felipe Noé, Teresa Parodi, Tato Pavlovsky, Luisa Valenzuela y David Viñas) proclaman
su desasosiego de cara a lo que –aceptan– NO hace el Gobierno: “Sentimos que las
carencias que muchas veces muestra el Gobierno para enfocar y comprender los vínculos,
indispensables, con campos sociales que no se componen exclusivamente por aquellos sectores a los
que está acostumbrado a interpelar, no posibilitan generar una dinámica de encuentro y diálogo
recreador de lo democrático-popular”.
Sienten que el Gobierno “carece de comprensión” de estos problemas. No se animan
a imaginar que el modo de construcción de las políticas gubernamentales revela una acendrada y
poderosa estirpe vertical y aristocrática, en el sentido de que se aplican modos y conceptos de
pura cepa aparatista. Todo se decide y emite desde un centro radial.
Esta realidad choca estrepitosamente con la creciente evidencia de una sociedad cada vez más
policéntrica, necesitada hoy de densidad política. Esa faltante densidad deriva de que la política
hecha hoy desde el poder gubernamental se desentiende de idea de ciudadanía.
Claro, reconocer esta galaxia de posibilidades implicaría asumir espinosas complejidades
propias de la política democrática. Supondría vivir la politicidad como proceso permanente de
esfuerzo y aproximación, rumbo a una sociedad articulada entre ciudadanos libres e iguales. Esos
ciudadanos debemos tener derechos y deberes equiparables, ¿o no es éste, acaso, el verdadero
fundamento de la libertad y la igualdad?
La discusión sobre los procedimientos nunca fue tan acuciante y necesaria. La Argentina, y
su actual Gobierno, se “compraron” diez semanas de turbulencia y amargura porque el
poder ordenó una brutal exacción fiscal por la vía expeditiva de una resolución ministerial. Crujió
entonces una sociedad informada, compleja, fragmentada y escéptica como la argentina, harta de la
conducción de tipo imperial, a la que ya “no da” seguir gobernando con prepotencia
didáctica.
¿Es acaso tan difícil comprenderlo?