En el 2006,
un tercio de los hombres adultos que vivían en Pitcairn Island -la última colonia
inglesa en el Pacífico y probablemente el territorio habitado más remoto de la Tierra-
fue juzgado y condenado por 33 cargos de violación y abuso sexual.
El juicio, que se llevó a cabo mitad en Inglaterra y mitad en la isla que sirvió como musa
inspiradora de una novela de Julio Verne, generó una
polémica internacional que sigue vigente hasta hoy, a
pocas semanas de que los últimos dos de los seis condenados salgan en libertad
condicional tras casi dos años entre rejas.
La polémica en torno a los juicios comenzó en el 2004, tras el fallo de una corte inglesa que
determinó que
los acusados serían juzgados bajo la ley inglesa, pese a que la Corona casi no
había tenido contacto con la isla, ubicada a mitad de camino entre Nueva Zelanda y Panamá.
La decisión enfureció, inclusive, a las mujeres que durante la investigación habían declarado
ante la policía que habían sido violadas repetidamente durante su pubertad y adolescencia y llevó a
que
sólo siete de las 24 mujeres que habían denunciado abusos accedieran a declarar en el
juicio.
“Durante alrededor de 100 años, la gente de
Pitcairn había vivido y regido su vida bajo la ley de Pitcairn, un código escrito
por los propios habitantes de la isla y sensible a sus necesidades”, explicó
Herbert Ford, director del Pitcairn Islands Study Center, de la Pacific Union
College en California.
“Ese código, que ya había sido utilizado para juzgar decenas de delitos a los largo de
los años, hubiera sido el adecuado para juzgar los cargos de abuso sexual que hicieron los
británicos”, opinó.
1789. Apenas comenzaron, los juicios dividieron a la pequeña comunidad de cerca de
60 personas que habitaba Pitcairn. Habían pasado más de 200 años desde el día en que en 1789 los
presos ingleses del barco HMS Bounty se rebelaron contra el capitán,
se
hicieron con el control de la embarcación y se escondieron en la isla junto a varias mujeres que
llevaron desde Tahití.
“Unas dos o tres familias consideraron que los juicios que llevaron a cabo los
británicos fueron legítimos.
Todo el resto, consideró que se trató de un circo mediático y que el resultado ya
estaba pautado con anterioridad. Hasta el día de hoy, esta división se siente en el aire”,
contó Ford, quien viajó a la isla por última vez en septiembre del año pasado.
Varias de las mujeres de la isla -que sufrieron las condenas de sus hijos, hermanos o
maridos- sostenían que
desvirgar a las niñas a los 11 o 12 años era en Pitcairn una “herencia
cultural” y que, como tal, no podía ser juzgada como delito.
A pesar de los esfuerzos de los habitantes de la isla por preservar una intimidad que estaba
siendo ventilada en los medios británicos, no pudieron evitar que la prensa revelara al mundo los
pormenores de sus hábitos sexuales.
Horrorizados, los ingleses se enteraron de que el adulterio, los juegos sexuales entre niños
de temprana edad y las relaciones sexuales entre adultos y adolescentes de 12 o 13 años no sólo
eran frecuentes sino hasta socialmente aceptables.
Tras los juicios, la Corona británica, determinada a poner fin a estas costumbres, empezó a
prestar más atención a Pitcairn.
Hoy habitan en la isla 45 descendientes de los “amotinados” y 15
“extranjeros”, entre los que se encuentran la familia del maestro de la
escuela, la familia del pastor de la iglesia, el médico, dos guardias de la cárcel y un asistente
del gobernador.
Mientras la Corona inglesa quiere evitar que conductas como las que llevaron a los juicios
vuelvan a repetirse, falta determinar si un grupo de
outsiders (como llaman los nativos a los inmigrantes) puede modificar una cultura
instaurada hace siglos.
*Redactora de
Perfil.com.