El mundo ha ingresado en una era histórica de altos precios de los alimentos. Se estima que, en los
próximos 10 años (2007-2017), habrá un incremento de 20% promedio en los precios de las carnes; de
30% en los del azúcar; de 40%/60% en el trigo, el maíz y la leche en polvo; de 60% en las
oleaginosas y mantecas; y de 80% en los aceites vegetales.
Estas estimaciones constituyen sólo un piso del nivel efectivo de los aumentos, que
“podrían ser netamente superiores”, según señala el informe presentado esta semana en
París por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y la
OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico).
FAO/OCDE presumen que el crecimiento de la economía mundial de los últimos cinco años
–en que el ingreso real per cápita aumentó 4,3% anual, el nivel más alto de la historia del
capitalismo desde la Revolución Industrial (1780)– continuará en la próxima década. Sostienen
también que la población mundial ascenderá a 7.400 millones de habitantes en 2017, con una tasa de
incremento poblacional de 1,1% anual, inferior a la de los últimos 10 años.
En el mundo en expansión que prevén FAO/OCDE, los aceites vegetales encabezarán el auge de la
demanda de alimentos, con un crecimiento de 50% hasta 2017. China, considerada individualmente,
representará la mitad de ese incremento mundial.
Estados Unidos tendrá en 2017 una cosecha de maíz de 500 millones de toneladas, una cifra
superior a la demanda mundial del año pasado. De ese total, 40% se destinará a la producción de
etanol. Significa que EE.UU. dedicará para producir este biocombustible un porcentaje de su cosecha
de maíz superior a su saldo exportable. La consecuencia es que –de acá a 2017– EE.UU.
saldrá del mercado mundial como potencia maicera, y dejará un vacío que sólo podrá ser cubierto por
dos o tres países (uno es Argentina).
El indicador fundamental del consumo de alimentos en los próximos 10 años (aceites vegetales)
tendrá tres protagonistas de orden mundial, según FAO/OCDE. En primer lugar, China, que se
convierte en el segundo importador mundial de aceites vegetales, después de la Unión Europea; y
consolida su primacía como principal importador de granos oleaginosos (soja, ante todo). El segundo
es Brasil, que amplía su participación en las exportaciones de granos aceiteros del 30% en 2008 al
40% en 2017; y superará, entonces, a EE.UU. como el principal exportador mundial. El tercero es
Argentina, que reafirma su estatus como el mayor centro mundial de producción aceitera y principal
plataforma de envíos de aceites y granos de soja al mundo.
FAO/OCDE coinciden, en lo fundamental, con las previsiones del Banco Mundial, que fija hasta
2015 (2004 = base 100) la siguiente curva de precios: el precio del maíz ascenderá a 155; el trigo
a 157; los porotos de soja a 127; el aceite de soja a 119. Por eso, The Economist sostiene que su
índice de precios de los alimentos en el mercado mundial está en su mayor nivel histórico desde que
lleva registros (1845); y se incrementó un tercio en sólo un año (2007). El aumento del nivel
general de precios en el mercado mundial, y sobre todo su carácter estructural –de largo
plazo, en lo esencial irreversible–, ha provocado una severa crisis alimentaria que afecta a
862 millones de personas en 36 países (21 de ellos en Africa). La cuestión alimentaria se ha
transformado así en uno de los pilares fundamentales de la política mundial; y sucede con los
alimentos algo semejante a lo ocurrido con el petróleo y las fuentes de energía. Todos los países
productores y exportadores de petróleo aumentaron su estatus geopolítico en los últimos 15 años,
sobre todo a partir del año 2000. Es el caso de Irán, Rusia, Venezuela y Arabia Saudita, entre
otros. Es probable que en la próxima década algo similar ocurra con los grandes productores y
exportadores de alimentos, cuya importancia en la política mundial estará en relación directa, no a
su nivel de armamentos ni a su PBI, sino a su condición y potencialidad como líderes alimentarios.
FAO/OCDE identifican tres grandes potencias alimentarias, al menos en términos virtuales
(todas del mundo emergente): India (1.100 millones de habitantes), Brasil (184 millones de
habitantes) y Argentina (38 millones de habitantes).
Argentina, notoriamente, es la menos poblada de las tres grandes “virtualidades
alimentarias”. De ahí que su importancia estratégica en el mercado mundial sea superior a su
condición productora. A diferencia de las otras dos grandes potencias alimentarias, Argentina no
coloca en el mercado internacional el saldo que le resta después de satisfacer a un gigantesco
mercado interno, sino que destina allí la masa de su producción.
El agro argentino es el octavo productor mundial de alimentos, pero el quinto exportador en
el mercado internacional. Suma a su diferencia estratégica una superior competitividad, en términos
de productividad, innovación, y utilización y desarrollo de las tecnologías más avanzadas.
El capitalismo en su fase de globalización “no explota sino que margina”; sólo
incorpora a su mecanismo de acumulación a aquellos países, regiones, actividades o fuerzas de
trabajo que le resultan relevantes. Los que no son relevantes, son marginados. En esta fase,
adquiere toda su dimensión la advertencia formulada por Joan Robinson: “Hay una sola cosa
peor que ser explotado por el capitalismo, y es no ser explotado en absoluto”.
FAO/OCDE han establecido un nuevo orden de prioridades –y por lo tanto de
relevancia–, ante todo para tres países: uno de Asia y los otros dos de América del Sur.