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Las consecuencias del conflicto. Lo que estamos haciendo no es por avaricia.
Siempre las crisis fueron dolorosas, pero fueron el motor de los cambios. |
—
¿Es consciente de que el conflicto con el campo puede terminar perdiendo, derivando en una
crisis de gobernabilidad?
—Va a depender del Gobierno Nacional. A lo mejor la crisis de gobernabilidad la quieren
ellos, porque tienen algunos problemas de inflación, energéticos, y algunas cosas más.
—¿Cómo se solucionaría un conflicto a largo plazo con una eventual crisis de
gobernabilidad?
—No me lo imagino. No les entiendo a los Kirchner adónde quieren llevar al país.
—¿No teme, no le da cierta angustia, sensación de vacío o de abismo no comprender al
otro en un tema tan importante?
—Hay noches que me despierto pensando adónde se irá el país. ¿Será que quieren una
convulsión social y que yo me tenga que bajar de la lucha con mis compañeros para pacificar
al pueblo?
—No entender al otro debe ser el conflicto más difícil de enfrentar, porque no sabe
contra quién combate.
—Exactamente. Aparte, nos paramos en la ruta contra un gobierno, un sistema. Pero ellos
no nos dan la posibilidad de debatir.
—¿Usted no siente que no sabe contra quién pelea?
—Sí. No tengo con quién.
—Hace cuatro semanas, preocupado por su posible falta de consciencia del papel que
usted ocupaba, desde una contratapa de PERFIL le critiqué los aspectos ofensivos de su lenguaje a
la investidura presidencial, que algunas de sus posiciones parecían a veces tan absolutistas como
las del Gobierno, lo que por momentos podría generar el temor de otra forma de autoritarismo. Pero
en las últimas semanas usted fue moderando el tono de su discurso y siendo más cuidadoso en las
formas. ¿Le sirvió de algo esa crítica?
—Sí, me ha puesto a pensar. Muchos sectores me dicen: “Dale, Alfredo, no
aflojés”, y no quiere decir que porque bajé mi tono aflojé.
—Me alegra. La crítica del periodismo, por lo menos aquella que es honesta
intelectualmente, sea acertada o no, busca hacer reflexionar a los protagonistas; desgraciadamente
no siempre es interpretada así.
—Tengo miedo a una revolución social, y no se sabe en qué puede caer eso.
—¿Encuentra algún paralelismo entre esta crisis y la de 2001?
—Vamos camino al 2001 con la desocupación del interior. Es muy probable que la
convulsión no la tengamos en Buenos Aires esta vez, que sea en el interior. Por lo que veo, los
Kirchner quieren tener bien al Conurbano bonaerense, pero a costillas de saquear las provincias.
—¿Como la crisis de 2001 se generó en el Conurbano, Kirchner absorbe recursos del
interior para “apaciguar” al Conurbano?
—Claro. No generan empleo con nuestro dinero, hacen más clientelismo porque quieren
tener votos cautivos en el 2009 y en el 2011.
—De resultar cierto el doble comando, ¿Cristina Kirchner podría encontrarse en una
situación similar a la de De la Rúa?
—Se parecen en que hay alguien detrás que está gobernando.
—Tanto Néstor como Cristina Kirchner comparan este conflicto con el de los carapintadas
de Alfonsín y sostienen que ellos no cederán diciendo “el campo está en orden, feliz Día de
la Bandera”. ¿Qué comparaciones encuentra entre aquel reclamo sectorial y este?
—Nada que ver. El nuestro es un reclamo por un país democrático, federal y republicano.
—Muy desgraciadamente Aldo Rico, dentro de ciertos parámetros, se hizo popular
enfrentando a Alfonsín, por lo menos entre quienes aborrecían al presidente. ¿Los duros de todas
las épocas se quedan con un capital electoral cuando a quienes enfrentaron pasan a su ocaso
político?
—Quedan con una simpatía de parte del pueblo y lo usan para hacer su política personal
o partidaria.
—¿Usted no se imagina en algún momento futuro como político?
—No, yo lo que quiero es seguir con la Federación Agraria.
—Usted puede prometerles a los lectores que nunca va ser candidato a ningún cargo
electivo a nivel nacional.
—Lo puedo prometer. Sé que el cementerio está lleno de indispensables, pero si es por
la patria y necesitan a mi persona, lo pensaría.
—No descarta dedicarse a la política, entonces.
—A la política, no. Pero si un día el país me precisa, por un tema de pacificación, lo
haría.
—¿Sólo por un breve período frente a una situación especial, o como una carrera
política?
—No, no lo haría.
—¿Es consciente de que su vida cambió para siempre?
—No sé si para siempre. Pero en estos últimos casi cien días, sí.
—No sólo en estos casi cien días. Su vida futura cambió de manera permanente.
—Sí, me han dicho que no voy a volver nunca más al campo, o que voy a volver pero ya no
como antes, porque en estos noventa días fui una sola vez (al campo).
—Mi pregunta es qué va a hacer en el futuro, porque esto en algún momento se va a
solucionar.
—Trabajar en el campo, seguir con el proyecto de hacer estudiar a mis hijos, y en la
FAA tratar de fortalecer al gremio.
—¿No tiene miedo de pasar a la historia como el hombre que desestabilizó a un gobierno
democrático?
—No. Pienso en ser una persona que colaboró con el país.
—¿Habría preferido que De la Rúa terminara su mandato?
—Sí. Todos los gobiernos elegidos tienen que terminar su mandato.
—¿Quiere que Cristina termine su mandato en cualquier circunstancia?
—Sí. Me gustaría que en el 2011 estemos produciendo 150 millones de toneladas,
exportando leche, carne: esa es la visión por el bien del país.
—En la Ciudad de Buenos Aires las ventas de todo tipo de productos, desde
electrodomésticos hasta textiles, se retrajeron en porcentajes alarmantes. Así como los
transportistas de cereales hicieron su propio piquete por sentirse afectados por el
conflicto entre el Gobierno y el campo, ¿podrían otros sectores de la economía afectados sumar su
propio paro?
—Sí. Las fábricas de maquinarias agrícolas y el fantasma de la desocupación en los
pueblos del interior. Por eso digo que los pueblos van a pagar las consecuencias.
—Ya no es solamente un problema de las zonas rurales, está afectando a todas las áreas
del país y la Capital Federal.
—Por ahí yo no mido las consecuencias, porque no vivo acá. Me doy cuenta ahora al tomar
un café en Buenos Aires y gente que no tiene nada que ver con el campo se me acerca y me
dice: “Dele, Alfredo, no afloje”. Si la gente me dice así, es porque está mal y
quiere un cambio.
—¿No teme que se desarrolle un clima anárquico?
—Estamos al borde de la anarquía si el Gobierno no empieza a solucionar los problemas.
Ya hay dos sectores: el campo y el transporte; viene el desabastecimiento, la desocupación a los
pueblos del interior…
—De no haber existido el conflicto con el campo, ¿igualmente habría habido falta de
combustible en el interior?
—Sí, lo venimos denunciando desde hace muchísimo tiempo. La falta y el aumento del
combustible, el precio totalmente diferente del interior con la Capital Federal. Hace un año o dos,
hacíamos las protestas y llegaba el combustible, pero cada tanto había que hacer una protesta.
—¿Es el mismo el problema del campo y el de los combustibles: tratando de contener la
inflación el Gobierno interviene sobre sus precios y termina provocando desabastecimiento?
—Creo que sí. Somos un país con petróleo, hay que hacer inversiones. El problema de la
energía hoy es que el capital no va a venir a invertir a la Argentina si no hay seguridad jurídica.
El tema de alimentos, el mundo los necesita y nosotros los podemos producir. Vuelvo a la primera
pregunta, no entiendo adónde quieren ir los Kirchner.
—El petróleo fue fotosíntesis hecha hace 110 mil años y el maíz de los biocombustibles
es fotosíntesis actual: son sol y tierra que producen materia orgánica.
—(Los problemas) Van paralelos. Creo que se puede solucionar porque aunque la Argentina
no es un país petrolero, tiene petróleo.
—¿El conflicto con el campo acelera pero a la vez tapa los problemas económicos
preexistentes: inflación, falta de energía y reducción del crecimiento?
—Esa es la duda que tenemos siempre, que a lo mejor alargan el conflicto con el campo
para tapar los otros problemas que son gravísimos.
—En el conflicto de Botnia, usted combatió las políticas de los gobiernos de
Uruguay…
—… Como un ciudadano más.
—… Y mucho se dijo sobre que Botnia pensaba instalarse en la Argentina, pero se
decidió por Uruguay por la inseguridad jurídica de nuestro país. Al ver hoy que también se están
mudando al Uruguay ruralistas argentinos que compran tierra para sembrar o criar ganado
allí, ¿reflexionó sobre la mayor capacidad de los gobiernos uruguayos que, respecto de los
argentinos, generan riqueza social?
—No. En el Uruguay el pequeño y el mediano productor también están pasando una crisis.
Los grandes grupos concentrados casi siempre se van al Uruguay por negocio. Una tasa pasiva en el
Banco Nación da el 4 o el 5 por ciento anual; yendo al Uruguay, a lo mejor, en seis meses tienen el
10 por ciento de retorno. Cuando deje de ser rentable, mucha de esa gente dejará de ser productor.
—Si la Argentina tuviese la misma seguridad jurídica de Uruguay, ¿estos problemas no
existirían?
—No sé cuánto respeta la seguridad jurídica el gobierno uruguayo, porque ha violado el
Tratado del Río Uruguay.
—¿Cuál es su opinión personal sobre Rubén Agugliaro, presidente de la Confederación
Argentina de Transporte Automotor de Cargas?
—Sería imprudente hablar sin conocerlo.
—Reunido con los intendentes de Buenos Aires, Kirchner dijo que la Confederación
Argentina de Transporte Automotor de Cargas corta las rutas en combinación con ustedes.
¿Benefician o perjudican al campo los cortes de la Confederación Argentina de Transporte
Automotor de Cargas?
—Ellos quieren que solucionen el tema nuestro. Lo único que pueden hacer es pedirle al
Gobierno que nos solucionen el problema. La Presidenta dice: “De esto no se habla más”.
¿Cómo no se va a hablar más? Los problemas hay que hablarlos, y esto no está solucionado.
—Kirchner también dijo que los del campo tienen “el machismo de la casa para
afuera porque adentro los manda la señora gorda”. ¿En el campo las mujeres son más mandonas
que en la ciudad?
—Me cuesta creer que esa frase sea de un ex presidente de la Nación. Eso lo que hace es
poner más mala a la gente.
—¿Lo hace a propósito para provocarlos?
—Es como si quisiera que el país fuera un caos. Como tienen problemas, a lo mejor
quieren que los platos rotos los pague nuestro sector.
—¿Encuentra algún paralelismo entre frases como “a los del campo los manda la
señora gorda”, o “la soja es un yuyo”?
—El que no tiene respuesta casi siempre responde con una agresión. Ellos no han de
tener respuestas, entonces, agreden.
—Y dijo Kirchner que a él “no le da ninguna vergüenza ejecutar los temas que
Cristina me manda”. ¿Cristina lo manda a Néstor o Néstor a Cristina?
—A lavar los platos lo mandará si él no es parte del Gobierno. “Lavá los platos,
alcanzame la cartera...”. Una cosa familiar será.
—¿Cómo imagina esa intimidad?
—Debe estar atrás de la cortina, debe pegar cada grito él.
—La jueza Argibay señaló que todo tributo superior al 33% sería expropiatorio. La
expectativa de que la Corte Suprema termine declarando inconstitucional las retenciones móviles en
un año, sumado a la técnica de los silos-bolsas que permiten autoalmacenar hasta dos cosechas,
¿hará que los productores guarden sus granos hasta el 2009 o deberán vender porque no tienen
capacidad financiera para sobrevivir hasta esa fecha y, como dijo Kirchner en la reunión con los
intendentes, Uds. mantienen los piquetes porque si se levantaran saldrían a vender en
masa?
—Venderemos lo necesario, porque vamos a seguir de protesta. Ahí se da cuenta que (al
Gobierno le) hace falta asesoramiento. Esto no es igual a la década del 90. Hoy podemos estar mal
financieramente, pero tenemos un respaldo económico, la mayoría no tienen deudas.
—Algunos doctores en economía agraria que consulté estiman que alrededor de 30 mil
millones de dólares que podrían generar las exportaciones del complejo sojero, un tercio se
liquidaría, se exportaría y dos tercios se podrían guardar en silos-bolsa. ¿Imagina que esa sería
más o menos la proporción si sigue el conflicto?
—Sí. Vamos a ir vendiendo para sobrevivir, pero no vamos a invertir, no vamos a comprar
cosechadoras, sembradoras, no vamos a cambiar la camioneta, y ahí viene la crisis de las
industrias.
—¿Ud. en lo personal, para sobrevivir, va a vender un tercio del grano que cosechó y
dos tercios los va a guardar en silos-bolsa?
—Silos-bolsa o silos.
—Si todos hicieran lo que Ud. dice que hará, el Gobierno no podría resistir la
situación.
—Va a pedir plata prestada a Venezuela, y la van a pagar muy caro.
—Lo que el Gobierno dejaría de recibir por retenciones es cinco veces lo que le presta
Venezuela por año.
—Es lo que tiene que pensar el Gobierno. No somos un sector débil sino dinámico, que ha
hecho y puede seguir haciendo mucho por la Argentina, y que lo está subestimando. Parece que
tuvieran un problema visceral con el campo.
—El Gobierno pensó que finalmente logrará doblegarlos.
—No entiendo a los asesores que tienen. Ni ellos saben adónde quieren llevar a la
Argentina. En algún momento se puede hablar, pero no todos los días de lo que pasó hace treinta
años.
—¿Cuál es su opinión sobre el gobernador Scioli?
—Scioli, en una provincia tan importante… Yo hubiese plantado bandera antes, no
puede entregar su provincia.
—¿Lo hará en algún momento?
—No.
—¿No cambiará?
—Y peor ahora que está en Buenos Aires, donde le van a movilizar a la gente y se la van
a llevar a La Plata.
—¿Se refiere al Conurbano?
—Sí.
—¿Usted ve a Scioli directamente como rehén del ex presidente?
—El único que puede salvar esto es el Congreso. Que los legisladores actúen y que los
gobernadores se sostengan como provincias federales. Hay que sacar los superpoderes, hay que
voltear los decretos, que son ministeriales, ni siquiera son decretos presidenciales. Los
legisladores nacionales son unos de los grandes culpables de este desastre. Los
gobernadores también tienen su culpa. Capitanich en una época dijo que iba a sacar las
retenciones y ahora sale a apoyarlas. Eso se llama dependencia económica; Entre Ríos: dependencia
económica. Lo llaman al gobernador y le dicen que le van a dar 1.600 millones de pesos para obras
públicas, le van a devolver el 15 por ciento de lo que le van a sacar en diez años a la provincia.
¿Por qué tiene que hacer las rutas la Nación si las puede hacer la provincia?
—¿Cómo evalúa la actitud de Reutemann?
—Es un hombre de mucho peso político en la provincia. Tiene que exponerse más
públicamente y definirse, así como fue en moto a recorrer los piquetes. Si él está de acuerdo con
los reclamos, tendría que estar al frente también.
—¿Le ve futuro político?
—No. Es un hombre muy cauto, y administrar un país no lo puede hacer solo, necesita
muchas personas de mucha confianza.
—¿Qué gobernadores podrían encarnar en el 2009 y 2011 los deseos del campo?
—El de Santa Fe. El de San Luis. Hay muchas cosas en las que no coincido, pero tienen
una provincia federal.
—Binner es de un partido muy pequeño a nivel nacional. ¿Imagina al Partido Socialista
llegando a la presidencia en 2011?
—A lo mejor no tiene la estructura partidaria, pero tal vez lo apoye el pueblo, que es
el que gana las elecciones.
—¿Por quién votó en las elecciones a presidentes? ¿1983?
—A Alfonsín. A Luder lo votó mi padre, pero cuando se quema el cajón… Nosotros no
queríamos más violencia.
—¿En 1989, Angeloz o Menem?
—Angeloz.
—¿Menem o Bordón-Alvarez en 1995?
—Lo voté a Bordón.
—¿Duhalde o la Alianza De la Rúa-Chacho Alvarez en 1999?
—A De la Rúa.
—Fíjese que ha votado más a radicales.
—No, a las personas.
—¿Y en 2003?
—Lo voté a Kirchner.
—¿Al principio lo esperanzó la tranversalidad?
—Sí, porque habíamos ido con Buzzi a la casa de Santa Cruz, habíamos hablado de la ley
de la extranjerización de tierras, el endeudamiento del Banco Nación, de las economías regionales,
y me dijo: “Si soy presidente, vamos a arreglar el tema del endeudamiento”. No lo
arregló. La ley que regula la compra de tierras por parte de extranjeros, no que la prohíbe,
tampoco lo arregló. Hablamos de los trabajadores en negro de las economías regionales donde tienen
mano de obra intensiva. Kirchner nos prometió cuatro o cinco cosas. No cumplió ninguna.
—¿Inicialmente lo sedujo?
—Sí, porque pensé que podíamos llegar a una política distinta para los pequeños y
medianos productores, que veníamos muy golpeados.
—¿Cuándo se desilusionó? ¿Cuando salió Lavagna?
—Cuando hacía seis meses que no nos atendía, llegó a Concordia y lo esperábamos con la
FAA. Busti, para que no le hiciéramos un tractorazo, nos hizo atender por Felisa Miceli y Javier de
Urquiza. En el aeropuerto, hablando del aumento del Banco Nación, nos tuvieron cuatro horas, y no
solucionaron nada. Otra vez, en Paraná, me dijo: “Gordito, te invito a tomar un café a la
Casa Rosada”.
—¿Lo recordaba a pesar de haberlo visto una sola vez?
—Sí. Nos reconoce bien. La tercera vez, cuando fue a Gualeguaychú, le dije al
intendente que nos atendía o le hacíamos un tractorazo. Al ratito, nos atendió de cruce, y me
confundió con mi mellizo; le dijo: “Gordo, te dije que vinieras a la Casa”. Y mi
hermano le dijo: “No, señor Presidente, es mi hermano”. Le dije: “Llegamos allá y
usted no nos atiende”. Ahí nos atendió, fuimos con Eduardo Buzzi. No nos solucionó nada
tampoco.
—¿Durante el conflicto, lo llamó por teléfono o intentó recuperar la relación que tenía
antes?
—Siempre que iba a Entre Ríos algún lío hacía, porque me tenía que atender. Me atendía
un minuto o dos, y él creía que me dejaba conforme, y seguía entre la multitud.
—¿Le pregunté por los últimos cien días?
—No, pero aparte, ¿yo qué tengo que hablar? Podemos hacer un debate, si él tiene la
solución, pero respetando las instituciones.
—Al principio del conflicto, para hacer una nota a Analía Quiroga, me tocó ir 500
kilómetros hacia el oeste, a Pellegrini. Crucé tres piquetes y en cada uno hablé con los
organizadores, y lo que percibí fue una actitud de afecto de los ruralistas hacia Duhalde
que no tenemos aquí en la Capital, ¿esto también sucede en las demás provincias
agrícola-ganaderas?
—Sí, porque salió de la convertibilidad, se asumió parte de la deuda, el campo empezó a
tener rentabilidad. De estar mal a pasar a estar medianamente bien... no te podés olvidar. Si dice
que se presenta para presidente, se lleva los votos del campo.
—¿Cuénteme ahora por quién votó en las elecciones de 2007?
—A Pino Solanas.
—Buzzi me dijo lo mismo.
—Sí, porque Pino fue a pedirle a Buzzi que fuera su candidato a vicepresidente. Lo
conversamos en FAA, y dijimos que podía serlo, pero tenía que renunciar a la FAA.
—¿Y si tuviera que votar hoy, a quién votaría?
—(Se ríe).
—¿A Duhalde lo votaría?
—Sí.
—¿A Carrió?
—También. Nunca la voté, pero la votaría.
—Y también a Binner.
—Lo votaría.
—Su figura trascendió la asamblea de Gualeguaychú. ¿Por qué cree que se convirtió en
un referente social más amplio que el sector agropecuario?
—Los medios fueron los que me llevaron ahí. Yo no cambié en nada.
—¿Si los medios hubiesen puesto foco en otra persona se habría producido el mismo
efecto?
—Es probable. Tal vez se dio por la forma de hablar, la espontaneidad.
—¿Su lenguaje gestual es más efectivo que el oral? Por ejemplo, esas muecas que hacía
cuando Cristina hablaba y que los canales de televisión colocaban como un recuadro.
—Cuando me hacen una pregunta, ya saben lo que les voy a contestar por la cara que
pongo. Cuando empiezo a mirar de tal manera, es porque la pregunta viene envenenada.
—¿Tiene una cara expresiva?
—Claro.
—¿El impacto de su discurso obedece más a las metáforas camperas que utiliza y cierta
tonada del interior, similar al estilo Landriscina, que al peso de los conceptos que
transmite? ¿Son su cómo y sus formas más importantes que su qué y su fondo?
—Hay muchas cosas que les caen con simpatía. Como cuando dije en Azul: “Yacaré
que se duerme es cartera, y nosotros casi nos dormimos”.
—¿Cuando era chico alguna vez soñó con ser artista?
—El otro día, un amigo me hizo acordar que cuando escuchábamos los discursos de Volando
yo decía que iba a llevar la bandera de FAA. Se dio.
—¿Cómo se lleva con Buzzi?
—Bien, tenemos disidencias, que es bueno que las tengamos.
—¿Se imagina Ud. presidiendo la Federación Agraria?
—Sí. Pero con consenso.
—¿Cuándo son las próximas elecciones de la FAA?
—El tercer jueves y viernes de septiembre de este año hay congreso. Hay todos los años,
y se vuelve a elegir el presidente.
—¿Tiene expectativas para este año?
—No.
—¿Para el próximo?
—Veremos.
—¿Se desvirtuó el conflicto: hoy ya no alcanzaría con que el Gobierno retrotrajera la
medida?
—Las retrotraemos para empezar las negociaciones y marcar una política a largo plazo.
—Eso consumiría varios meses.
—En lo inmediato tendría que retrotraer al 10 de marzo y abrir las exportaciones
ganaderas, dar la rentabilidad a los lecheros con desgravación impositiva, solucionar el problema
lechero, si no lo pueden por los precios, desgravar impositivamente a los tamberos para que
los 80 centavos que les están dando les sean rentables, transparentar el mercado de trigo.
—¿Qué significa transparentar el mercado de trigo?
—Los exportadores se nos quedaron con 250 pesos por tonelada y las compensaciones no
llegan. La Argentina necesita tres millones de toneladas para abastecer el mercado
interno.Bueno, entonces solucionar el problema del mercado interno subvencionando a los
molinos, no a los productores, y lo otro lo exportamos. Y abrir las exportaciones de carne.
—Cuatro puntos.
—Son cinco: retenciones, carne, obligar a los frigoríficos a los doce cortes, eso que
tanto dicen pero que no hacen…, obligar a los frigoríficos a tener el 75 por ciento de stock
y exportar el 25. Hay que buscarle la vuelta a la ganadería para que no falte carne, que el pueblo
pueda comer la carne barata, y exportar el resto.
—¿Cuál es el quinto?
—Las economías regionales. Hay que cambiar la legislación laboral. Con la mano de obra
intensiva, y que es irregular, hoy toman veinte empleados, mañana le vienen diez, tienen que buscar
a otros diez, y en el momento que le caen los inspectores, encuentra gente en negro. Una nueva ley
de emergencia, caso de una ley de heladas. Para el algodón, para la pera y la manzana del valle,
para los muchachos del té y la yerba de Misiones, que son economías muy chicas. Hay muchos
productores que están endeudados con el Banco Nación y que no les han resuelto el problema, que
tienen los campos hipotecados.
—¿Coinciden las cuatro entidades en estos cinco puntos?
—Sí.
—¿Cree que el Gobierno va a terminar aceptando estos cinco puntos?
—Si no lo hace, el pueblo sabrá qué tiene que hacer con ellos. Pero el próximo
presidente lo va a tener que hacer.
—Y si no acepta, ¿cómo imagina un conflicto permanente?
—Va a ser tan grande el conflicto que hay gente que no va a pagar los impuestos. Van a
ir al Banco Nación a protestar, van a ir a acampar a las casas de gobierno de las provincias, a las
casas de los legisladores para apurarlos para que vayan a legislar. Estos tres años y medio van a
ser de conflicto, pacífico, pero sin duda los legisladores varias veces no van a poder ir a sus
casas porque van a tener gente en la puerta.
—¿Qué va a pasar electoralmente en el interior en 2009 con los intendentes que se
renueven?
—Algunos no podrán ser reelectos. El sector agropecuario tendrá que tener más
participación, o preguntarles a los legisladores nacionales cuál es su proyecto.
—¿El oficialismo va a perder las próximas elecciones?
—Si no soluciona el conflicto, sí.
—Después de casi cien días al Gobierno se le hace cada vez más difícil volver para
atrás.
—Es muy probable que sí. A menos que lo disfracen o que la Justicia…
—La via judicial llevará un año.
—La más rápida sería la vía legislativa: voltear ese decreto ministerial.
—¿No es poco probable que eso suceda antes de las elecciones de 2009, porque el
oficialismo tiene mayoría de legisladores?
—Los legisladores pueden decir un día que tienen que representar al pueblo.
—¿Tiene esa expectativa: que los diputados oficialistas se den vuelta antes de
2009?
—Los legisladores nacionales van a querer vivir tranquilos el resto de su vida,
entonces, en algún momento se van a parar.
—Reitero, ¿antes de 2009?
—Muchos sí.
—¿Los suficientes como para ser mayoría en el Congreso?
—Los productores tendrán que visitar a los legisladores para que expliquen qué quieren
hacer con el país, ya que la Presidenta todavía no sabe.
—¿Logrará el Gobierno que las cuatro entidades se dividan y no sean estos cinco, sino
algunos de estos puntos?
—Por supuesto.
—¿Se van a dividir?
—Hay dudas, porque Coninagro tiene fines comerciales, y tiene presión.
—Saquemos Coninagro. ¿A las otras tres las ve monolíticamente unidas?
—Sí. Lo escucho a Luciano Miguens hablando de los pequeños y medianos productores.
—Pronto cambia el presidente de la Sociedad Rural.
—Con toda esta crisis, podemos tener disidencias, pero no desencuentros.
—¿Usted también, como Buzzi, simpatiza mucho con Llambías?
—Llambías es lo más parecido a la FAA.
—¿Están preparados para una lucha que pueda durar hasta 2011?
—Sí. Cuando les pido a los productores que no aflojemos, no es por un día, es que no
aflojemos por largo.
—¿No teme que el Gobierno termine atribuyéndoles la inflación, la caída de la actividad
económica, y en algún momento la sociedad modifique esta simpatía que siente hoy por el
campo y termine convirtiéndose en antipatía?
—Que nos van a tirar todo eso es cierto. Y tenemos el problema que la mayoría de los
medios son dependientes del Gobierno nacional. Hoy veía un camión de Sancor y Serenísima
que hacían creer que volcaban leche, y no era leche: era el suero, el descarte de las usinas
lácteas cuando hacen el queso. Esa es una operación mediática.
—¿No se está volcando leche?
—Lo que vi por televisión no era leche. Es una operación de prensa. Por más que no se
tire la leche, hay muchos chicos a los que no les va a llegar, y el Gobierno se la podría hacer
llegar.
—Pero la leche, ¿se está tirando o la están dejando pasar?
—Donde nosotros estuvimos, la dejamos pasar toda.
—Pero en otros lugares, no.
—No sé. Lo que se ve en la televisión, no es leche.
—Hace dos domingos los lectores de PERFIL conocieron a su mamá y a sus hermanos. Me
gustaría saber cómo influyó ella en su carácter, y conocer más sobre su papá.
—Mi padre participaba en las cooperadoras, las escuelas, los hospitales, fue socio
fundador de la Sociedad Rural de María Grande. Aparte era productor agropecuario, comerciante de
maquinarias agrícolas. Donde había una reunión, él trataba que participáramos. Si había una
fiesta, nosotros, de chicos, siempre teníamos que andar de mozo. Mi madre es muy cautelosa. Viene
de familia italiana, de poco hablar, pero cuando habla, se hace escuchar.
—¿El extrovertido era su padre y su madre es más retraída?
—Pero cuando habla, escuchala. Las pocas palabras que habla, son sabias.
—Con su hermano Atilio son mellizos, les dicen Los Melli. Usted trabaja en el campo con
él. Es curioso que no haya hecho sociedad con ninguno de los otros ocho hermanos...
¿Fueron siempre como uno solo? ¿Esa sociedad, en la infancia, de algún modo les permitió
tener identidad dentro de una familia tan numerosa?
—Sí. Empezamos una sociedad de cinco hermanos, después nos fuimos separando y con él
quedamos casi como una sola persona. En un momento nos íbamos a apartar, pero estábamos tan
endeudados... Le dije a Atilio: “Pero ¿cómo nos vamos a apartar ahora?”. Y
“ahora” era el momento de apartarnos, que no teníamos deudas, pero entré en ésta. Y me
dijo: “Yo sigo en el campo, vos seguí en lo otro”. Todos los días, a las siete y
cuarto, nos llamamos por teléfono. Cuando yo ando mal, él lo sabe y pone el paño de agua fría.
Cuando anda mal él, trato de enfriar yo.
—¿Todos los hermanos comenzaron la sociedad?
—Eramos siete varones, pero el mayor y el menor no entraron en la sociedad.
—¿Por qué?
—El mayor se independizó no bien se casó. Y el más chico, como andaba siempre con papi,
hizo la sociedad con papi.
—Sus hermanas contaron que a La Gringa, su madre, le apagan el televisor apenas aparece
usted... ¿Qué le dice ella cuando se ven? ¿Qué le cuestiona?
—Hubo momentos duros. En este momento, me emociona… Una mujer de 84 años
(silencio, las lágrimas invaden todo su rostro).
—A ver si lo ayudo para que recupere la voz y mientras se repone, le voy contando una
historia personal. Yo estuve desaparecido en enero del ’79 y detenido en El Olimpo diez días,
y cuando volví, mi madre, que trabajaba en esta editorial, me pidió que dejara de trabajar de
periodista. Le expliqué que no podía hacerle caso y ella me dijo que entonces buscara un
reemplazante para el trabajo que ella hacía porque no quería quedarse con la responsabilidad de
haber contribuido a desarrollar una empresa que a lo mejor un día terminaba con la vida de su hijo.
Así que comprendo perfectamente su situación con su madre y la emoción que Ud. siente cuando le
pregunto sobre esa situación.
—Exacto. Ella me pregunta: “¿Hasta cuándo vas a seguir?”. Entonces, un día
me dijo: “¿Vos no tenés miedo?”. Y le dije: “Eh, mami, si tuviera miedo no
saldría a la puerta de la casa o no mandaría a los chicos a la escuela, porque está todo muy
peligroso”. Y me dice: “¿Pero vos no pensás en tus hijos?”. Y le digo: “Si
yo hago todo esto pensando en ellos”. Y me dijo: “Siempre el mismo rebelde, vos”.
Me decían Mate Cocido de chico, por ese bandido que andaba en el Chaco… Pero yo nunca pegué.
Yo peleaba siempre para defender a los compañeros. Las veces que peleé en la escuela, que no fueron
muchas, siempre fue para defender a mi hermano o a un amigo. Tal es así que cuando me llevaron
preso acá en Buquebús, en abril de 2006, era por defender a las compañeras por las papeleras. Las
sentí gritar, gritar que les estaban pegando, me metí como loco. La vez que me llevaron preso los
gendarmes fue porque me hice cargo de algo que yo no había hecho, pero jamás dejé llevar preso a un
compañero.
—¿Su único punto vulnerable sería si esta situación llegara a afectar emocionalmente a
su madre?
—Claro. Hay un sector agropecuario que necesita que lo defendamos a muerte. Y yo digo:
pucha, esta lucha la hacemos por el bien de nuestro país y de nuestros hijos, pero le afecta a ella
porque se preocupa. Entonces, estoy en el medio. Si aflojo por ella, abandono la causa. Si sigo en
la causa, le puede pasar algo a ella.
—¿Qué edad tienen sus hijos?
—Uno, 19. Estudia en la UBA, acá en Buenos Aires. El otro, 17. Va a un instituto
aerotécnico. No vivo con ellos porque estoy separado desde hace dos años. Lo llamo a las siete
menos cuarto, voy caminando a buscar el auto, que lo tengo a siete cuadras, y siete y media lo
llevo al instituto. Y Delfina, que tiene 9.
—Cuando D’Elía reprimió a muchos jóvenes, usted dijo que “les pegan a los
gurises que tenemos estudiando en Buenos Aires”. ¿Estaba su hijo en el cacerolazo?
—Sí. Y cuando vio que estaban corriendo a los chicos, se fue.
—¿Y qué le dice su hijo que está en Buenos Aires cuando habla con él?
—Me manda mensajes: “Dale, papi, no aflojes”. Esos días que se puso bravo,
cuando la Gendarmería nos quiso sacar de la ruta y nosotros medio resistimos, ahí, al ratito, llegó
Omar con el auto. Lo vio por televisión y se apareció.
—¿A qué se dedicaba su mujer, y cómo se conocieron?
—Es maestra. Yo estaba en una estancia, que es en la que sigo estando, a 45 kilómetros
de Gualeguaychú; vivía en las casillas rodantes con los empleados. Ella vino como maestra
de educación especial porque había muchos chicos de la isla que venían con problemas de
aprendizaje. Después que nos casamos, nos dieron una pieza en la estancia.
—¿Sigue ella ejerciendo como maestra?
—Sí.
—¿Y hoy qué le dice?
—Que me cuide. Le pregunto por los chicos. Charlamos.
—¿Usted está nuevamente en pareja?
—No.
—¿Y cree que esto lo puede volver a unir a su esposa?
—No.
—¿Por qué se separaron?
—Los dos tenemos carácter duro, por el bien de los chicos… Además yo siempre
volvía a cualquier hora, pero no porque andaba de vago sino porque me gustaba la vida pública, y
ella no aceptaba esas cosas.
—¿Tan fuerte es su carácter?
—Cuando busco el norte, es porque estoy convencido, y no me van a cambiar. Tengo amigos
que dicen: “Al Melli, por las buenas, le sacás la camisa. Por las malas, a la rastra”.
—En “El arte de la guerra”, Sun Tzu decía que al general que se lo podía
provocar era más fácil ganarle porque su adversario podía elegir el día, la hora y el terreno de
batalla,
simplemente provocándolo porque no podía contenerse. Usted era así hace casi cien días, pero
hoy ¿ya aprendió a controlarse?
—Mi amigo me dice: “Pará que queremos solución, no confrontación”. Pero si
no, yo seguiría confrontando. Porque hay momentos en los que me salgo, y le digo las cosas a la
Presidenta.
—¿Hace cien días le respondía a la Presidenta a boca de jarro y ahora ya lo piensa
más?
—En el último discurso de la Presidenta fue claro: esperé media hora para salir. Me
dicen mis compañeros: “Podés cometer un error”. No, yo no lo cometo. Le puedo salir
espontáneamente a contestar a ella. Pero por respeto a mis compañeros, esperé.
—Dicen que los camioneros fueron enviados a las rutas por De Vido y Jaime. ¿Escuchó
algo?
—Comentarios.
—¿Tuvo pruebas concretas?
—No, porque los camioneros que están en la ruta eran todos de los otros.
—¿El Frente para la Victoria le ofreció integrar sus listas para las últimas
elecciones?
—Me invitaron para legislador provincial. Y dije que no.
—La Presidenta dice que para parar tres meses hay que tener mucho dinero. Antes dijo
que los subestimaron porque no son los años noventa y hoy el campo puede resistir.
—Exactamente. Pero no paramos los tres meses, porque seguimos trabajando. El
fruticultor sigue sacando las naranjas, el ganadero con su vaca, nosotros seguimos en la chacra. No
sé si la Presidenta está mal asesorada o qué.
—Para poder no vender dos tercios de los granos, financieramente tienen que tener la
capacidad para aguantar un año.
—Ahora que levantamos los días de paro, hubo gente que vendió para pagar los sueldos.
—¿No tiene miedo de que la situación se le vaya de las manos y haya muertos y Ud. se
sienta de alguna forma responsable?
—Cuando no estoy, digo: “Ay, si se escapa de las manos”. Pero estando, me
tengo una fe bárbara para controlar todo. Y sé que los muchachos me van a responder.
—En el tema del conflicto del campo, se entiende perfectamente su protagonismo por su
tradición de productor agropecuario y su actividad en Federación Agraria. Pero en el
caso del conflicto por Botnia, dado que Ud. no vive en Gualeguaychú ni tiene actividad en
esa ciudad, resulta más difícil comprender por qué fue uno de los principales activistas en
el corte de los puentes a Uruguay.
—Yo estoy en la Federación Agraria hace quince años. Y con la protesta en las rutas,
hace mucho que venimos. Había muchos ciudadanos de Gualeguaychú que tenían miedo de cortar rutas.
Entonces, en algún momento…
—¿La técnica de los cortes de ruta es previa a Botnia?
—Sí, de mucho antes. Yo había estado preso por cortar rutas en 2000, 2001 y 2002. Los
muchachos iban un día y después se iban a la casa. Y le digo a Juan Ferrari, mi compañero, que
tiene campos ahí al lado, vamos, porque los apicultores van a tener problemas. Habíamos votado por
asamblea hacer el corte de ruta en Arroyo verde, nos fuimos y casi todo el pueblo nos siguió.
Atravesamos un acoplado. Estuvimos todo ese día y esa noche. Y empezó a venir gente y gente. Y
bueno, ahí empezamos a liderar. Siempre el tractor que cortaba la ruta lo manejaba yo.
—¿Federación Agraria tenía infraestructura, organización y experiencia política,
mientras que los autoconvocados en Gualeguaychú eran inexpertos y por eso usted terminó
destacándose como dirigente?
—La única bandera del campo que flameaba era la de la Federación Agraria. Un día me
dijo Buzzi: “Mirá que a Kirchner lo pone de las muelas cuando ve la bandera de la Federación
Agraria flameando en los cortes”. Con más razón la hacía flamear.
—Al ver a quienes votó para presidente entre 1983 y 1999 percibo que eligió a
candidatos con tradición de respeto por la legalidad, ¿le parece que cortar rutas está bien o
debería estar prohibido?
—Está prohibido.
—¿Debería hacerse cumplir esa prohibición?
—El corte de rutas es la medida de protesta que da resultado. Y tiene que ver mucho la
televisión. Si a los medios no les das la noticia, lo tuyo no se sabe. Vos cortas una ruta y,
automáticamente, está la televisión diciendo que se cortó la ruta, y ahí empieza todo esto.
—Pero si cada sector cortase las rutas para resolver sus conflictos no habría sociedad
que pudiese funcionar.
—Molestar a la gente está mal. De los cortes de ruta, los culpables son los gobiernos.
—
De la misma forma que me producen simpatía muchos de los reclamos del campo,
fundamentalmente los que tienen que ver con el federalismo, la coparticipación y la división de
poderes, tengo que criticarlo por no cumplir la ley en lo que respecta a cortar las rutas. El
Gobierno al permitir muchos otros cortes y tolerar que D’Elía tomase una comisaría, hoy no
tiene autoridad para oponerse a esos métodos, pero esos métodos son cuestionables sin importar la
eventual legitimidad del reclamo de quien los utilice.
—En un país donde funcionaran las instituciones, no habría cortes de ruta.
—En los piquetes rurales parte de las bases acusaron a algunos funcionarios del
Gobierno de simpatizar con la guerrila de los 70. Todas las organizaciones que apelaron a la
violencia para imponer sus ideas la justificaron porque el sistema no funciona. Aunque sea en una
proporción infinitamente menor y totalmente incomparable, ¿conceptualmente utiliza el mismo
argumento?
—La Constitución dice que uno se puede expresar libremente y públicamente. Sí, soy
consciente de que el derecho mío termina donde empieza el derecho del otro. Pero no me encuentro
culpable de eso, somos una consecuencia. No quiero justificar a la década del 70 para nada. Me
diferencio totalmente, porque en la década del 70 estábamos en un marco totalmente distinto. Fue en
otro contexto de país. Veníamos de una democracia muy débil y, a lo mejor, muchos de los muchachos
no entendían qué era la democracia.
—Si hace dos años, sin el conflicto del campo, el sindicato de camioneros hubiese
decidido cortar rutas para conseguir aumentos de sus ingresos, ¿a usted le habría parecido
justo?
—Si el reclamo era justo, y el Gobierno no atendía, sí.
—¿Cómo se determina qué cantidad de ingresos es justa y qué no?
—Si uno va a cortar la ruta, no sale de hoy a mañana. En el caso nuestro, los Kirchner
hace cuatro años y medio que...
—Elijo otro ejemplo, no cabe duda de que los maestros en la Argentina no tienen un
salario adecuado a su responsabilidad social. Y que ellos tendrían más justificación que
muchos otros sectores de cortar todas las rutas para llamar la atención de la injusticia que
padecen. ¿Le parecería justo?
—Si el Gobierno no los atiende, sí. De lo que estamos hablando es de la metodología de
la protesta.
—Si los maestros hubieran tenido un dirigente como usted, ¿habrían cortado la ruta hace
tiempo?
—Son circunstancias distintas. Si la necesidad me lleva, voy. Y yo trabajé con los
maestros.
—¿Por qué cree que ellos no lo hacen? ¿Será que el campo cuenta con recursos que otros
sectores no tienen?
—El maestro tiene la herramienta de no dar clases.
—Muy bien no les va, porque con lo que ganan, esta herramienta evidentemente mucho
resultado no les produce.
—En la mayoría de los casos resignan los maestros, porque ven a los alumnos como los
hijos.
—Puse a los maestros como ejemplo porque su ex esposa es maestra, pero hay muchos otros
sectores con reclamos justos que podrían hacer lo que hace el campo si contaran
con los recursos que Uds. cuentan.
—Nosotros salimos a las rutas por el lugar geográfico. Porque acá los muchachos de los
subtes también se paran ahí y no entra nadie. Hacen de cuenta que se para una ruta. Y el Gobierno
negocia con los subtes parados.
—¿Y si abusaran de su capacidad de generar caos, no sería censurable?
—Tampoco van a ir a un caos. Nosotros tratamos de no romper los platos.
—Si Ud. no hubiese aportado su experiencia anterior en la FAA de Entre Ríos en el
método de cortar rutas, ¿la protesta de Gualeguaychú por Botnia habría sido menos numerosa e
impactante?
—Sí, casi siempre hay dos o tres compañeros que van al frente y un montón que acompaña.
Y si no se tiene a uno o dos que motorizan, por ahí se enfría.
—¿Se da cuenta de que Ud. ha sido un artífice muy importante en este conflicto del
campo?
—Puedo entrar en el egocentrismo, y no quiero.
—¿Qué le dicen sus compañeros?
—”Dale, Alfredo, no aflojes.” Como si todo pasara por mí. Saben que no me
van a comprar. Entonces me están apretando. Y hay gente que piensa que me pueden apretar por mi
familia.
—Me cuentan que usted llega a cualquier pueblo de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y es
como una estrella de rock. Que en los carteles la letra chica dice “paro agrario” y en
letra grande dice “habla De Angeli”. ¿Qué siente usted al ver eso?
—Una emoción, los afectos. Pero la mochila se pone pesada.
—¿Es consciente de su papel?
—Sí, me doy cuenta cuando subo al escenario. Todos aplauden, las mujeres mayores se
largan a llorar, me abrazan, yo les digo que por la memoria de los que no están tenemos que luchar
por la dignidad.
—¿Esa memoria lo conecta con su padre?
—Sí, por supuesto.
—Es su padre, finalmente, al que usted le habla cada vez que se sube a un camión para
hablarle a una multitud.
—Y… (se vuelve a conmover).
—¿Y qué le diría su padre?
—Tendría una gran emoción.
—¿El también le diría: “Alfredo, no aflojes”?
—Seguro. Cuando yo subo a las tribunas y veo esos hombres mayores, me acuerdo de mis
padres, mis tíos, que laburaron toda la vida en el campo... ¿Entiende?
—¿Su padre murió hace…
—Doce años, de un infarto, poniéndose los pantalones para ir a trabajar al campo. Ya
era jubilado, no tenía ninguna necesidad. Pero él dijo: “No me voy a sentar a esperar a la
muerte
en un sillón”. El médico le había dicho que se cuidara al levantarse. Pero papi era un
gringo duro.
—Y en esa sociedad con su hermano mellizo está su padre siempre presente. De alguna
manera, ustedes continúan lo de su padre.
—Siempre.
—¿Sus otros hermanos tienen el mismo legado?
—Todos el mismo trabajo de mi viejo. Trabajo en el campo, el laburo. Los dos menores
han hecho un museo dinámico agrícola. Restauraron una máquina de 1909 y la hicieron
cosechar. Y todo con la memoria, porque a papi le gustaba todo eso.
—Su padre lo marcó.
—Sí, era un hombre emprendedor, que no tenía pereza.
—¿Su padre también fue de carácter fuerte y rebelde?
—No. Era un pacificador. Pero si se enojaba… Yo lo vi una vez en la Sociedad
Rural, que había fundado, que hubo sacada de cuchillo y de revólver, pegar un grito, ponerse en el
medio y se pararon todos.
—El era de la Sociedad Rural y usted de Federación Agraria.
—Sí (recupera la sonrisa).
—¿Muchos hombres de campo siguen andando con el cuchillo o con el revólver?
—El revólver ahora no tanto. El cuchillo siempre. No hay camioneta que no tenga atrás
un cuchillo para comer un asado. Termina siendo una herramienta de trabajo.
—¿Teme que ante una situación de presión extrema alguno intente usarlos?
—No. Que venga gente mandada por el Gobierno a agredir, sí. Pero entre nosotros, no.
—Su padre era de los que separaba a los que se peleaban con cuchillo y revólver. En una
eventual situación en la que hubiese un enfrentamiento, cuerpo a cuerpo entre
partidarios del Gobierno y ruralistas, ¿usted se pondría en el medio para
separararlos?
—Sí, me meto al medio como me metí la otra vez, a separar a la gente.
—¿Su lenguaje pudo llegar a ser agresivo pero Ud. se considera un pacifista?
—Sí. Pero firme en mi posición.
—Reitero, si mañana camioneros o partidarios del Gobierno quisieran generar una
situación de conflicto en alguno de los piquetes en el que usted estuviese y se planteara una
situación de enfrentamiento, ¿estaría dispuesto a arriesgar su vida?
—Arriesgar la vida y levantar la voz también. Levantar la voz no es agredir.
—¿Será ése el miedo de su madre? ¿Ella lo identifica con su padre y lo imagina metido
en el medio de los cuchillazos y los tiros?
—Y, sí. No voy a dudar.
—¿Fue al cementerio a ver a su padre en estos casi cien días?
—No, no he ido, pero cuando voy, se me caen las lágrimas.
—¿Tiene otros negocios o ingresos además de su campo?
—No.
—¿Usted administra las hectáreas que eran de su padre?
—Ese campo lo tiene mi madre. Yo arriendo las chacras a Yabito SA.
—¿Cómo fue la negociación con Yabito de Yabrán?
—Hace 36 años que estamos trabajando en esos campos. En el ’97 los compra Yabrán.
Cuando llega José Toto Yabrán, se lo presentan a Atilio, y le dice Toto: “¿Cuántos años hace
que están ustedes acá?”. “Veintiséis, don Toto”. “Bueno, se quedan
porque no les fue tan mal. Con las mismas condiciones”. Esa es la relación.
—Blumberg en algún momento estuvo con usted.
—Me crucé en Rosario. Ahí fue sólo: “¿Qué tal, cómo le va?”. Me dijo:
“Nos comparan”. Y eso nomás fue.
—¿Usted habría ido a alguna de las marchas de Blumberg?
—Habría ido por la causa, no por ir atrás de alguien.
—¿Qué piensa de Felipe Solá?
—Me confunde muchísimo. Porque viene de un gobierno de otro tipo de política
agropecuaria. Tendría que expresarse más. Sabe que al interior del país le va mal y no lo hace
público.
Ese sería un hombre para debatir, porque es de las personas de la Argentina que más conoce el
problema agropecuario.
—¿Mucha gente de Federación Agraria votó a Cristina Fernández?
—Es muy probable.
—¿En los actos, encuentra a muchos chacareros que votaron por Cristina?
—Sí. Y hay mucha gente arrepentida. Nunca pensó que le iba a jugar de esa forma.
Principalmente, el pequeño y mediano productor.
—¿Y por qué votaron por Cristina Kirchner? ¿Fue porque el campo estaba ganando
dinero?
—Porque se pensaba que iba a ir mejorando. Como el campo no venía mal, bueno, iba a ir
mejorando, porque era más producción.
—¿También con Menem durante la primera presidencia al campo le fue mejor y en la
segunda no?
—Algo parecido. En este país, las reelecciones no sirven.
—¿Es verdad que la mitad de las transacciones del campo son en negro?
—Si hay comercio en negro, es porque están dadas las condiciones. Es falla del
Gobierno. Y los más perjudicados somos los pequeños y medianos productores, porque entramos en
la competencia desleal.
—¿Retenciones con dólar alto o dólar bajo sin retenciones, como en la época de la
convertibilidad, terminan generando lo mismo?
—Es lo mismo. Lo más equitativo es el impuesto a las ganancias: el que más gana, más
paga.
—Pero el Gobierno inviertió parte de su superávit para mantener el dólar alto. Si el
Gobierno no hubiera intervenido en el mercado cambiario y hubiera dejado caer el valor del
dólar, pero sin retenciones móviles, ¿no habría generado el mismo efecto?
—Sí. Y vendríamos casi como en la convertibilidad. Porque antes teníamos libertad de
mercado, pero teníamos el dólar 1 a 1. El Estado seguía controlando. Ahora ha cambiado la
metodología, pero… El otro día dije que esto es lo más parecido a la convertibilidad. Cuando
pusieron las retenciones móviles, dije que le estaban poniendo el techo a lo nuestro y dejando sin
techo a los insumos. Tanto que criticó la convertibilidad, ¿no?
—El campo argumenta que el mismo esfuerzo que el Gobierno les pide también debe pedirlo
a otros sectores. ¿A quiénes se refieren?
—El otro día aplaudían todos porque le sacaban plata a otro (se refiere a los
empresarios que presenciaron el anuncio de Cristina sobre el destino de los fondos de las
retenciones móviles). La renta financiera no paga. La minería no paga. Los juegos de azar no pagan
impuestos. ¿Y por qué tenemos que pagar nosotros?
—¿Le dio bronca?
—Sí, ¿cómo no me va a dar bronca? Están saqueando a los pueblos del interior, y ellos
aplaudiendo.
—¿Se está produciendo en el interior un clima antiporteño?
—No. El Gobierno quiere éso. Porque cuando empezamos a hablar de la Patria y nos
acordamos de los caudillos... Mi padre, cuando podía, nos llevaba al Palacio Urquiza, a bañarse
con el federalismo.
—Otra vez su padre. También él contribuyó a inculcarle el ejemplo de Urquiza, de lucha
contra el poder central.
—En la escuela primaria, Urquiza y Pancho Ramírez eran la Historia. Después seguíamos
con Belgrano, la Bandera, San Martín. Pero Urquiza y Pancho Ramírez, por el federalismo. Siempre el
federalismo.
—¿Kirchner no entiende al campo porque viene de una provincia donde la actividad
agropecuaria es prácticamente nula?
—Es probable. Es muy probable que de joven no estudiara la Historia de la Argentina.
Para él, empieza en la década del 70. Yo quisiera preguntarle a él qué recuerdo tiene de su padre,
de su abuelo.
—Usted sabe que hasta 1880 la Patagonia no estaba integrada al territorio
nacional. Entonces, no pudo haber Panchos Ramírez ni Urquizas en la Patagonia. Cuénteme qué le
decía su padre de Perón.
—Mi padre se acordaba de la ley de arrendamiento, de algunas reivindicaciones. Que ir a
Banco Nación antes de Perón era ir como gringo de campo; venían los grandes estancieros y lo
pasaban por arriba. Ellos pasaron a ser unos clientes más en el Banco.
—¿Le hablaba bien de Perón?
—Nunca me habló mal. Tampoco me habló mucho de Perón.
—¿Y su padre por quién votaba?
—El trabajó para el peronismo en el 73. Por eso me da bronca cuando hablan de
“golpistas”. Esos pueblos no tenían calles asfaltadas; entonces yo, en tractor y
acoplado, llevaba a la gente a votar. Tenía 16 años. ¿Qué golpista? Mi padre me decía: “Andá
a buscar a esas dos familias allá, que hay dos arroyos crecidos, para que vengan a votar”. Y
yo iba y los buscaba. Mojado entero, para sacar gente a votar, para cumplir con la democracia. No
era para hacer un voto. Era por la democracia.
—Y en la última dictadura, al campo no le fue bien.
—La 1050 casi nos manda al tacho a todos. Mi padre había comprado dos cosechadoras
nuevas, y nos llevaron mil hectáreas, como si hubiéramos pagado diez cosechadoras. Gente que tuvo
que vender los campos por comprar un tractor, o la cosechadora, que vos primero veías que la
pagabas bien con tu trabajo, y resulta que cuando ibas a pagar…
—Pero, además, porque hubo retraso cambiario.
—Exactamente. Y estaban los especuladores, que eran los que siempre salían favorecidos
y se enriquecieron.
—¿Los pools de siembra son el verdadero adversario de Federación Agraria?
—El Gobierno tiene la culpa de los pools de siembra.
—Sin embargo, muchos de los pools de siembra no son grandes corporaciones financieras,
sino el abogado, el médico del pueblo, que se juntan siete u ocho, cada uno pone una parte de sus
ahorros para sembrar una extensión mayor de lo que podría hacer un productor solo.
—Le sacan la competencia leal al productor agropecuario. Ese pool de siembra no tiene
costo fijo, no tiene empleado, nada, al mismo productor le paga para que le haga el servicio de
siembra. Es un negocio. No es productor porque haya nacido productor. Entonces, en la tasa pasiva,
el Banco Nación le da el 4 o 5 por ciento anual, invierte en esto. El día que no sea más negocio,
se van. El Gobierno les da la posibilidad de que hagan esto porque le sirve que se produzca más
soja, porque es la caja de ellos. Dice una cosa, pero hace otra. El pequeño productor compra 20
toneladas de fertilizante, 20 toneladas de semilla, y estos vienen y compran 2 mil toneladas de
fertilizante, y seguro van a conseguir precio más barato. Entonces, no se puede competir.
—¿Su padre también defendía siempre a los productores chicos?
—Siempre. Vendía cosechadoras y la gente le decía: “Don Antonio, hemos tenido tal
trabajo, ¿nos fía una cosechadora?”. Y mi padre le firmaba garantías en las fábricas y en los
campos, porque sabía que la gente era buena e iba a pagarle. A veces lo engancharon y tuvo que
pagar cuentas ajenas por ser garante.
—¿Hay algo que yo no le haya preguntado y que para usted sea importante transmitirles a
los lectores de PERFIL?
—Me tiene preocupado la juventud. Me gustaría que los jóvenes comiencen a participar
más en política y en gremialismo, sin dejar de estudiar. Porque ahí está el futuro del país. Les
agradezco a los mayores todo lo que han hecho hasta ahora, pero les pediría a todas las partes
tratar de trabajar con los jóvenes, porque al país lo van a cambiar ellos. Nosotros vamos a
intentar y a lo mejor no llegamos. Pero veo un joven estudiante y veo el futuro.
—¿El corto plazo no le preocupa?
—Sin duda, puede haber desabastecimiento, inflación. Podemos tener parte de la culpa,
pero no tenemos toda la culpa nosotros. Lo que estamos haciendo no es por avaricia. Siempre las
crisis fueron dolorosas, pero fueron el motor de los cambios.
—¿Y cómo se imagina la situación del martes que viene?
—Que tendremos un país convulsionado si el Gobierno no toma las decisiones. No hay
gasoil en muchos lugares. El problema energético es…
—¿Cuánto tiempo falta para que en el interior no haya más gasoil o nafta?
—Cuatro días. Pero la falta de gasoil no es por los cortes de rutas. Las petroleras no
están mandando.
—¿Usted cree que en la Ciudad de Buenos Aires no se tiene completa conciencia de
lo que está pasando en el interior?
—Hay mucha gente en Buenos Aires que no tiene conciencia. Y ahí está el problema de que
el Gobierno nos meta a nosotros como culpables.
—El domingo es el Día del Padre. Vaya al cementerio.
—Y, tengo ganas.
—Vaya, porque realmente lo necesita.