Con el acto en la Plaza de Mayo, Néstor Kirchner y Hugo Moyano terminaron de poner a la
administración de Cristina Fernández en terapia intensiva y asistida con la respiración artificial
generada sólo por las corporaciones a las que representan: la CGT y el PJ.
El modelo económico encarnado en la crisis del 2001, concebido en la magnitud de la
devaluación de aquel entonces y en un lógico proceso de sustitución de importaciones, está
desmoronándose por sus fallas de origen. La falta de inversión, el dispendio de los recursos
públicos alimentados por extraordinarios precios de los bienes exportables y fruto de una fenomenal
presión fiscal, el aislamiento financiero internacional, producto del incumplimiento de las
obligaciones, la falsificación de datos estadísticos, el permanente estado de emergencia económica,
la inseguridad física y jurídica, la discrecionalidad en el manejo de la hacienda pública y el
permanente acoso a las instituciones se conjugaron para llevar al país hacia un nuevo abismo.
Literalmente, no sólo se vilipendió el capital político sino que la endeble condición
económica se ha agravado, al punto tal de dejar al gobierno inerte frente a una crisis que puede
ser absolutamente superable, en la medida que el poder kirchnerista abandone la obstinación. Pero
esta tozudez tiene un trasfondo preocupante y amenazas de entrar a una crisis sin retorno. A pesar
de la negativa oficialista, la suba en las retenciones proviene de una vertiente fiscal donde los
recursos son escasos frente al cúmulo de obligaciones a pagar en los próximos meses.
En otros términos, la Argentina está desbordada por la gran cantidad de vencimientos y
obligaciones que debe afrontar no sólo en este ejercicio sino en los dos próximos. Cuando el gasto
público que casi en su totalidad presenta un carácter rígido y crece a un ritmo del 50 por ciento
anual, supera ampliamente al crecimiento de los recursos, es entonces cuando se enfrenta a una
inexorable crisis fiscal. De nada valen los argumentos de Néstor Kirchner y el oficialismo de
empeñarse en deslindar la disputa de las retenciones de la asfixiante condición fiscal.
Los números hablan por sí mismos y son la consecuencia inevitable de un bienestar ficticio,
basado en la ilusión creada por una excesiva emisión monetaria que financió el consumo e hizo de
soporte a un tipo de cambio surgido del capricho oficial. Esto duró hasta que la columna fiscal
dejó en evidencia todas sus fisuras y el riesgo de derrumbe se hizo más palpable. El Banco Central
compraba dólares con emisión monetaria para sostener el tipo de cambio.
La suba del peso de los últimos días y la caída sistemática de la paridad de los títulos
públicos son la muestra más elocuente de la reversión de la ficción.
Ahora, el kirchnerismo le ordena al Banco Central vender la cantidad de dólares que sean
necesarias para frenar la corrida cambiaria y comprar bonos con reservas para sostener su paridad.
Pero entonces, ¿cuál es la política cambiaria más correcta? Más confusión. Y ante la confusión,
huida de capitales, el síntoma más claro de un país que está al borde de un nuevo episodio
traumático. ¿Dónde está la robustez del modelo que ahora está en estado de coma y agoniza entre la
tragedia y la desesperanza? Ahora, se pretende retomar el diálogo perdido. Lo que algunos llaman
"el estilo "Cletus" luce más adecuado para estos tiempos de confrontación y cuenta, en principio,
con mejor aceptación que la estrategia de la Casa Rosada que aparece cada vez más opacada. Si
prospera, la institucionalidad estará asegurada y se podrá dar vuelta de página. En tanto, La
inflación, la pobreza, la violencia y la ola criminal cabalgan sobre el país como los Cuatro
Jinetes del Apocalipsis.
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