Banyuls Sur Mer, Francia - El primer día, malla obligatoria; el segundo, botas de
montaña; en el tercero, el espíritu marinero es de rigor; y en el cuarto,
es imprescindible el microscopio: los viajes científicos del Centro Nacional
Francés de Investigaciones Científicas (CNRS) tienen imperativos muy particulares. En la pequeña
ciudad de Banyuls sur Mer (sur de Francia), a orillas del Mediterráneo, el Observatorio
Oceanológico recibe turistas para
"mostrarles la riqueza, pero también la fragilidad" de los ecosistemas
confrontados al cambio climático, explica el director del Laboratorio Arago, Philippe Lebaron.
Este laboratorio del CNRS y de la Universidad Pierre y Marie Curie tiene "la particularidad
de tratar fondos marinos del Mediterráneo hasta mil metros de profundidad, y el bosque de Massane,
a más de mil metros de altitud".
Los turistas comparten durante su estadía de cuatro días la vida cotidiana de los científicos
del CNRS, tanto en el mar como en la montaña, observando la vida de los peces o la de los insectos.
Este viaje se inscribe en
una nueva idea de turismo dedicado a la ciencia y propuesto a quienes se interesan en la
naturaleza por la agencia de viajes Escursia en asociación con el CNRS.
Los proyectos conciernen a países de todo el mundo (Madagascar, Namibia, Perú...). Céline
Labrune, científica del CNRS, señala que se trata de "hacer descubrir lo que no se ve cuando no se
ha educado la vista para eso". El "turismo científico" permite descubrir lo que la persona antes no
veía al pasearse por la naturaleza como un ciego. "Cuando uno traga agua al nadar, la diversidad de
organismos que ingiere es extraordinaria", explica otro científico, Francois Lantoine, a los
turistas que observan en un microscopio.
En el agua "clara" sacada del mar,
los turistas descubren un mundo insospechado: miríadas de organismos microscópicos
de formas sorprendentes: "la base de la cadena alimentaria oceánica", el zooplancton y el
fitoplancton. En el mar, a bordo del barco científico del laboratorio, los turistas habían
participado antes en el análisis diario de la temperatura del agua, su salinidad, etc., realizados
para "determinar el impacto del cambio climático en el Mediterráneo".
A lo largo de la costa rocosa, equipados con anteojos y tubos de respiración de submarinismo,
los turistas observan los peces. Es algo normal para cualquier persona que practique la inmersión
submarina. Pero con las explicaciones del científico Pascal Romans, un mundo extraordinario aparece
de pronto: ahí, una hembra de tripterigión pone sus huevos, más allá, pequeños sargos nadan en una
"guardería" natural.
Más lejos, un erizo de mar "pace" en las algas. Muy cerca, pero a más de mil metros de
altitud, Jean-André Magdalou se entusiasma hablando de "su" bosque de Massane, que alberga más de
6.000 especies de plantas, hongos e insectos, y unos 40.000 árboles, que él estudia para observar
su reacción a los trastornos hídricos y térmicos. Para él, cada insecto, cada flor, cada agujero en
un árbol aportan informaciones, y es capas de mostrarnos todo un ecosistema en un tronco podrido.
Magdalou considera que la presencia de este nuevo tipo de turistas es esencial: permite "mostrar
que observar la naturaleza es importante para evaluar los efectos del cambio climático y de la
contaminación".
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