Qué Argentina? La escena que relataré transcurre en un lugar casi imposible de descifrar desde la
confusa crispación de la Capital Federal.
Son las 9 de la noche y por las angostas e imperfectas calles de Tilcara circula un viento
rotundo y gélido. Al pie de los montes, la pequeña ciudad de la Quebrada de Humahuaca se recoge con
esa prolija modestia que la define. Los sitios para comer son escasos en este corazón de la
temporada baja, pero en el Progreso puede uno buscar y conseguir refugio nutriente y esplendida
comida. Antes de trasponer la puerta, sobre la cual han grabado en la fachada superior el año de
1917, en que fue construida esa casa de una sola planta, es posible divisar el oscuro y a la vez
brillante cielo nocturno de los arrabales de la Puna.
El Progreso ofrece reparo a no más de treinta comensales, pero nos dicen que al menos veinte
de los cubiertos están ya reservados. Al estudiar la carta, ornada de platos hechos a base de carne
de llama, quinoa, humitas y tamales, advertimos que una pareja relativamente joven ya ha comenzado
a cenar. El varón come y consulta su blackberry, leyendo mensajes y revisando su correo. Ella,
rubia y guapa, también come con buen apetito. De rato en rato, él comparte con ella algún mensaje y
cuando suena el teléfono ambos lo intercambian, contándole a una tercera parte las delicias de lo
que están saboreando.
Mientras nosotros damos cuenta de un necesario Cabernet Sauvignon que nos pertreche de calor
en la noche del altiplano, la escena de la pareja blackberrizada es un poco exótica, sobre todo
cuando ingresan al local los músicos de Quita Pesares, un quinteto tilcareño que lentamente arma
sus instrumentos. Charangos, sikus y percusión se van ubicando y los primeros acordes suenan,
angustiados, irresistibles, transmisores de una antigua tristeza.
A medida que los músicos van haciendo lo suyo, ingresa al Progreso una patrulla de
extranjeros. Son los de los veinte cubiertos reservados, adolescentes norteamericanos provenientes
de California que recorren América latina procurando que se les pegue algo de español.
La pareja blackberrizada y los veinte chicos californianos habitan ese espacio como parte de
un escenario cambiante en el que se hablan lenguajes diversos y se viven eras similarmente
fracturadas. Los músicos saben que casi nadie los escucha y cuando nos acercamos a ellos para
disfrutar de cerca su trabajo, que es un recorrido talentoso por los ritmos de la cultura andina,
desde Venezuela a Chile, incluyendo Ecuador, Bolivia, Perú y Argentina, nos confiesan que tocan
casi para ellos, de modo que agradecen que nos amuchemos a ellos, ya con la segunda botella de
Cabernet en consumo.
Todo sucede en un rincón distinguido y poco pretencioso, mientras un fuego pequeño arde en la
salamandra del restaurante y los dueños del local, que cocinan y sirven la comida, tramitan todo
con insuperable gracia.
Con sus 2.700 metros de altura sobre el nivel del mar, Tilcara es una de las alhajas de la
Quebrada, un sitio donde todavía se respiran aires pretéritos y se vive a velocidades decentes. Los
lugareños son mesurados y respetuosos, aunque a menudo se percibe en la siesta inexorable un aire
de época perimida, solo salpimentado por el uso de los celulares. El paisaje todo enseña y
disciplina al porteño gritón y vanidoso: esos argentinos de Jujuy no son demasiado diferentes de
los bolivianos y peruanos proverbialmente estereotipados.
¿Qué Argentina? El turismo receptivo funciona vorazmente en varios paraísos argentinos. En
Purmamarca tomamos el té junto a dos bellas muchachas que hablaban francés; hay californianos en
Tilcara; en la desesperantemente encantadora iglesita de Uquía, la de los ángeles arcabuceros,
había turistas brasileños; y en el maravilloso convento del Marqués de Yavi, escuché hablar en
alemán.
¿Qué Argentina? La pareja blackberrizada era local y para ellos era compatible enviar
mensajes de texto mientras comían carne de llama y los Quita Pesares entonaban una melodía de
Ricardo Vilca.
Aires de extrañeza, resaltados por esa monumental sencillez de adobe y piedras que diagrama
la vida semibucólica de estos andurriales del fenecido imperio inca.
Me los imagino en estas tierras a Cristina y sus “stiletto heels” y a su marido
con unos trajes cruzados y mocasines que pretenden remitir a esos años setenta que él adora. Me los
imagino por estas calles nobles y apacibles a los D’Elía, a los Kunkel, a los Moreno, sus
modos, sus desplantes, su dureza vertical.
¿Qué Argentina? ¿La de los puesteros que venden coloridas y respetables frazadas en los
puestos de la plaza de Tilcara o la de los dueños de esos hostales de ensueño que embellecen la
majestuosa armonía de Purmamarca?
Las montañas son marrones y verdes y rosadas y azules a medida que el día se consume bajo ese
azul de pureza insultante, demostrativo de que otra vida es posible. Al pie de ellas, capas y
culturas divergentes coexisten sin furia.
Los nómades digitales que hablan con ultramar desde esas calles polvorientas en temporada
seca, empuñan sus celulares a metros de un mercado municipal en el que se pueden comprar deliciosas
y muy sanadoras hojas de coca elegida, con las que coquearemos con fruición o con las que beberemos
reparadores tés.
Varias galaxias nadan en esta superficie y no parecen chocar. Son almas convergentes en sus
discrepancias culturales profundas, pero comunes entre ellas porque cuestionan la ira desaforada y
la ilegalidad galopante que prevalecen en el omnímodo control central del país.
En una de esas esquinas tilcareñas, sobre la puerta de un local impersonal se informa que en
su interior fueron velados los restos del general Juan Galo Lavalle. El unitario Lavalle mató al
federal Dorrego, pero sin embargo nunca se hizo tanto como ahora para gobernar a la Argentina como
en esta era de inexpugnable unitarismo.