Empiezo la semana confundido. Ayer, domingo (porque escribo el lunes), veía en televisión a Mempo
Giardinelli, persona de convicciones y declamaciones progresistas, invocar la ley y el orden contra
una supuesta prolongación del paro agropecuario. Aunque no llegaba a proponer palos y gases
lacrimógenos como Hebe de Bonafini, Giardinelli hablaba en los términos en que suele hacerlo la
derecha ante una muestra de desobediencia civil. Pero ¿qué es la derecha? Difícil saberlo cuando en
la Argentina una parte de los piqueteros manifiesta con la Sociedad Rural y la otra integra el
aparato de propaganda y choque del Estado. O cuando, en Europa, socialistas y conservadores
coinciden en una política de represión feroz a los inmigrantes.
Para aumentar la confusión, doy con Los antimodernos, de Antoine Compagnon, el libro que un
profesor de la Sorbona dedica a cierta tradición del pensamiento (cuando un francés habla del
pensamiento, se refiere al pensamiento francés), que se opone a la noción de progreso pero encarna,
a su modo, la auténtica modernidad. Esa tradición arranca en Pascal (como alternativa frente a
Rousseau y Voltaire), se establece después de la Revolución Francesa con Chateaubriand y De
Maistre, se consolida en el siglo XIX con Baudelaire y Barbey d’Aurevilly, penetra en el
siglo XX con Proust y va avanzando hacia el presente mediante nombres como Bataille o Gracq hasta
llegar a Roland Barthes. Después, Compagnon no se arriesga demasiado, tal vez porque es mucho más
difícil encontrar a los verdaderos reaccionarios en un mundo en el que las nuevas derechas no se
diferencian demasiado de las izquierdas aggiornadas y el estalinismo chino es perfectamente
compatible con la economía liberal.
El movimiento antimoderno es también la historia de las vanguardias literarias y,
notablemente, de las obras que parecen destinadas a sobrevivir a su tiempo. “A contrapelo del
gran relato de la modernidad flamante y conquistadora, la aventura intelectual y literaria de los
siglos XIX y XX ha tropezado siempre con el dogma del progreso y resistido al racionalismo, al
cartesianismo, a la Ilustración, al optimismo histórico o al determinismo, al positivismo, al
materialismo...”, dice Compagnon y se encarga de describir seis rasgos que definen a los
antimodernos: la contrarrevolución como política, la anti-Ilustración como filosofía, el pesimismo
como moral, el pecado original como centro teológico, lo sublime como estética y la vituperación
como estilo. Esos rasgos tal vez un poco forzados, casi de libro de texto (“Alumno, ¿cuáles
son las seis características del antimodernismo?”), no son precisamente los de la izquierda.
Sin embargo, hay algo que separa a los antimodernos de sus contrapartidas tradicionalistas,
conservadoras o fascistas: la convicción de una derrota irreversible frente al mundo moderno. Las
críticas contra un tinglado optimista y mediocre son una divisa estética más que política ya que
jamás se identifican con el poder y, como dice Compagnon sobre De Maistre, es dudoso que hayan
convencido alguna vez a alguien. Se puede arriesgar que el cine contemporáneo es tal vez la
expresión más cabal del antimodernismo contemporáneo: los grandes cineastas (Dreyer, Ford, Ozu,
Hitchcock, Godard) participan de esa mirada desencantada, opuesta a la pedagogía oficial del arte y
de su época.
Al fin del día vuelvo sobre Espíritu de simetría, una recopilación de artículos
cinematográficos y literarios de Angel Faretta donde, en el prólogo, el autor proclama su fe
católica y la importancia del imperio austrohúngaro como motor del cine americano, en cuyo vértice
está la obra de Francis Ford Coppola. Resulta evidente que Faretta, con su arrogancia un poco
bestial e inofensivamente reaccionaria, es nuestro antimoderno de cabotaje. El dogma escolar y
autoritario de Giardinelli, en cambio, se pretende moderno. Es decir, atrasa.