Para el mundo de los negocios, la Argentina era hasta hace muy poco apenas un dato. Al país, al
Gobierno y a sus habitantes se los había confinado a la indiferencia, para que se arreglen cómo
puedan, tal su extraña pasión -así se observaba- para negar las reglas que rigen a los exitosos y
para hacerse, además, goles en contra. Sin embargo, una cosa es la pasividad del confinamiento
autista en un rincón y otra cuando uno de los principales productores de alimentos del mundo
desbarajusta los precios, amenaza con bajar su producción y le quita horizonte a los mercados. La
Argentina, ahora, ha pasado a ser un problema.
Los alimentos y la energía están fogoneando la inflación en el mundo y tal como los
conflictos del Medio Oriente le han agregado precio al barril de petróleo, la situación local (la
Argentina es el tercer productor mundial de soja) y lo errático de su política agropecuaria ha
distorsionado los valores de las commodities y generado incertidumbre de los mercados.
En la misma onda de preocupación internacional, aunque de conflictividad más directa, debe
leerse el caso de la posible re-nacionalización (o re-estatización) de Aerolíneas Argentinas, que
involucra al único gobierno europeo (España) que le daba a la Argentina cierto status de
normalidad.
La administración de José Luis Rodríguez Zapatero ha sido presionada duramente durante los
últimos días por el sector privado español para que defienda al grupo Marsans, operador y
controlante de la compañía aérea, ya que alegan que los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner le
hizo la vida imposible y que lo ahogaron financieramente, mientras las autoridades locales
justifican su accionar en los incumplimientos de los españoles, en un tira y afloje de acusaciones
mutuas, en el que nadie está habilitado para ser quien arroje la primera piedra.
La pérdida de juego político de los Kirchner no sólo se manifiesta en los desgajamientos del
PJ o de la CGT o en el deterioro de su imagen pública, sino que también desde el exterior ya se le
animan a la pareja gobernante. Las furibundas quejas de los empresarios españoles han trascendido
por todos los medios de prensa y hasta expresiones más racionales como las del número dos del Grupo
Santander, Francisco Luzón no dejan lugar a dudas de que la Argentina es hoy una molestia, lo que
se manifiesta claramente en el aumento incesante del riesgo-país.
"Le creímos siempre al Gobierno (al actual y al anterior), pero sentimos que no hemos sido
correspondidos, ya que no nos da señales de hacia dónde quiere ir", le dijo el banquero a
periodistas argentinos que lo entrevistaron en Santander, al tiempo que detalló las "sobradas"
pruebas de amor que se habían dado, por el lado del otorgamiento de más cantidad de préstamos a
tasas más baratas y a mayores plazos, la duplicación de los clientes, la multiplicación por 12 de
los usuarios de tarjetas de crédito y la creación de 2.500 puestos de trabajo. "Así no se puede
trabajar. No sabemos qué va a pasar mañana ni en el mediano plazo. Se nos prometió un país
previsible y todavía seguimos esperando. Confieso que hay una desmotivación muy grande", se lamentó
Luzón sin cortapisa.
En el mismo Seminario donde el ejecutivo español hizo estas urticantes declaraciones, el
vicepresidente segundo del gobierno y ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes fue increpado
públicamente por otro empresario quien denunció presiones del gobierno argentino, a través de la
acción de los sindicatos, para boicotear a Aerolíneas Argentinas, desacreditar a Marsans y para que
sus dueños fueran cediendo porciones del paquete accionario. "Y lo mismo pasó con Repsol-YPF", se
atrevió a gritarle a voz en cuello el lobbista al atónito Solbes.
El mismo argumento, aunque con la calificación de "modus operandi", es el que utiliza Elisa
Carrió para afirmar que todos los traspasos accionarios de las empresas de servicios públicos
logrados durante los años de gobierno de Néstor Kirchner (Aguas Argentinas, YPF, eléctricas, etc.)
tuvieron una matriz similar: negar aumentos de tarifas o solicitar inversiones desmedidas para
espantar a los administradores extranjeros y provocar un paulatino cambio de manos hacia grupos
locales de "amigos" del Gobierno, lo que se estaría verificando una vez más en el caso Aerolíneas.
Más allá de las presunciones de acumulación de poder que esboza la dirigente del ARI, lo
cierto es que la opinión pública ha acompañado cada uno de estos cambios y aún aceptaría de buen
grado lo que pudiere ocurrir en Aerolíneas Argentinas, aunque esta misma administración ya se ha
declarado incompetente para manejar una empresa aérea (Lafsa). Las encuestas dicen que hoy el
parecer mayoritario de la población (98%) es que las compañías de servicios públicos no deberían
estar en manos extranjeras. La particular disociación entre el sentir de la sociedad y lo que
ocurre en el resto del mundo, parece tener más que ver con reclamos de presencia efectiva del
Estado en el contralor, que con pedidos de presencia activa en las administraciones. Habrá que leer
muy bien las encuestas para evitar hacia el futuro extrapolar interpretaciones que se acomoden a
los argumentos, como hizo en un par de oportunidades esta misma semana la Presidenta, en relación a
demandas pasadas de la opinión pública.
En la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas, Cristina Fernández dijo que los civiles
azuzaron a los militares a la hora de los golpes y en la inauguración de un ramal ferroviario
patagónico explicó que la sociedad toleró el desguace de los ferrocarriles y puso ambos pareceres
puntuales en el rubro de las equivocaciones. En ninguno de los dos casos, la Presidenta tomó en
cuenta las circunstancias de los procesos. Si lo que quiso marcar es que en estos tiempos la
sociedad también se equivoca a la hora de apoyar los reclamos del campo (aunque seguramente para
ella no se equivocó cuando la eligió), bien le hubiera valido a la Presidenta algún recuerdo
autocrítico sobre su propia acción y opinión (y la de Néstor Kirchner) en tiempos de la
privatización de YPF, por ejemplo.
También Carrió apela al chovinismo imperante en la sociedad para esbozar una teoría que tiene
que ver, según ella, con un maquiavélico plan del Gobierno para bajarle el precio a la tierra, a
partir de la falta de rentabilidad para que sus dueños la malvendan, probablemente a extranjeros.
En esa línea, desde la Casa Rosada se intentó colar como un peligro latente la eventual presencia
de la IV Flota de los Estados Unidos en el Hemisferio Sur, de la que se dijo a modo de rumor, hasta
que se lo desactivó, que iba a navegar los ríos interiores para llevarse no ya el agua, sino los
cereales.
La obsesión kirchnerista de fabricarse siempre una contracara para convencer a la sociedad de
que los enemigos vienen por todos ha tenido una manifestación bien evidente en el llamado a la
concentración de apoyo a la Resolución 125 que hizo Néstor Kirchner para el mismo día en que los
ruralistas, a los que llamó "desestabilizadores", habían planeado la suya en Palermo. Más allá de
que estratégicamente queda en evidencia que ha corrido detrás de los acontecimientos, la jugada le
pone a la jornada del martes un gusto a caza de brujas, división y enfrentamientos que no se
condice con las apelaciones a la paz que hizo el ex presidente.
También puede inferirse que Kirchner no tiene confianza en conseguir el miércoles todos los
votos propios que necesita y que propicia el acto para presionar un poco más a los senadores,
aunque cualquier conteo al día de hoy dice que el proyecto tal como se ha cocinado en Diputados
estaría ganando la votación en general, pese a las enormes inconsistencias que presenta, que
algunos oficialistas esconden en aras de su pretendida lealtad.
No se entiende, por ejemplo, por qué el gobernador de Tucumán, José Alperovich apoya una ley
-y así lo ha dicho durante la semana en el Senado- que va en contra de su legítima pretensión de
evitar la pérdida de puestos de trabajo en su provincia, ya que la misma premia con mayores
compensaciones a los productores más lejanos a los puertos, lo que incentiva la expansión de las
áreas cultivables y juega manifiestamente en contra de su política.
La principal dificultad para el oficialismo es que, siendo el Senado la Cámara revisora, con
algún cambio de último momento, se le modifique una coma a la media sanción y que ésta tenga que
retornar a la Cámara Baja, con el consecuente desgaste para el Gobierno y el costo económico para
el país. En este aspecto, el sentir generalizado sobre la situación económica es que "está todo
parado", algo tan malo como que realmente esté ocurriendo, tal como ya lo manifiestan algunos
indicadores de consumo y el derrape anticipatorio de las acciones en la Bolsa.
Todos estos desaguisados le han dado letra a los críticos de la Argentina, pero también a los
que quieren que el país se reinserte rápidamente en la comunidad internacional, para que se puedan
hacer nuevamente negocios rentables. Fue en esa línea que Francisco Luzón le dedicó durante la
semana mucha atención al asunto desde España, tratando de explicarle a los gobernantes y a la
sociedad una materia ya comprendida por el mundo: cómo el capitalismo genera oportunidades y cómo
los populismos igualan para abajo.
En este aspecto, el banquero puso a Venezuela y a la Argentina en la misma bolsa, lejos del
resto de los países de la región y los emparentó a partir de la inflación, la misma que Guillermo
Moreno negó en el Congreso desde la pretendida eficiencia de su laboratorio particular: "Venezuela
tiene arriba de 30% y a la Argentina póngale el número que quiera", recordó el español sin privarse
de decir que, por la inflación, "la democracia se debilita, como muy bien saben los gobiernos
autoritarios que la acomodan y tratan de amortiguar sus efectos más evidentes con insostenibles
políticas clientelistas". Al que le quepa el sayo, que se lo ponga.