Cristina Fernández de Kirchner y su marido se resisten a entenderlo, pero en las semanas últimas su
situación ha cambiado casi tanto como la del desafortunado Gregor Samsa que, en el cuento célebre
de Kafka, despertó una mañana, luego de una noche poblada de sueños inquietos, para encontrarse
transformado de un hombre respetable en una cucaracha. Los integrantes de su círculo áulico aparte,
todos coinciden en que se han metamorfoseado en piantavotos y que, si bien Néstor Kirchner está
arruinando la gestión de su mujer con sus intervenciones provocativas, sin tenerlo a su lado a
Cristina le costaría sobrevivir hasta diciembre de 2011.
Aunque los Kirchner mismos no han cambiado, el país ha experimentado una de sus mutaciones
periódicas después de que lo que antes era considerado perfectamente normal parece aberrante. A
menos que el gobierno logre adaptarse a las nuevas circunstancias, éstas se las arreglarán para que
tarde o temprano surja otro que sea más apropiado para los tiempos que corren.
Los Kirchner ya no son los líderes omnipotentes, idolatrados por un pueblo
agradecido, de mediados del año pasado. Con rapidez desconcertante, desde la elección de Cristina
la popularidad de la pareja se hizo humo y, con ella, la voluntad de otros políticos de ponerse a
su servicio con la esperanza de garantizarse votos en las elecciones venideras y, mientras tanto,
conseguir algo del contenido de la atiborrada caja presidencial.
De resultas de la rebelión del campo,
se alejaron de ellos el vicepresidente Julio César Cleto Cobos, varios
gobernadores provinciales encabezados por el cordobés Juan Schiaretti, referentes peronistas como
Carlos Reutemann y, lo que acaso fue el golpe más doloroso de todos, hasta Alberto Fernández, el ex
jefe de Gabinete que fue su operador político principal y defensor mediático más combativo con la
excepción, claro está, de personajes apenas presentables como Luis D'Elia y Carlos Kunkel.
Fernández respaldó a Kirchner antes de que fuera elegido en 2003 y fue coartífice del poder que se
construyó sobre la base precaria del 22 por ciento del voto popular, de suerte que su defección ha
debilitado aún más a un gobierno justo cuando necesitará ser fuerte para enfrentar una crisis
económica incipiente que amenaza con agravarse mucho en los meses próximos.
También está
distanciándose de la pingüinera con su discreción acostumbrada otro aliado
imprescindible, el gobernador bonaerense Daniel Scioli, cuyas aspiraciones presidenciales sufrieron
un revés imprevisto debido a su negativa a solidarizarse con el campo mientras se libraba la guerra
de las retenciones móviles. Cuando terminó aquel capítulo de la saga, Scioli se dio el gusto de
recomendar que los Kirchner se sometieran a una "autocrítica", sugerencia que con toda seguridad
les molestó sobremanera ya que fue una forma no muy sutil de decirles que deberían cambiar
radicalmente el estilo rencoroso que hicieron mundialmente famoso y que, antes de que chocaran con
el campo, les permitió acercarse a la hegemonía.
* Columnista de la revista Noticias
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