A diferencia de lo que sucede con la legión de dóciles consumidores que cada año los compran por
decenas de miles, para la mayoría de los editores, críticos y ensayistas los best sellers de
ficción constituyen una temible epidemia: objetos a mantener a prudente distancia a los que, en el
mejor de los casos, se les asignará una considerable dosis de indiferencia. Pero: ¿acaso no sería
un desafío mayor –mucho más grande que analizar críticamente una obra literaria de un autor
ya legitimado– armarse de paciencia, leer alguno de esos bodoques de seiscientas páginas de
autores como Dan Brown, Tom Clancy o Robert Ludlum, e intentar desarmar sus mecanismos y ponderar
su disvalor con herramientas teóricas? No de manera sistemática ni permanente, por supuesto
–la multiplicación de títulos lo haría una tarea imposible y, sobre todo, vana, ya que los
suplementos culturales tienen la responsabilidad de dedicar sus páginas a la literatura que merece
verdadero interés y no goza de campañas de marketing para su difusión–, pero sí, quizá, cada
vez que aparece un nuevo fenómeno de ventas.
En un artículo de 2003 (“Best sellers y literatura, vigencia de un debate”),
César Aira dedicó su habitual inteligencia y riguroso sentido del humor –¿o era al
revés?– a reflexionar sobre las diferencias entre lo que suele denominarse literatura y los
best sellers, entendiendo a estos últimos como aquellos libros “que se proponen y logran ser
vendidos mucho y rápido”. “El best seller es la idea de hacer un entretenimiento masivo
que use como ‘soporte’ a la literatura. Es algo así como literatura destinada a gente
que no lee ni quiere leer literatura (y a la que no hay que reprocharle nada, por supuesto).
Material de lectura para gente que, si no existiera ese material, no leería nada”, escribía
Aira. Lo que distingue a unos libros de otros, establecía, es “la sinceridad”:
“Si la literatura siempre es una intención desviada, el best seller es una intención
realizada; si el best seller es un sueño realizado, la literatura es un sueño en proceso”. El
artículo acababa, cómo no, con una magnífica boutade: “Leyendo best sellers se aprende de
historia, de economía, de política, a elección y en forma entretenida y variada. Mientras que
leyendo genuina literatura no se adquiere más que cultura literaria, que es la más inefectiva de
todas”.
En la última edición de la revista Pensamiento de los confines, el profesor y traductor
Marcelo Burello vuelve sobre el tema en sus “Notas sobre el best seller literario”.
Allí, Burello avanza en la tipificación de los best sellers y en las preferencias de sus
consumidores: “Intenso punto de ataque inicial, oraciones no demasiado extensas, vocabulario
no demasiado preciosista, trama con peripecias diversas, identidades y misterios revelados al
final, tema actual, verosimilitud aceptable (...)”. Señala, también, que hay un best seller
literario que define al subgénero por antonomasia –el de tema o estructura policial–, y
desafía a los críticos y teóricos que “fruncen el ceño ante él, negándole toda calidad
literaria”, porque “así como una golondrina no hace verano, un ceño fruncido no hace
teoría. Se precisan justificaciones, y como las especulaciones sociológicas no bastan, habría que
condescender a la inmanencia del texto”.
Lo dicho, entonces: si las características de los best sellers pueden señalarse con relativa
facilidad –y al mismo tiempo los editores saben que no hay nada más difícil que construir un
best seller–, la crítica podría tener en ellos un perfecto objeto de estudio, emergente real
de la cultura contemporánea, más no sea para desaconsejar, con argumentos teóricos, su lectura.