Días atrás pasó por las ciudades de Buenos Aires, Rosario y Córdoba la escritora, poeta y
periodista española Mercedes Cebrián (Madrid, 1971). Cebrián, autora de los relatos y poemas de El
malestar al alcance de todos y Mercado común, llegó a la Argentina invitada por el Centro Cultural
de España en Buenos Aires para disertar en el marco de la clínica “Estados alterados.
Emergencias en el periodismo cultural”, que concluye mañana y pasado en Santiago de Chile. El
programa anunciaba, de su propia pluma: “Cada día surgen en el mundo nuevos medios o espacios
de comunicación relacionados con la cultura, ya sea en formato papel, blog, programa radiofónico o
incluso televisión por Internet. Los periodistas culturales, especialmente los que colaboran con
medios diversos al tiempo, han de abrirse a estos formatos emergentes abordando el producto
cultural de forma novedosa. Por ejemplo, la aparición de las llamadas ‘revistas de tendencias
y estilos de vida’, que responde a la estrecha relación que hoy en día se establece entre
cultura y consumo, es un fenómeno significativo que el periodista cultural no ha de pasar por alto.
Viajes, objetos curiosos y maneras de plantear el ocio son hoy temas tan ‘culturales’
como la publicación de una novela o el estreno de una sinfonía”.
Cebrián es una persona curiosa, atenta e inteligente, y asume –a diferencia de otros
periodistas, que preferirían seguir viviendo en el marco de un pasado glorioso e inmutable–
que debido al desarrollo de las nuevas tecnologías este es un oficio en permanente actualización,
sobre el que vale la pena reflexionar. En un intercambio urgente de correos electrónicos, mientras
viajaba de Rosario a Córdoba, escribió algunos apuntes sobre el ejercicio del periodismo cultural
hoy: “Si quiere seguir en su profesión, el periodista ha de tomar algo de la mentalidad y
actitudes de los curadores de arte, de los creativos de publicidad y marketing, de los productores
de cine y TV y de los gestores culturales y de turismo. Ese mix es el único que, en mi opinión,
logrará que sobrevivan”. Luego, cuenta que imagina un futuro cercano “en el que queden
dos o tres publicaciones culturales ‘de línea dura’, que probablemente acepten haber
perdido la batalla de acercarse al gran público (y por lo tanto no se sientan presionados en
invertir excesivamente en temas de diseño). Y además, todo un mercado de revistas para lectores
cada vez más específicos que les hablen de su ‘cultura’: cultura gay, cultura urbana...
De hecho, más de un suplemento cultural ya lleva el nombre de ‘Culturas’, así en
plural. Creo que esto tiene que ver tanto con la corrección política (no se desea que haya una sola
cultura imperante) como con esta segmentación extrema de los mercados”.
Finalmente, se refiere a un tema siempre incómodo para el gremio, el de la especialización.
Si quienes se dedican a cubrir temas económicos deberían poseer cietros conocimientos de finanzas o
matemáticas, y los que cubren política de filosofía o sociología: ¿cuál debería ser la formación de
un buen periodista cultural? “Creo en la dispersión como un valor y no como un inconveniente,
así es que considero que el periodista cultural ha de ser disperso por naturaleza”, apunta
Cebrián. Y agrega: “Ante todo, deben desarrollar una mirada escudriñadora y fijarse en los
pequeños detalles, en ‘lo infraordinario’, como diría Georges Perec, para enfocar sus
notas. Y por último, un consejo casi televisivo: que no descuiden su formación científica, que
siempre es la gran olvidada, ya sea por desinterés o por temor”.
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