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LA CRISIS EN LA ARGENTINA

Por qué el Estado debe funcionar

La crisis está poniendo al mundo ante distintos desafíos. Por un lado los gobiernos deben actuar sin demora, aunque no existe el recetario que asegure que cada paso dado, o no dado, sea una decisión acertada. Por otro lado, hay que reconceptualizar los problemas y revisar los diagnósticos.

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Por Manuel Mora y Araujo | 16.08.2008 | 05:03

La crisis está poniendo al mundo ante distintos desafíos. Por un lado los gobiernos deben actuar sin demora, aunque no existe el recetario que asegure que cada paso dado, o no dado, sea una decisión acertada. Por otro lado, hay que reconceptualizar los problemas y revisar los diagnósticos. En ese contexto, una tentación bastante irresistible, pero inconducente, es lanzarse a la batalla de la confrontación ideológica. La agitación de las banderas ideológicas como si se tratara de un partido de fútbol es la mejor manera de no resolver ningún problema, de no mejorar la medicina preventiva y de no avanzar hacia un entendimiento de lo que está pasando.

Mirando a nuestro país, una constatación no muy tranquilizadora es que la primera reacción del Gobierno fue ideológica, pero el accionar no fue rápido ni mucho menos anticipatorio. Al menos comienza a haber acción. Y algo de debate. Las banderas ideológicas empiezan a arriarse y emerge una cierta vocación analítica.

A la hora de entender qué pasa, la Argentina tiene más asignaturas pendientes que muchos otros países. Después de todo, entre crisis y crisis, gran parte del mundo crece; pero la Argentina, no. Somos uno de los países con más bajas tasas de crecimiento en el mundo desde la Segunda Guerra mundial –aun descontando los ciclos de crecimiento como el iniciado en 2003–. Somos uno de los raros países que está peor en todos los indicadores económicos y sociales imaginables. Esto ocurrió durante décadas, donde todas las ideas y todos los colores políticos pasaron por el Gobierno, bajo regímenes de facto y bajo regímenes democráticos. La Argentina no tiene nada que exhibir a partir de la confrontación entre unos modelos y otros; aquí, hasta ahora, somos todos perdedores.

Debatir esta crisis vistiendo las camisetas del “estatismo” y el “free market” es una necedad. No porque las ideologías sean tonterías, sino porque son demasiado amplias y generales para extraer de ellas indicaciones sobre qué hacer. A muchos les parece que las cosas tienden a ir mejor cuanto menos el Estado interfiere en las decisiones privadas; piensan que es imposible que unas pocas personas puedan descubrir los óptimos sociales mejor que el conjunto de los seres humanos decidiendo libremente –quien esto escribe se cuenta en ese grupo, pero incómodo por la tendencia a dicotomizar al mundo en probos y viles que predomina en ese lado tanto como en el opuesto–. A muchos otros les parece que el mercado asigna recursos con discrecionalidad y demasiadas interferencias; piensan que sin la intervención del Estado, tarde o temprano el desenlace es el que estamos viviendo.

La crisis presente comenzó por un desbarajuste en el financiamiento de las viviendas de millones de personas. Los más ‘estatistas’ dicen que eso es lo que el mercado acaba produciendo; los más ‘liberales’ dicen que eso ocurrió porque el Estado intervenía demasiado sosteniendo a entidades financieras irresponsables. Esa discusión no lleva a ninguna parte en términos de qué hay que hacer. Los datos básicos son que hay muchísima gente que quiere vivir en casa propia dentro de estándares acordes a su nivel de vida esperado y la inmensa mayoría de esa gente no puede pagar al contado la vivienda que espera tener. Un sistema donde demasiada gente no tiene acceso a la vivienda que espera tener parece política y socialmente inviable. ¿Cómo se resuelve este problema? Admitamos, por lo pronto, que en la Argentina está lejos de haber sido resuelto en las últimas seis décadas: el déficit de viviendas es enorme, las que construyó y en parte sigue construyendo el Estado son deplorables, los mecanismos de financiación hipotecaria son insuficientes. Si se buscan modelos, los hay para todos los gustos: Rusia, Cuba, Inglaterra, Estados Unidos; ninguno funcionó muy bien. En la teoría, el capitalismo suena coherente; pero cuando el sistema se recalienta, eventualmente colapsa. Hace setenta años el socialismo sonaba muy coherente; pero colapsó más rápidamente aún. ¿No es hora de empezar a tratar este tipo de temas para construir un horizonte viable para nuestro país?

El transporte es otro caso pertinente. Es un problema complejo y crítico en casi todas partes. El llamado “neoliberalismo” empezó en Inglaterra con una ola privatizadora, que el mundo todo aceptó bastante de buen grado, más allá de las banderías políticas. Entre las más espectaculares privatizaciones iniciales se contaba el sistema de transporte de pasajeros, y hoy se sabe que no anduvo muy bien. Con los años, en muchas ciudades del mundo se volvió al transporte coordinado o directamente gestionado por los gobiernos locales; en muchos casos, con éxito, pero no en todos (Santiago de Chile es un argumento para cualquiera a quien la idea no le gusta). A nosotros, en la Argentina, no nos ha ido bien con nada. El transporte urbano de pasajeros está cada vez peor; en muchas ciudades del país prácticamente ha desaparecido. En los cuatro años de gobierno de Néstor Kirchner nada se avanzó en un tema que él mismo había levantado durante su campaña electoral de 2003, y lo hizo –según se dijo– después de constatar con sus ojos el espanto de un tren suburbano de Buenos Aires.

Las aerolíneas –estatales o privadas por igual–, son una pesadilla en gran parte del planeta. Pero a nosotros nos tocó la peor parte, algo casi surrealista por lo ineficaz y lo inservible del sistema que tenemos, con una cantidad abismal de ciudades sin cobertura razonable y muchas simplemente sin cobertura.

Esos son sólo ejemplos de muchas cosas que no están como deberían estar. Que en otras partes del mundo muchas cosas también están mal es un pobre consuelo. Hay un debate necesario para la generación de un consenso dentro de límites de disensos que se moverán inevitablemente con el tiempo y con las distintas mayorías políticas. Lo que puede variar es el disenso sobre los grados de intervención del Estado y de regulaciones aceptables para que las cosas funcionen. El consenso necesario es acerca de cómo hacer para darnos un Estado que funcione. Porque hoy el mercado funciona a veces mejor, a veces peor; pero en la Argentina, el Estado no funciona.


*Sociólogo.  
 

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