La crisis está poniendo al mundo ante distintos desafíos. Por un lado los gobiernos deben actuar
sin demora, aunque no existe el recetario que asegure que cada paso dado, o no dado, sea una
decisión acertada. Por otro lado, hay que reconceptualizar los problemas y revisar los
diagnósticos. En ese contexto, una tentación bastante irresistible, pero inconducente, es lanzarse
a la batalla de la confrontación ideológica. La agitación de las banderas ideológicas como si se
tratara de un partido de fútbol es la mejor manera de no resolver ningún problema, de no mejorar la
medicina preventiva y de no avanzar hacia un entendimiento de lo que está pasando.
Mirando a nuestro país, una constatación no muy tranquilizadora es que la primera reacción
del Gobierno fue ideológica, pero el accionar no fue rápido ni mucho menos anticipatorio. Al menos
comienza a haber acción. Y algo de debate. Las banderas ideológicas empiezan a arriarse y emerge
una cierta vocación analítica.
A la hora de entender qué pasa, la Argentina tiene más asignaturas pendientes que muchos
otros países. Después de todo, entre crisis y crisis, gran parte del mundo crece; pero la
Argentina, no. Somos uno de los países con más bajas tasas de crecimiento en el mundo desde la
Segunda Guerra mundial –aun descontando los ciclos de crecimiento como el iniciado en
2003–. Somos uno de los raros países que está peor en todos los indicadores económicos y
sociales imaginables. Esto ocurrió durante décadas, donde todas las ideas y todos los colores
políticos pasaron por el Gobierno, bajo regímenes de facto y bajo regímenes democráticos. La
Argentina no tiene nada que exhibir a partir de la confrontación entre unos modelos y otros; aquí,
hasta ahora, somos todos perdedores.
Debatir esta crisis vistiendo las camisetas del “estatismo” y el “free
market” es una necedad. No porque las ideologías sean tonterías, sino porque son demasiado
amplias y generales para extraer de ellas indicaciones sobre qué hacer. A muchos les parece que las
cosas tienden a ir mejor cuanto menos el Estado interfiere en las decisiones privadas; piensan que
es imposible que unas pocas personas puedan descubrir los óptimos sociales mejor que el conjunto de
los seres humanos decidiendo libremente –quien esto escribe se cuenta en ese grupo, pero
incómodo por la tendencia a dicotomizar al mundo en probos y viles que predomina en ese lado tanto
como en el opuesto–. A muchos otros les parece que el mercado asigna recursos con
discrecionalidad y demasiadas interferencias; piensan que sin la intervención del Estado, tarde o
temprano el desenlace es el que estamos viviendo.
La crisis presente comenzó por un desbarajuste en el financiamiento de las viviendas de
millones de personas. Los más ‘estatistas’ dicen que eso es lo que el mercado acaba
produciendo; los más ‘liberales’ dicen que eso ocurrió porque el Estado intervenía
demasiado sosteniendo a entidades financieras irresponsables. Esa discusión no lleva a ninguna
parte en términos de qué hay que hacer. Los datos básicos son que hay muchísima gente que quiere
vivir en casa propia dentro de estándares acordes a su nivel de vida esperado y la inmensa mayoría
de esa gente no puede pagar al contado la vivienda que espera tener. Un sistema donde demasiada
gente no tiene acceso a la vivienda que espera tener parece política y socialmente inviable. ¿Cómo
se resuelve este problema? Admitamos, por lo pronto, que en la Argentina está lejos de haber sido
resuelto en las últimas seis décadas: el déficit de viviendas es enorme, las que construyó y en
parte sigue construyendo el Estado son deplorables, los mecanismos de financiación hipotecaria son
insuficientes. Si se buscan modelos, los hay para todos los gustos: Rusia, Cuba, Inglaterra,
Estados Unidos; ninguno funcionó muy bien. En la teoría, el capitalismo suena coherente; pero
cuando el sistema se recalienta, eventualmente colapsa. Hace setenta años el socialismo sonaba muy
coherente; pero colapsó más rápidamente aún. ¿No es hora de empezar a tratar este tipo de temas
para construir un horizonte viable para nuestro país?
El transporte es otro caso pertinente. Es un problema complejo y crítico en casi todas
partes. El llamado “neoliberalismo” empezó en Inglaterra con una ola privatizadora, que
el mundo todo aceptó bastante de buen grado, más allá de las banderías políticas. Entre las más
espectaculares privatizaciones iniciales se contaba el sistema de transporte de pasajeros, y hoy se
sabe que no anduvo muy bien. Con los años, en muchas ciudades del mundo se volvió al transporte
coordinado o directamente gestionado por los gobiernos locales; en muchos casos, con éxito, pero no
en todos (Santiago de Chile es un argumento para cualquiera a quien la idea no le gusta). A
nosotros, en la Argentina, no nos ha ido bien con nada. El transporte urbano de pasajeros está cada
vez peor; en muchas ciudades del país prácticamente ha desaparecido. En los cuatro años de gobierno
de Néstor Kirchner nada se avanzó en un tema que él mismo había levantado durante su campaña
electoral de 2003, y lo hizo –según se dijo– después de constatar con sus ojos el
espanto de un tren suburbano de Buenos Aires.
Las aerolíneas –estatales o privadas por igual–, son una pesadilla en gran parte
del planeta. Pero a nosotros nos tocó la peor parte, algo casi surrealista por lo ineficaz y lo
inservible del sistema que tenemos, con una cantidad abismal de ciudades sin cobertura razonable y
muchas simplemente sin cobertura.
Esos son sólo ejemplos de muchas cosas que no están como deberían estar. Que en otras partes
del mundo muchas cosas también están mal es un pobre consuelo. Hay un debate necesario para la
generación de un consenso dentro de límites de disensos que se moverán inevitablemente con el
tiempo y con las distintas mayorías políticas. Lo que puede variar es el disenso sobre los grados
de intervención del Estado y de regulaciones aceptables para que las cosas funcionen. El consenso
necesario es acerca de cómo hacer para darnos un Estado que funcione. Porque hoy el mercado
funciona a veces mejor, a veces peor; pero en la Argentina, el Estado no funciona.
*Sociólogo.