Según cuentan sus biógrafos, al compositor griego Iannis Xenakis se le ocurrió la siguiente idea:
“Si pensamos gráficamente una serie de líneas diferentes proyectadas sobre un espacio
(limitado o infinito), e imaginamos que esas líneas se tocan o cruzan de manera azarosa o
deliberada en distintos puntos de su trayectoria, en el cruce se produce la armonía”.
Sería interesante aplicar este criterio a una serie de asuntos:
- En su ensayo de interpretación psicológica Leonardo da Vinci, Sigmund Freud analiza al artista
del Renacimiento, diagnostica su homosexualidad y cree encontrar los motivos por los cuales
abandona buena parte de su obra pictórica antes de concluirla. El trabajo de Freud se lee como una
novela extraordinaria, un texto de vanguardia y a la vez un thriller, es otro ejemplo del modo en
que la obra de un artista supera los gustos del creador. Porque donde Freud cree encontrar un
déficit que se lee como un síntoma –la obra inacabada– un artista contemporáneo
encuentra excelencia. Un requisito del arte moderno es que el resultado debe presentarse como
deliberadamente inconcluso.
- Un amigo me contó que en una provincia mediterránea se organizan jornadas de trata de blancas.
La carne de exportación –el lomo de ochenta pesos– viaja a Europa; la segunda selección
recala en Buenos Aires, Córdoba, Rosario y el sur turístico; el resto se reparte por el norte. La
versión cruda del desfile de modelos.
- El hecho de que en la especie humana los órganos de la reproducción sean los mismos que los de
la eliminación, prueba que Dios es una entidad en proceso evolutivo. ¿No es curioso que los
celebrantes más rigurosos de ese chambón se internen en monasterios y practiquen la abstinencia,
negándose a un sexo que huele a cloaca y apostando a un casamiento virtual con esa imperfección
infinita?
- En su carta a los medios, Jorge Corsi defendió su inocencia y reivindicó su producción teórica
y se mostró alejado del peso de la letra: en un párrafo repetía tres veces la palabra
“delincuente”, para aseverar que no lo fue nunca. Como si la repetición fuera la
sentencia que se pronuncia, el castigo para un cuerpo que se hurta.
*Escritor.
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