En 1936, en pleno auge del nacionalsocialismo, se celebraron los Juegos Olímpicos de Berlín. La
historia no ha registrado un repudio universal ni parcial, ni siquiera individual al evento aunque
–como ocurre con la falsa paz firmada en Munich dos años más tarde– hoy nos inclinemos
a pensar que la actitud del resto del mundo frente a Hitler debió haber sido otra y que las
Olimpíadas fueron una ocasión perdida para manifestarlo.
Setenta años más tarde, cuando los Juegos han adquirido una dimensión abrumadora, aparece un
dilema parecido y el resultado es idéntico. El planeta está fascinado frente al televisor y no se
pierde las alternativas de un espectáculo diseñado a medida para la pantalla según la certera
intuición de Leni Riefenstahl (y de Goebbels).
Hoy como entonces, los estadistas conceden y el ciudadano anónimo vacila. Se pregunta si debe
prestarle oídos, por ejemplo, a Naomi Klein, quien nos anuncia que China no es sólo un gigantesco
campo de concentración sino que los juegos son un laboratorio para el terror totalitario del futuro
en el que las corporaciones multinacionales y el régimen de Beijing se asocian para ensayar sus
dispositivos de vigilancia. De paso, ¿por qué nuestro temor reverencial a los chinos nos hace decir
“Beijing” mientras mantenemos el “Londres”?
¿Existe la posibilidad de disentir moralmente? ¿Puede, por ejemplo, un medio periodístico no
cubrir las brazadas de Michael Phelps y hablar, en cambio, de la persecución a los disidentes? La
respuesta es evidente: no puede. Y en este entorno aséptico, ni siquiera existe ya la posibilidad
de hacer de Phelps un nuevo Jesse Owens, el hombre que derrotó simbólicamente al tirano.
Parece una extravagancia sostener que deberíamos boicotear/rechazar/ignorar los Juegos
Olímpicos por una cuestión de principios o en defensa de los derechos humanos. Somos demasiado
pequeños, los chinos nos compran soja, estamos muy lejos de lo que pasa allí. Y tampoco es para
tanto. Después de todo, China progresa y un país tan grande no puede darse el lujo de hacerlo en
libertad. Alemania progresaba también en 1936. Se comentaba entonces que todos sus habitantes
terminarían teniendo un Volkswagen.
*Escritor.
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