Como ya todos saben, a estas alturas, el mundo financiero global está desarmando todo el sistema de
“innovación financiera” que permitió, entre otras cosas, una explosión del crédito, un
aumento generalizado del valor de los activos de todo tipo, un crecimiento mundial sin precedentes
y precios récords de las commodities en general, y del petróleo y la soja –visto con ojos
argentinos– en particular.
Este “desarme”, que empezó a mediados del año pasado en el mercado de las
hipotecas de deudores de alto riesgo, se fue extendiendo, desordenada y caóticamente, hacia el
resto de los mercados, por las interconexiones globales de los instrumentos de deuda que
definieron, precisamente, esa ingeniería financiera tan “maravillosa” de los últimos
años. Lo cierto es que se subestimaron tanto los efectos como la velocidad del ajuste. Y lo que
empezó como un aterrizaje suave, terminó en pánico generalizado, que puso “en reversa”
las turbinas del crecimiento previo. Caída del precio de los activos. Paralización del mercado de
crédito. Desplome del precio de las commodities, etcétera.
Como esto es pánico generalizado del sector privado, se produce lo que Lord Keynes llamó
“la trampa de la liquidez”. Los bancos centrales bombeando fondos hacia los bancos,
compañías de seguros, fondos de inversión, etc. Y éstos, “sentándose” sobre la plata o
devolviendo los fondos a inversores que también se sientan sobre la plata o compran bonos del
Tesoro norteamericano “retornando el dinero al origen”, sin ningún efecto positivo
sobre la actividad económica o el crédito.
Dicho en otras palabras, el sector privado está paralizado, tiene pánico. Los bancos
centrales les dan liquidez a los bancos y a los inversores para que lo presten o se lo gasten y
mantengan el nivel de actividad y rompan con el miedo. Pero esa liquidez, por el contrario, vuelve
como un bumerán a los bancos centrales, sin ningún efecto sobre la economía real, porque la gente,
ante la incertidumbre, no quiere gastar y se protege atesorando liquidez. Esto acentúa los
pronósticos de recesión global e incita a nuevas ventas de activos y a otra ronda de pánico. La
solución es que “gasten” los que no tienen pánico o, mejor dicho, los que no corren
ningún riesgo si se equivocan, los gobiernos y los bancos centrales directamente. Esta será,
seguro, la próxima acción coordinada que se intente. Y de la crisis se sale con la acumulación de
estas medidas potentes que, tarde o temprano, terminarán por cortar el círculo vicioso del pánico
antes descrito.
Pero, entiéndase bien, los estados podrán romper esta inercia perversa si actúan veloz y
eficientemente, sólo porque han mantenido la reputación necesaria de defensa del sistema, como para
que la gente confíe en ellos. Si en lugar de huir a refugiarse en la liquidez, los privados
hubieran decidido refugiarse de otra manera, estaríamos ante un escenario de hiperinflación o de
hiperdepresión.
En síntesis, mirando el escenario internacional, el desplome de los activos parará, insisto,
como paraban las epidemias en la Edad Media, cuando el virus del pánico esté lo suficientemente
débil y las medidas “sanitarias” hayan tenido todo su efecto. ¿A qué valor de los
activos y cuándo?… Eso es otro precio.
¿Y la Argentina? Mientras tanto, también está frente a la reversión de la misma turbina. Se
caen los precios de nuestros productos de exportación, se devalúan las monedas de nuestros
principales socios comerciales y el ahorro de los argentinos también se “derrite”
porque, en su mayoría, está “allá”. Por lo tanto, se genera un “efecto
pobreza” muy fuerte.
Frente a ello, un dilema casi de hierro. O los salarios y el gasto público caen en dólares
–o en valor soja si lo prefiere–, o la alternativa es un desempleo y una recesión
mayor. Si hubiéramos ahorrado algo en la bonanza, otras serían las medidas posibles, pero esas no
están disponibles.
Como tampoco está disponible la “coordinación macroeconómica del Mercosur” o un
Estado capaz de actuar como los estados de los países centrales. Dado que los argentinos, dadas las
sucesivas estafas, cuando huimos, no compramos pesos ni deuda argentina, sino dólares. Y esto me
lleva al último punto.
Venimos con una inercia de expectativas inflacionarias del 20-25% anual. Administrar el tipo
de cambio, en ese contexto, no es fácil y requeriría de un plan integral que abarcara la política
fiscal, monetaria, y de “coordinación de expectativas de precios y salarios”.
Todo esto en un año electoral que acaba de empezar. No es fácil, pero tenemos los
instrumentos y estamos a tiempo. ¿Sabremos? La respuesta es más del campo de la religión o la
mística que de la técnica. Así que, por ahora, pido disculpas, pero no la tengo.