Pese a ser un oficio ahora fuertemente vituperado, muchos más de los que uno se imagina quieren ser
periodistas, sobre todo y más que nada. Una pasión por relatar, comentar e interpretar ha ganado el
corazón de los argentinos.
País en el que, afortunadamente, nunca prendió la peste de la “colegiación”
existente en otras tierras que determina que sólo puedan ejercer el oficio los graduados de las
escuelas de comunicación, la Argentina es tierra promisoria para actores, encuestadores, abogados,
directores técnicos y, sobre todo, políticos que miran con cariño al micrófono.
Al elegir formatos gana, por goleada, la compulsión de emitir sonidos por radio y TV, tareas
que los libra, creen, de tener que hilvanar palabras en una pantalla de computadora. Pero, sea cual
fuese el soporte, se advierte por estas tierras una manía obsesiva compulsiva por comentar todo, de
todo y en cualquier ocasión.
En la patria del “yo-creo-de-que”, a nadie le disgusta ponerla. Se ama colocar la
propia versión editorial de los hechos, mientras simultáneamente se aborrece de los periodistas, a
quienes, y a menudo no sin justa razón, se nos acusa de ignorantes, improvisados, superficiales e
irresponsables. El oficio ha hecho mucho por ganarse este duro juicio en este país, sin duda, pero
una gran mayoría de los denostadores más virulentos del periodismo codea a los costados para
agarrar ellos el micrófono y desembarcar con su propio programa de cable o su doméstica columna de
radio. Un poco de aire no se le niega a nadie, pero lo usan para impulsar negocios, hiperventilar
fobias, tomarse la revancha o, simplemente, desplegar manías.
Sobresalen en la envidia activa del oficio para intervenir en el ágora nacional, las actuales
autoridades. La Presidenta, por ejemplo, patentizó días atrás un elocuente caso de incontinencia
dialéctica al despacharse, enfadada, contra el Banco de España y mandarse una filípica que debe
haber provocado acidez intensa a no pocos influyentes jerarcas y cargos mayores del reino y del
gobierno socialista.
Pasó algo idéntico en diciembre, cuando, no más asumir la presidencia formal del país,
Cristina Kirchner se desequilibró por completo con los US$ 800 mil bolivarianos descubiertos en el
aeroparque. Ahí, sin investigar, ni asesorarse, ni hacer gestiones confidenciales y luego emitir un
comunicado institucional y contenedor, se despachó con una declaración pública empapada de ira que
salpicó al propio gobierno de los Estados Unidos.
La administración Bush fue paciente con ese exabrupto. Fueron sabios: esta semana se volvió a
producir el tradicional peregrinaje del latinólogo oficial de la Casa Blanca, Thomas Shannon, por
la siempre apetecible Buenos Aires. Viaje comprensible: faltan solo 68 días para que se vote en los
Estados Unidos. Después del “Election Day” del 4 de noviembre, el ganador tiene 66 días
para asumir. El 20 de enero asumen Obama o McCain y para esa fecha Shannon ya estará sentado en el
cubículo de algún think tank o disfrutando de un año sabático en alguna universidad de los EE.UU.
Su densidad política es hoy poco menos que igual a nada.
Pero cuando el Gobierno argentino salió al ruedo en diciembre para atacar al de los Estados
Unidos por conspirar contra la administración Kirchner, hizo, sencillamente, periodismo, pero del
malo. Mal informado, escasamente ducho en los laberintos del sistema de toma de decisiones de los
Estados Unidos, reaccionó victimizándose ante una perversa maquinación de la CIA para esmerilar al
progresismo argentino. Con el tiempo se calmaron y por eso Shannon se come sus baby-beefs en Buenos
Aires.
La pulsión periodística no es de fácil eliminación. No más ver en los diarios que un par de
investigadores ignotos del Banco de España decían lo que nadie ignora, al emitir el “Mapa de
la exposición internacional española”, y pese a la advertencia de que “no
necesariamente” refleja el criterio de la entidad, la Presidenta, sin plan B ni válvulas de
seguridad, se zambulló en típico escarceo de columnista.
Era un informe técnico, puntual, que mide el grado de exposición de la economía española
respecto de 132 países y la cruza con el nivel de riesgo de cada uno, que se conoce y calcula a
escala global. La Argentina es citada como uno más de esos países, “pero en ningún momento se
opina sobre su economía”, explicaron los españoles, azorados y divertidos.
La Presidenta editorializó, enojada, mandando a los españoles a freír patatas, sin advertir
que lo que se escribió en Madrid era conocido por todos. Les dijo que se dediquen a pronosticar más
sobre las cosas de ellos que las de los demás. “La réplica parece surrealista. No se entiende
que un presidente responda a un informe técnico que plantea riesgos y oportunidades de
inversión”, murmuró Carlos Malamud, del Real Instituto Elcano. “Pero, además de eso, lo
que llama la atención es que la Presidenta cuestiona la capacidad analítica de una entidad
respetada y se queda en eso, sin responder a los argumentos que allí se exponen”.
Claro, la Argentina no está “por entrar” en default, como a menudo fantasean
divagadores varios en, o desde, los medios. Nunca salió del default, básicamente porque no pudo
resolver el contencioso con los países del Club de París y con los tenedores de bonos que no
aceptaron el canje piloteado por Roberto Lavagna en 2005.
El default continúa y, como los embarazos, es o no es: en tanto la Argentina no honre o
refinancie consensuadamente sus deudas, el país sigue en estatus delictivo. Por esa razón, y en
vista de que el Estado argentino miente sobre cifras clave de la economía y el país padece una
inflación no calamitosa, pero sí innegable y perjudicial, no tiene acceso a los mercados de crédito
voluntario, que son los que prestan porque tienen, quieren y saben que van a recuperar sus
operaciones con rentabilidad positiva. Eso dijeron los economistas del Banco de España.
La Argentina podría haber hecho varias cosas, salvo enojarse y despotricar. Podría haber
hecho silencio en el corto plazo y la semana que viene responder, pero tranquilamente y desde la
jefatura de Gabinete, o desde un ministerio, preservando investidura y compromisos de una jefa de
Estado. Podría haber suscitado una convocatoria periodística profesional y comentar la razón de la
penuria crediticia argentina, divulgando planes concretos para salir de ella. Primó el periodismo
irascible y el dedo levantado.
No hay nada qué hacerle, nos critican todo el tiempo, pero en el fondo todos, hasta la
Presidenta, se mueren por ejercer el periodismo en la Argentina. Si supieran la miseria que se
gana.