Su respiración se hace cada vez más fuerte. Los ojos parecen querer salir de sus órbitas y su
boca se abre al máximo en un intento desesperado por meter algo de oxígeno en su humanidad.
Mientras se pasa una y otra vez la mano por la frente, alguien que viaja a su lado le pregunta qué
le sucede y aquel pasajero de la línea D del subterráneo de Buenos Aires alcanza a balbucear:
“Es un ataque de pánico”.
La escena es real: sucedió un lunes a la noche dentro de una formación que se había quedado
detenida un rato largo entre las estaciones Callao y Tribunales sin razón aparente. Finalmente,
hubo que llamar a un médico y el personal de Metrovías informó que aquel tren ya no seguiría su
camino.
Formaciones que súbitamente se detienen en la mitad del túnel, aglomeración excesiva de
pasajeros en espacios reducidos, ausencia de un “mundo exterior” donde poder escapar
con la mirada. Por sus características, el subte es un medio de transporte que favorece la
aparición de ataques de pánico en personas propensas a experimentar sensaciones de extrema
angustia.
“El subte gatilla ansiedades de tipo claustrofóbico como también los ascensores, la
sala de un cine o de un teatro”, explica Ricardo Rubinstein, psicoanalista y miembro titular
de la
Asociación Psicoanalítica Argentina
(APA). “El fóbico lo trata de evitar o viaja con un acompañante que lo ayude a
tolerarlo”, asegura.
Los ataques de pánico aparecen de manera brusca e intempestiva y se evidencian a través de
palpitaciones, falta de aire y sensación de estar cerca de la muerte o enloqueciendo. “En
general, las personas que sufren este tipo de problemas requieren que los socorran. No pueden
resolver la situación por sí mismos”, dice Rubinstein.
“¡Me voy a morir, me muero…!”, gritaba el muchacho que viajaba en aquel subte de la línea D. Estaba solo, pero una joven pareja salió a su auxilio: media pastilla de Rivotril, un poco de agua y algunas palabras tranquilizadoras ayudaron a conformar lo que Rubinstein define como una necesaria “red de contención”.
“La primera vez que tuve un ataque de pánico fue en el subte”, recuerda Daniel, un publicitario de 35 años que pasó por una situación parecida. “Me vino de un momento para el otro, el corazón me empezó a latir a mil y sentía que no podía controlarlo, no podía tranquilizarme, no entendía bien lo que me estaba pasando”, cuenta.
Daniel reconoce que “un par de veces” la desesperación lo llevó a bajarse antes de
tiempo y al final decidió directamente
empezar a evitar los viajes en subterráneo: “Para ir al trabajo me tomaba un
tren y un colectivo, tenía miedo que me volviera a pasar lo mismo”.
Protección, compañía, medicación. “Si sabés que el subte le gatilla
situaciones de ese tipo conviene evitarlo o que vaya acompañado o lleve un medicamento que lo haga
sentir tranquilo. Claro, siempre indicado por un profesional”, aclara Rubinstein.
En la medida de lo posible, otras opciones pasan por conectarlo con algún familiar o
acercarlo hasta donde se encuentre alguien conocido, “al menos hasta que afloje el nivel de
angustia”, explica el psicoanalista. Y no contagiarse de ese estado, no caer preso de la
desesperación, lo que podría potenciarle la sensación de pánico y hacerle aún más difícil ese
momento.
(*) editor de
Perfil.com
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