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Caer y trepar en cama(ra)

Un formato de programa que licua la diferencia de formatos pone en cuestión la moral media. Se trata de “Bailando por un sueño”. A su estructura, que conjuga el concurso de talentos, el gran show de pretendidas relumbrancias internacionales, el reality de jurados y el clásico programa de chismes psicopáticos de la tarde, se la somete a la pregunta acerca de los medios y los fines y se la analiza para discriminar si se propone como modelo de erotismo permisible o de show pornográfico apto para todo público.

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Por Daniel Guebel | 07.09.2008 | 01:38

Un formato de programa que licua la diferencia de formatos pone en cuestión la moral media. Se trata de “Bailando por un sueño”. A su estructura, que conjuga el concurso de talentos, el gran show de pretendidas relumbrancias internacionales, el reality de jurados y el clásico programa de chismes psicopáticos de la tarde, se la somete a la pregunta acerca de los medios y los fines y se la analiza para discriminar si se propone como modelo de erotismo permisible o de show pornográfico apto para todo público.
La pregunta acerca de los medios y los fines no paraliza a los hombres de acción que constituyen la esencia de la producción televisiva. En la tele, el resultado santifica los medios, porque la TV asume como verdad revelada que el fin de toda práctica es el  triunfo (el dinero, el éxito, la primacía). El rating, que es el imán principal (no el único) que captura a los anunciantes, en el fondo propicia una lógica de inclusiones y exclusiones que valora el número 1. Tinelli es el número 1 de la TV porque su programa es el que más mide.
Naturalmente, a un programa que mide y entretiene no se le pide que ofrezca cultura sino entretenimiento. Lo paradojal del asunto es que este programa triunfante no se propone como un programa de entretenimientos, sino como un programa cultural. Claro que no es parecido a aquellos que celebran las prácticas culturales en un sentido restringido, sino que se presenta como un vehículo de difusión de formas de ser y de hacer en el mundo contemporáneo. Eso es lo que es: un programa cultural moderno que recoge algunas lecciones formales del arte pornográfico: la exacerbación del primer plano, en este caso la zona glútea de las participantes, la reiteración mecánica del procedimiento, la evidencia de lo esforzado y gimnástico de los acoples. Como en los films del género, en “Bailando...” y sus sucedáneos el goce es sobre todo simulación y riesgo (de sida en un caso, de tropezones y moretones en el otro). Así como nuestros padres iban al cine para aprender cómo se besaba, nuestros hijos aprenden hoy en la TV cómo se piensa y se practica la sexualidad, cuando se la piensa como objeto degradado.
*Escritor y periodista

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