““Nuestras palabras sólo expresan hechos; del mismo modo que una taza de té sólo
podrá contener el volumen de agua propio de una taza de té por más que se vierta un litro en
ella.”
Ludwig Wittgenstein
(1889-1951)
La ley jamás escrita dice que deben gesticular, gritar siempre y atormentar con todo tipo de
indicaciones a once muchachos que apenas los escuchan mientras se mueven en un plano indescifrable
para semejante perspectiva. No importa. Los tranquilos, los sentados, los mudos, serán fatalmente
criticados; acusados de apáticos, de tener nula predisposición al trabajo o carecer de recursos
intelectuales. Hay que protestar cada fallo adverso y coincidir con los que sean a favor.
Indignarse con destreza corporal si el equipo no concreta la estrategia planeada; asentir con
serenidad cuando el resultado sea positivo, minimizar cualquier golpe de suerte y, en lo posible,
no festejar los goles. Un verdadero conductor debe mostrarse alejado de esas debilidades
minúsculas. Lo suyo es el liderazgo, la búsqueda de la verdad; la trascendencia. Que para eso están
y cobran premio doble. O triple.
El lenguaje argentino suele perderse en curiosos laberintos que podrían aterrar a Borges y,
al mismo tiempo, matarlo de risa. La corruptela fue rebautizada por los políticos –tan
preocupados por la cuestión estética– como “desprolijidades”. La compra de
voluntades pasó a ser una “búsqueda de consenso” y la demagogia, “cumplir con la
demanda de la gente”. En economía, las catástrofes, la eterna marginalidad de unos y la
bonanza de otros nunca es culpa de nadie sino resultado de “la reacción de los
mercados”. En televisión, se sabe, el montaje de conflictos falsos, los negocios personales y
el abuso del mal gusto son justificados porque “todo sirve para alimentar el show”. Y
bueh.
OK, se ve que, después de un largo proceso, por fin el fútbol ha alcanzado las sagradas
alturas del autoconocimiento. Sólo así se explica que sus protagonistas estén tan pendientes de un
tema tan farragoso como el de la conciencia (del latín cum scientia; “con
conocimiento”). “Sí, somos con-scientes de...”, repiten todos al referirse a
cualquier tema: el potencial de un rival, las chances de campeonar, el fantasma del descenso, la
falta de caja del club o el último apriete de la barra.
Otro detalle es la tercerización del sujeto. “Todos acá saben muy bien quién es
Maradona”, dice... Maradona. La sofisticación de los tiempos fue puliendo el estilo y hoy,
con Miguel Russo a la cabeza, ya se personaliza pontificando: “Yo digo que...”; y
después, lo que sea. Hasta la inescrutable “cosa-en-sí” kantiana sobrevuela el ambiente
cada vez que un futbolista confiesa querer “hacer bien las cosas” para pelear por
“cosas importantes”. Eso sí, la paz interior
jamás se negocia. “No, tranquilo...”, antepondrá todo iniciado a la pregunta
incómoda. Om.
Hay técnicos apasionados como Simeone, dogmáticos como Bielsa, descontracturados como Ischia,
didácticos como Tocalli y teatrales como Caruso Lombardi, un Isidorito de inflamada verba,
hipnótica atracción por los medios, importante autoestima y una extraña habilidad para descubrir
talentos en el Ascenso y pelearse con las figuritas de Primera. También está Claudio Borghi,
multicampeón con Colo Colo; un tipo que rompe con todos los moldes, igual que en su época de
jugador.
Creo que Borghi ha sido, potencialmente, el más grande jugador argentino aparecido después de
Maradona. Lo seguí –como en su momento a Zappa, a Abelardo Castillo o a Werner Herzog–,
cuando jugaba en el Argentinos Juniors del ’84 y el ’85: era un espectáculo. Dejó así
de chiquito a Platini en la final de la Intercontinental contra la Juventus, lo compró el Milán y,
en su mejor momento, lo quebró la mala suerte. Los holandeses Van Basten, Reijkaard y Gullit habían
completado el cupo de extranjeros y se quedó sin lugar. Fue cedido, se relajó. Quizá se deprimió un
poco, o lo conformó ese destino de privilegio, vaya a saber. La cosa es que, de ahí en más, sólo
entregó destellos de su talento mientras firmaba buenos contratos, crecía personalmente y formaba
una familia hermosa. Una actitud difícil de comprender para el voraz ambiente futbolero, que no
acostumbra a perdonar esas agachadas.
“Me preocupa que Independiente juegue tan mal, sí; pero más preocupado estaba cuando no
tenía para comer”, dijo, frente a una ansiosa nube de cronistas que presentía su alejamiento.
“No quiero ser una molestia ni estoy atornillado. Si mañana siento que no tengo más nada que
dar o me piden la renuncia, me voy, sin problemas”, agregó, triste pero sereno. En el país de
los que amagan inmolarse por las causas para después quedarse con la parte del león, Borghi enamora
primero y más tarde desconcierta. ¿Le falta carácter, mística ganadora? ¿O simplemente regresó como
un extranjero no familiarizado con las verdades reveladas en el antiguo Manual Argentino de los
Vendedores de Humo?
Nunca encontró el equipo, es cierto. La llegada de jugadores despertó una expectativa que
jamás fue satisfecha y la actitud en la cancha fue endeble, demasiado tibia. La misma historia que
devoró a Burruchaga y a Troglio, sus antecesores. Es lamentable, pero intuyo que su suerte en este
medio ya está echada. No se trata sólo de un tipo honesto y capaz al que, por ahora, le va de
regular para abajo. No, acá el problema es otro.
Borghi no promete milagros. No saca agua de las piedras, no habla de ninguna “pesada
herencia”, no sanatea; ignora los códigos secretos del oficio y encima se niega a hacer un
culto de la metáfora, que como todo el mundo sabe es, literalmente, decir una cosa por otra.
Qué quieren, con tipos así.
Ingrese su usuario y contraseña para dejar un comentario. Si no está registrado haga clic aquí para crear un usuario.