Esta semana se agudizó la crisis financiera en Estados Unidos, mientras se profundizaba la revuelta
populista en la Cámara de Representantes, arrastrada por el rechazo masivo de la opinión pública al
plan de salvataje financiero presentado por el gobierno del presidente George W. Bush. El plan de
salvataje tenía tres páginas cuando fue lanzado por el secretario del Tesoro, Henry Paulson, y el
presidente de la Reserva Federal, Ben S. Bernanke. Tras ser aprobado el miércoles por el Senado (74
a 25) tiene más de 400 páginas.
La diferencia responde a satisfacer el rechazo de la opinión pública (el 90% de los
norteamericanos “desconfía” de Wall Street; era sólo el 50% en 2000). También el de
“vestir” el paquete de rescate con un aumento de la garantía de depósitos, que pasan de
US$ 100 mil a US$ 250 mil, y un recorte de impuestos de US$ 150 billones, destinado sobre todo a
contener al segmento conservador republicano de la revuelta populista.
Un tercio de los ciudadanos no paga impuestos federales, y casi el 40% de los ingresos
tributarios de la Unión los abona el 1% de los contribuyentes que están en el pico de la pirámide.
Mientras son 13 millones los norteamericanos que dejaron de pagar el impuesto federal sobre los
ingresos (income tax) desde 2000, el porcentaje del PBI que cobra Washington es igual al promedio
de los últimos 40 años (17,9% vs. 18,3%).
En los EE.UU. está siempre pendiente una revuelta populista, que suele irrumpir en momentos
de crisis política. Es la rebelión del ciudadano común contra los grandes poderes, que está
inscripta en el núcleo de la cultura cívica estadounidense. En ella el poder político se constituyó
desde abajo, y tuvo un contenido inmediatamente democrático. Lo advirtió Domingo Faustino Sarmiento
en 1847: “La democracia local norteamericana es una cosa loca, anárquica, pero llena de
vida”.
La crisis financiera se agravó cuando los bancos dejaron de prestarse entre sí, y se volcaron
a los títulos del Tesoro. Se produjo una crisis de confianza en gran escala, de carácter global.
Ben S. Bernanke identificó en 1983 la causa fundamental de la depresión de la década del 30 en lo
que denominó “desaparición del capital informacional”: los conocimientos acumulados por
los funcionarios de los bancos que desaparecieron entre 1930 y 1932 (más de 4.200). Ese
conocimiento es el que hacía prestar, según el cliente fuera confiable o no. Entonces el crédito
desapareció y la economía entró en colapso (el consumo y la inversión cayeron más del 80% en 1932).
Es lo que sucede ahora, tras la caída de Bear Stearns y la toma de AIG por la Reserva
Federal: los bancos no saben cuál es la verdadera situación patrimonial de las otras entidades
financieras.
La importancia del plan de salvataje no es por eso económica, sino política: se trata de
restablecer la confianza, disminuyendo la percepción de riesgo. Los US$ 700 billones previstos por
el plan son menos de las cincuentava parte del mercado financiero norteamericano (US$ 52 trillones
en 2007), y no alcanzan al 6% del PBI.
Sobre la base de esta caracterización de la crisis, la Reserva Federal actúa ahora como
prestamista de primera instancia. Cumple en este momento el papel que los bancos asumen en tiempos
normales: inyectar liquidez día a día en el sistema financiero. El año que terminó en junio de 2008
mostró que la economía de EE.UU. había crecido el 2,1% (de junio de 2007 a junio de 2008), y que el
incremento del producto ha sido del 3,1%, si se excluye la industria de la construcción y el
negocio inmobiliario. Mientras tanto, la crisis financiera cumplió un año desde que se inició la
actual fase de agudización (agosto de 2007).
El nivel de actividad económica de EE.UU., cuando experimenta la mayor crisis financiera
desde el 30, es arrastrado por los cambios estructurales de los últimos veinte años, y la
contracción financiera no logra revertirlos. Esos cambios estructurales se revelan, ante todo, en
el extraordinario aumento de la productividad, que en los primeros seis meses de 2008 ha aumentado
el 3,3% anual, por encima del producto.
Esta semana, Warren Buffett invirtió US$ 3 billones en General Electric (GE), la principal
empresa industrial de EE.UU. y también la mayor entidad financiera no bancaria; hace diez días
compró US$ 5 billones en acciones de Goldman Sachs. Ni GE ni Goldman Sachs requieren capitales,
pero sí un aporte de confianza. Warren Buffett –álter ego de Bill Gates– apuesta a la
fuerza de la economía norteamericana y a la resolución de la crisis financiera. Buffett es hasta
ahora el inversionista más exitoso de la historia de EE.UU.