Desde mediados de los sesenta, el cultivo de la soja se expande, pero a partir del ’94,
con la autorización del cultivo de soja
transgénica, fue sustituyendo progresivamente a otros cultivos. En 2003 se
sembraron casi 13 millones de hectáreas de soja. Más del 95% era transgénica. Se produjeron
alrededor de 37 millones de toneladas por un valor de casi 7 mil millones de dólares. De la
producción de granos, la soja ocupaba más de la mitad del total, que fue de 70 millones de
toneladas. Su precio subía y la hacía cada vez más atractiva. A fines de 2007 y principios de este
año, pasó de cotizarse a US$ 400 la tonelada a US$ 600, hasta que la crisis financiera actual de
Estados Unidos la ha llevado nuevamente por debajo de los US$ 400.
La semilla de la discordia. La patente de la soja transgénica, con agregados de
genes que resisten al herbicida Round-Up, es propiedad del semillero multinacional Monsanto. No se
la puede guardar de cosecha a cosecha. Hay que comprar las semillas para cada siembra.
Walter Pengue, ingeniero agrónomo con especialización en Mejoramiento Genético Vegetal de la
Universidad de Buenos Aires, explica que de esta forma “se perdió la orientación. Debemos
autocriticarnos por no haber dicho nada durante los años 90 sobre los impactos de la agricultura
sojera”.
La crítica generalizada sobre el cultivo de soja RR es su sistema de cultivo y la poca
conocida acción del monocultivo continuado de soja
sobre la fertilidad y la estructura de los suelos.
Para el ingeniero Manuel Agustín de Dios, de la Universidad Nacional de Mar del Plata, “de por sí cualquier monocultivo no es bueno, pero de eso hay que culpar a la economía y no a la soja, que no permite que otros cultivos como el maíz sean tan rentables”.
Miguel Calvo, vicepresidente de Acsoja (Asociación de la Cadena de la Soja Argentina), integrante del sector de la producción y representante de CRA, coincide: “Los cultivos no tienen nada de malo en sí mismo. El monocultivo es una práctica desaconsejable, pero es producido por políticas inadecuadas que conducen a que haya una sobreapreciación de unos con respecto a otros”.
Walter Pengue agrega que “es un buen negocio para Monsanto aprovechar la semilla de soja RR, asociado a un herbicida, porque hay una demanda creciente, y esa demanda se puede ver en los números de los agricultores que, prácticamente en diez años, se pasaron ciento por ciento a la soja transgénica”.
Juan Carlos Figueredo, director de Incupo (Instituto de Cultura Popular de Santa Fe), dice que “apostar a que Argentina, con su gran territorio agrícola, piense sólo en soja es una locura, más allá de sus bondades económicas. Lugares como Chaco, norte de Santa Fe, Santiago de Estero son zonas de bosques, y desmontarlos para un monocultivo es una irracionalidad. La soja tiende a consumir determinados nutrientes, fundamentalmente agua. A esos suelos que están preparados para monte, le sacás los nutrientes, el agua que hay debajo de la tierra, la estructura del suelo, más agroquímicos, y matás la vida de suelo: bacterias, hongos... de eso depende la agricultura. Perder el recurso del suelo es condenarse económicamente”.
Pengue agrega que “cuando uno maneja un monocultivo como la soja, que es altamente extractiva de nutrientes en un sistema sin rotación, produce agotamiento del suelo”.
Mito o realidad, también se asegura que el alto costo de la maquinaria para siembra directa obliga a concentrar la producción en grandes extensiones. De Dios lo contradice: “No necesariamente. La maquinaria que se utiliza para soja puede ser la misma que se utiliza para maíz, no es exclusiva”. Calvo agrega que “las ventajas de la siembra directa no surgen de un problema de costos, sino de que generan un gran aumento en la eficiencia del agua disponible en el suelo”.
Para Figueredo, en cambio, la siembra directa “obliga a trabajar en grandes extensiones, porque aplicando este paquete tecnológico, la renta que da por hectárea es más pequeña. Empieza a ser rentable cuando empieza a tener mayor cantidad de hectáreas de cultivo”.
Glifosato, el quid de la cuestión. La soja RR tiene una gran ventaja, y es su resistencia al herbicida Round-Up (glifosato). Su uso fue autorizado en marzo de 1996 por la Resolución 167 de la SAGPyA a pedido de Nydera, que poseía la licencia de Monsanto. Puede crecer bajo su pulverización y puede ser implantada mediante sistema de siembra directa: no se rotura el suelo, sino que sobre los rastrojos del cultivo anterior, previa aplicación del herbicida, se siembra mediante un equipo de alta potencia. Luego se aplica Round-Up, mediante fumigaciones aéreas o con equipos especiales.
Las ventajas son claras, explica Pengue: “Los costos de control de malezas bajaron un 40% gracias al uso del glifosato. Pero al enfrentar una caída de los precios internacionales de la soja y el aumento de todos los insumos del sector agropecuario, que son insumos en dólares, puede leerse como una presión de las compañías para apropiarse de la renta que pasa de los productores a las compañías. El precio del glifosato aumentó tres veces desde principio de año hasta ahora y seguirá aumentando en dólares”.
El glifosato no es santo de devoción para la Organización Mundial de la Salud, que la encuadra en la máxima categoría entre las sustancias irritantes y tóxicas para el ser humano, siendo capaz de romper la cadena de ADN de una célula humana. Más del 75% de las cosechas genéticamente modificadas están diseñadas para tolerar el Round-Up, que no es ciento por ciento biodegradable.
Por esa razón fue que la Cámara Penal de Mercedes prohibió la fumigación en campos lindantes al casco de la localidad de Alberti. Además, en 2006, un estudio financiado por el Ministerio de Salud de la Nación, y realizado por el Centro de Investigaciones en Biodiversidad y Ambiente (Ecosur) del Hospital Italiano Garibaldi, la UNR, el INTA, el Colegio de Ingenieros Agrónomos y la Federación Agraria Argentina, halló vinculaciones entre casos de cáncer y malformaciones infantiles con la exposición a contaminantes ambientales.
La soja posee un alto contenido de fitoestrógenos (isoflavonas), que equivale a consumir dos pastillas anticonceptivas por día, graves alteraciones en la sexualidad de los jóvenes, adelantando el inicio de la menstruación y produce rasgos feminoides en los niños. Afecta el metabolismo del calcio y la vitamina D, produciendo raquitismo en niños y osteoporosis en adultos. También grave deficiencia de zinc.
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