Hace un tiempo me picó este bicho llamado “silencio ruidoso”. La comunidad nacional se
pone de acuerdo con frecuencia en lo que hay que callar. Sabemos que la actualidad implica una
estrategia acerca de lo que hay que hablar. La directiva de lo que es lícito decir no nace de un
Gran Hermano ni de un Gran Ojo. La opinión pública es una organización pagana y no pertenece al
cielo monoteísta de un dios celoso y exclusivo. Es una caja de resonancia en la que intervienen los
medios masivos de comunicación, el poder político y la dirigencia de la sociedad civil, esta última
incluye a pastores religiosos, líderes de movimientos sociales, ídolos populares, etcétera.
Así como la ciudadanía multiplica el efecto sonoro del rumor y la noticia, también se pone de
acuerdo en lo que no hay que hablar y en los nombres que está prohibido mencionar.
Me picó el tábano socrático acerca del señor Grosso y me dispuse a preguntar: ¿por qué nadie
lo nombra a pesar de que escuché que es un referente consultado por dirigentes políticos e
interviene como agente de negocios de proyectos de inversión provenientes de horizontes varios,
entre China, Brasil y la Iglesia nacional? Lo consultan y jamás lo confiesan.
¿Por qué lo consultan? ¿ Qué obliga a un hombre suelto –para no decir libre– a
perder su identidad pública? Viejas e intrincadas reflexiones han ofrecido los filósofos acerca de
la relación entre nombre y cuerpo, ya sea en la locura, en los insepultos, en los desaparecidos.
Interesado en el tema, decidí establecer algún contacto que me permita tener una conversación
con el criminal de la Escuela Shopping, a quien cada tanto le reabren los juicios que le hacen
sangrar metódicamente su pasado.
Conseguí la entrevista. Fui motivado por este impulso del silencio y de algo más. Me refiero
a la supuesta pureza de nuestra sociedad en términos morales, a su intransigencia puritana, la
rigidez frente a la delincuencia, de su resolución nacida de un contrato moral con cláusulas
inmodificables. Una sociedad de jerarcas mosaicos que rugen con las tablas de la ley luego de haber
apostado por el movimiento nacional de Massera, la plata dulce de Menem, la bonhomía conciliadora
de Duhalde y los políticos de la Santa (K) rocce que hace unos años nos gobiernan. Dogville.
Hablamos. Mejor dicho lo escuché. Comentó la actualidad a gran velocidad y vivacidad. Enumeró
los temas que recuerdo. Los pulpos bancarios se comerán a los fondos de inversión y cumplirán su
deseo de tragarse algo que hace rato los molesta. Gane Obama o McCain, los EE.UU. probablemente
necesitarán una guerra más para salir de un proceso recesivo. De las últimas presidencias, casi
siempre fueron los demócratas, me informó, los más belicosos.
Comparó las conductas del empresariado brasileño con el argentino. Recordó que en la época de
la privatización triunfó en la UIA el grupo de empresarios que impuso la estrategia de ser
accionistas minoritarios de la compra de empresas públicas, esperar la capitalización del socio
mayoritario y luego vender y hacerse del dinero girándolo al exterior. Perdió el grupo que quería
apostar a más compromiso.
En Brasil los industriales cuando venden recompran para otros negocios. Convienen con el
Estado las formas de financiamiento para crecer como corporaciones. Me dice Grosso: “En
nuestro país no hay industriales, hay comerciantes”.
Hizo una recorrida rápida por los protagonistas de la política actual y de cómo se mueve el
tablero de las agrupaciones en vísperas de próximas elecciones. Usaba apodos de gente que no
conozco ya que no pertenezco al ambiente, al tiempo que me decía: “Mirá, gordo...”. (No
soy gordo, pero puede ser un modismo de La Biela, a cuyos comensales tampoco frecuento.)
Le reconoce buen olfato a Kirchner, especialmente por la recomposición del PJ, ya que
“con la transversalidad se iba a la m...”. Me habló bien de Scioli, por lo que deduje
que trabaja para él.
Le pregunté por su desgracia. Respondió lo que la calle dice, que lo hundió Menem por querer
competir con él, no me dijo nada de los vueltos no distribuidos de los que también se habla en la
calle. Quise saber por qué no se defiende, ya que ser una víctima de Menem es una virtud. Me dijo
que cada vez que habla le reabren los juicios. Agregó que la última vez que intervino en la vida
pública le fue horrible. Nombrado en un puesto estelar por Rodríguez Saá –personaje de García
Márquez según su actual parecer–, la “provocación” de una cronista le hizo
responder que si estaba en los pasillos de la Casa Rosada era porque lo llamaron por su
inteligencia y no por su prontuario, en lugar de decir currículum.
Me contó lo de la escuela shopping, del voto favorable a la adjudicación del Concejo
Deliberante, de las ambiciones de Ibarra y La Porta para crecer públicamente, de ciertas camas que
le tendieron, del juicio –previo a su administración– de los concesionarios de la feria
que estaba en frente de la escuela.
Me habló del dolor que le infligen quienes hoy reconocen que Puerto Madero es la única obra
urbana de magnitud en años en la Ciudad de Buenos Aires, silenciando su nombre y la iniciativa que
le dio nacimiento. Recordó que tuvo que llevar de los pelos a los de ArteBA que hoy disfrutan de su
fama sin mencionarlo nunca.
Cree que el kirchnerismo puede ganar la primera minoría en las legislativas, luego los
radicales, y se rio –se rio muchas veces– de la recomposición del bipartidismo en la
Argentina.
Hay dos tipos de políticos –opinó–: el que grita como un desaforado al estilo del
caudillo de montoneras, y el que no muestra nada, quien no dice nada, el “apolítico”
amable que saluda a todos. Este personaje neutro lo ve en Cobos, Reutemann, un poco en Binner, no
agregó a Scioli.
Subrayó que “esta” política no le interesa más. El justicialismo –siguió
cuando yo ya estaba en el ascensor– es para él un carro lleno de símbolos vacíos a los que se
trepa cualquiera para arriar gente.
Ya en la calle pensé que a Grosso lo acompañaba una sombra trágica. A este licenciado en
literatura, esperanza de la Renovación peronista, intelectual de la política, algo le salió mal. No
es que viva en la miseria y que sea una víctima de la injusticia. Es una víctima propiciatoria, lo
que se llama “chivo emisario”, un ser que purga al resto de la sociedad y le permite
direccionar su odio y dormir bien. Sin embargo, me dijo que su situación le había aportado cosas
valiosas desde el punto de vista humano. Una relación querida con la vida. No se considera un
animal político –señaló–, como Menem, que lo es en un 99%, a quien sólo le importa la
política a costa de cualquier precio.
No tuvo el destino de Manzano y Nosiglia, esos “inteligentes” de la política que
se mueven en las sombras, que siempre están cerca del poder, que los buscan para armar operaciones,
lobbistas de alto nivel y que es mejor tenerlos del propio lado de la trinchera y no enfrente.
Grosso fue más torpe. “No tomo agua bendita”, me aclaró, no hizo falta que lo hiciera,
no esperaba eso de él, quería saber la causa por la que su estampa maldita le permite beberla a
tantos otros.
*Filósofo.