Leo a Castoriadis. Interpreta la historia del totalitarismo comunista, desde su nacimiento
socialista –o sea, proyecto de todos, participación de todos–, pasando por la eclosión
del partido bolchevique, hasta su consolidación como “estratocracia”, es decir, como
sociedad de clases, con férreo dominio de una de ellas –la burocracia– sobre las demás.
Interpreta también las “significaciones” más profundas que alentaron el proceso,
su entroncamiento con los valores del capitalismo burgués: racionalidad, progreso, de los que
implícitamente aspira a ser culminación.
Pienso en ese gran delirio centrado en la construcción de la primera religión laica de la
historia, religión sin Dios, delirio legitimado e iluminado por la voz pretendidamente infalible
del Partido. Pienso en la evolución de esa cada vez más degenerada racionalidad, en su largo y
sangriento camino desde el Palacio de Invierno al Gulag. Pienso también en su fracaso –que no
fue derrota lograda por otro, que fue fracaso propio y disolución–, en todas partes,
incorporando más rápido o más lentamente las reglas de juego del “enemigo” histórico,
incluso las peores.
Y pienso, finalmente, que esta penosa evolución –que destiñó, además, las mejores
ensoñaciones colectivas de un mundo mejor– nace, ante todo, de un error: creer que se puede
construir una religión desde la racionalidad. Contrariamente, una religión es un edificio
institucional cuyo cimiento indispensable es un pensamiento mágico y dogmático. El plantear un
dogmatismo racional –como lo intentó el régimen comunista– es, ante todo, una
contradicción en los términos, y después, un producto cultural destinado a una rápida degradación
en extrema irracionalidad y en lo grotesco. Un dogma mágico, por el contrario, es siempre
irracional, de intensa vitalidad, y nada grotesco.
Y si se requiriera alguna evidencia científica de lo afirmado, observemos el largo
experimento histórico –veinte siglos– realizado por la Iglesia Católica, con éxito
incuestionable como institución.
Lo pensable, lo entendible, lo sometido a análisis o puesto a prueba, es todo y siempre
discutible, cambiante, evolutivo. En su mejor versión nos hace humildes frente a la realidad; en la
peor, nos forma para el escepticismo. Lo no entendible, lo desconocido, no es discutible, ni
cambiante, ni evolutivo, ni se prueba. Es inamovible y permanente. Se acepta o se rechaza. Pero si
se acepta tiene una fuerza que no se corrompe. Para bien o para mal, su diálogo es con el
inconsciente del ser humano, no con su racionalidad.
En estos días se escuchan críticas al nuevo Papa, bastante menos glamoroso él que su
antecesor, por cierto. Pero las críticas no proceden de esto. Aparecen por su intransigencia frente
a temas de frecuente controversia: el celibato sacerdotal, el rol social de la mujer, la
homosexualidad; o las desviaciones racionalistas de algunos teólogos; o la reimposición del latín,
que casi nadie entiende hoy, como idioma litúrgico privilegiado. Y las críticas vienen tanto de
ateos y agnósticos como, quizá más, de creyentes convencidos de que su fe debe ser compatibilizada
con el conocimiento y la cultura de esta altura de los tiempos humanos.
Digo –y lo hago con sincero respeto por ellos– que estos últimos están
equivocados. Ratzinger tiene razón. El arcano debe ser preservado. La fuerza está en el misterio y
en la inmutabilidad de los principios. Estos sostienen, no al espíritu religioso, que es otra cosa,
sino a la institución Iglesia, en su viejo rol disciplinador de la condición humana. “Todo es
cuestión de fe, no de sabiduría (…). La Iglesia Católica nunca explica nada y sigue siendo la
fuerza más poderosa del mundo. La Iglesia Protestante intenta explicarlo todo y está
desmoronándose”, dice Axel Munthe en La historia de San Michele.
Ratzinger sabe que la apertura a las brisas críticas de los tiempos modernos, a las dudas que
ellas diseminan como un polen satánico, a los desconciertos y anomias culturales de esto que ha
dado en llamarse la posmodernidad, licuaría progresivamente las certezas y dogmas divinos que
sirven de sostén al vetusto edificio de la Iglesia, al relajar los lazos inconscientes que la ligan
a sus feligreses. Percibe, con horror, que la propensión a intuiciones religiosas de muchas
personas pasaría a ser un atributo individual más, como la vocación estética o el servicio social.
En definitiva, prevé el riesgo cierto de una progresiva desinstitucionalización de la religiosidad.
Para evitarlo hay que amarrarse a las consignas sagradas, sean morales o teológicas. Ellas
han probado largamente su eficacia, aunque los réprobos las tilden de conservadoras. Al fin y al
cabo, la Iglesia siempre amparó al orden establecido en la sociedad, aunque lo sermoneara. Hubo
incluso épocas en que lo encabezó cuando, olvidando que su reino no era de este mundo, guerreaba
con reyes y emperadores. Y siempre tuvo tolerancia muy limitada para las desviaciones libertarias,
fueran ellas endógenas o exógenas.
Si los grandes líderes del partido bolchevique ruso hubieran entendido estas cosas, habrían
sabido a tiempo que su causa estaba perdida desde el comienzo, porque habían empezado bajo una
premisa equivocada: que era viable una religión laica racionalmente sustentada. Imposibilidad que
cualquier obispo inteligente les hubiera explicado, si le hubieran preguntado.
*Ex ministro de Salud y Acción Social, y ex diputado.
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