La crisis económica global está ya instalada en el país, contrariamente al pronóstico que había
hecho el gobierno hace sólo un mes atrás. Los despidos y las suspensiones de trabajadores son un
hecho; la recesión, un fantasma tan conocido por los argentinos, otra vez se materializó; los
dueños del dinero, frente a este panorama, se cubren y se salvan, como siempre, enviando sus
capitales a sitios más seguros y el dólar, como suele ocurrir en estas situaciones en el país, se
convierte una vez más en refugio con el consiguiente freno a cualquier posibilidad de utilizarlo
con fines productivos.
Pero como la administración del matrimonio Kirchner no había contado con que eso ocurriera,
confiada en un supuesto “blindaje” gracias al sostenido crecimiento económico de los
últimos años y a la acumulación de reservas, no tomó las previsiones necesarias.
No sólo que no lo hizo, sino que fue desgranando en los últimos meses medidas para tratar de
recaudar más, de exprimir al máximo a las pocas vacas lecheras del país, y terminnó logrando
efectos opuestos.
Si hace siete meses la idea era sacarle el mayor jugo posible a las exportaciones de
productos agropecuarios, especialmente de soja, que a la postre eran las responsables del "boom"
económico del país, el tiro le salió por la culata no sólo al Gobierno, sino a los propios
productores agropecuarios que, en medio de un largo conflicto, perdieron posibilidades de sembrar y
cosechar.
Y aquellas producciones que resultaban tan seductoras para la administración central como
fuente de recursos, terminaron agotándose no sólo con consecuencias graves para la actual
coyuntura, sino con negras perspectivas para el futuro en el corto y mediano plazo.
Las empresas que tomaban empleados, entusiasmadas por el crecimiento económico de la mano
del inicio de la era kirchnerista, y que ayudaron así no sólo a aumentar el PBI sino también el
nivel de empleo y por ende el del poder adquisitivo de los sectores menos favorecidos, ahora se
echan atrás y prefieren cortar gastos, por supuesto suspendiendo o despidiendo trabajadores, y
enviar sus capitales a sitios más seguros, aunque hoy en día no se sabe a ciencia cierta dónde hay
un refugio seguro para ellos.
En el marco de ese panorama, el matrimonio presidencial tuvo dos exposiciones públicas
internacionales donde una vez más hicieron alarde de, por qué no decirlo, obcecación o auténtica
ignorancia.
Ambos hablaron largamente –sobre todo Néstor Kirchner en la cumbre de países con
gobiernos “progresistas” realizada en Chile- sobre la bondad y supuesto acierto de sus
más flamantes decisiones, particularmente la estatización de las jubilaciones privadas.
Néstor Kirchner aburrió a un auditorio integrado entre otros por gobernantes o ex
gobernantes realmente progresistas con sus típicas largas enumeraciones de logros económicos de su
gobierno y una excesiva justificación del manoteo a los fondos de las AFJP.
No sólo quedó ahí, sino que también optó, en forma más que inoportuna, por dedicar largas
parrafadas a sus consabidos ataques a la prensa, justo a uno de los poderes que los países con
gobiernos democráticos y progresistas más cuidado le destinan.
Poco pareció progresista el discurso de Néstor Kirchner, mientras que su esposa horas
después hablaba en Washington, en el Grupo de los 20, con la certeza que domina al matrimonio, de
ser el dueño de la verdad absoluta. Al final, Cristina Kirchner y George Bush quedaron unidos en
una foto que la presidenta nunca hubiera deseado: una encuesta los señaló como los dos mandatarios
más impopulares que participaron de esa cumbre.
Para colmo, nadie consutó a Cristina Fernández –como se hizo con otros asistentes al
gran encuentro de Washington- sus aportes para planear una salida de la crisis global, cual fue el
motivo central del cónclave.
Pero tal vez para consolarse del pobre papel que tuvo en la capital norteamericana
–aunque haya salido convencida de haber dado otra “lección” al mundo desarrollado
con sus críticas a los sistemas capitalistas neoliberales que luego terminaron en desastre- inició
una larga e insólita gira por el norte de Africa, que al parecer tiene más carácter de turístico
que de oficial, teniendo en cuenta que su única misión en el recorrido por países tan atractivos
como Egipto y Túnez, entre otros, sea el de establecer lazos comerciales.
Mientras tanto en la Argentina lograron el efecto de despertar a varios factores de poder
alertargados. La oposicón, en primer lugar, finalmente ha comenzado a dar muestras de tratar de
salir de la parálisis para buscar el armado de alianzas y coaliciones capaces de enfrentar al poder
kirchnerista en las próximas elecciones legislativas.
Los amagues de la Coalición Cívica de Elisa Carrió por volver a juntarse con los radicales a
los que tanto criticó desde que abandonó sus filas, se encuentran con más escollos que caminos de
rosas, pero al final, uno y otro partido saben que algo tienen que hacer para recuperar identidad y
tratar de captar voluntades en los próximos comicios, y no se les ocurrió nada mejor.
En la provincia de Buenos Aires, bastión de la base política de cualquier partido interesado
en acumlar poder, también se tejen alianzas entre duhaldistas, ex duhaldistas, partidos de centro
derecha como el PRO y hasta alguno que otro radical, con la cara visible del ex gobernador
bonaerense y actual diputado Felipe Solá.
Otra tortuga se le escapó al Gobierno: el fallo de la Corte Suprema que consagra la libertad
sindical, que fue un golpe al corazón a la CGT tradicional conuducida por Hugo Moyano. El hecho es
un golpe para la administración kirchnerista, que venía contando con la férrea alianza del
camionero y que ahora se ve obligado a reinventarse para dibujar una imagen al menos levemente
opositora para no porder poder dentro del sindicalismo.
Moyano, que durante dos meses calló la crisis y la ignoró, resulta que descubre que hay
suspensiones y despidos en en un gran número de rubros industriales y que ello puede seguir
generando una sangría en materia de desempleo y pérdida de poder adquisitivo, entonces se puso en
marcha –por fin- a buscar la sanción de medidas que protejan a miles de empleados de la
posiblemente cierta pérdida de sus puestos de trabajo y de la tremenda perspectiva de volver a
integrar la masa de dejados de la mano de Dios.
La crisis, además, está siendo funcional al aumento de la inseguridad y la marginación que
ya armó un paisaje concreto a metros de la Casa Rosada: una realidad tan incontrastable como
dolorsa y atemorizante.