Frases de la semana
“La moratoria es un salto al vacío porque permite blanquear dinero o bienes mal habidos
sin que se investigue su origen”; de Alberto Abad, ex titular de la AFIP durante la gestión
de Eduardo Duhalde, la de Néstor Kirchner y los primeros meses de la de Cristina Fernández de
Kirchner.
“Al igual que le pasó a Gustavo Beliz cuando fue ministro del Interior de Carlos Menem,
Sergio tiene toda la percepción de estar rodeado por un nido de víboras”; de una voz de las
cercanías del jefe de Gabinete de Ministros, Sergio Massa.
“Si salimos a decir la verdad de lo que está pasando con los cortes de energía
eléctrica vamos a tener problemas con De Vido”; dichos en off de un funcionario de una de las
compañías distribuidoras de electricidad en Capital Federal.
La crisis económica ha comenzado a tener su impacto en la Argentina. Esto ya no es novedad.
“La necesidad tiene cara de hereje” dice el refrán. Y sin dudas que para el Gobierno el
imperativo de contar con un plan B, que permita hacer frente a las dificultades del presente y del
futuro inmediato, demolió la estentórea y ufana expresión de la Presidenta cuando hacia fines de
septiembre, a su paso por Nueva York, respondió, con bastante ofuscación y poca reflexión, en forma
negativa la pregunta de alguien que la inquirió sobre la existencia de un plan B para la Argentina.
Hasta aquí, el tardío plan B ha comprendido la controvertida nacionalización de las AFJP, a
la que siguieron la reinstauración del Ministerio de la Producción y la moratoria.
La recreación del Ministerio de la Producción y la designación a su frente de Débora Giorgi
fueron decisiones bien recibidas en los ámbitos empresariales. Para muchos fue más importante el
nombramiento de la licenciada Giorgi que la resucitación de la estructura burocrática del
ministerio cuya disolución, curiosamente, había sido dispuesta por el mismísimo Néstor Kirchner no
bien asumió la Presidencia, el 25 de mayo de 2003. Seguramente la nueva ministra tendrá entre sus
prioridades atender el valor del dólar, buscar alternativas a la falta de crédito y considerar la
creación de instrumentos que incentiven la producción.
El requerimiento de la hora es claro: mantener el empleo tiene no sólo una finalidad salarial
sino que también hace a la dignidad de la persona y a la cohesión social. Eso es algo que no se
arregla con indemnizaciones ni dobles ni triples.
Débora Giorgi es una mujer dedicada al tema de la producción desde siempre. Su paso por las
distintas administraciones –recordar que fue funcionaria de la Alianza– habla del
reconocimiento que su tarea genera. La pregunta aquí es: ¿Será ella la que, finalmente, pueda
desplazar a Guillermo Moreno, el omnipresente “Lassie” de los Kirchner? ¿Podrá Débora
Giorgi hacer lo que no pudieron ni Felisa Miceli, ni Miguel Peirano, ni Martín Lousteau, ni Carlos
Fernández, ni Alberto Fernández, ni Sergio Massa? Guillermo Moreno sigue haciendo lo suyo, que es
el apriete.
En realidad es lo que le piden que haga los Kirchner. Algún día, o tal vez nunca, el
matrimonio presidencial se dará cuenta de lo inútil y perjudicial que ha sido para su imagen y su
gestión creer que gobernar es cosa de pseudo-guapos y guarangos.
Nota al pie: En la alforja de las cosas buenas de la semana está la reunión que la
Presidenta tuvo con la cúpula de la Conferencia Episcopal Argentina, encabezada por el cardenal
Jorge Bergoglio. Se habían visto en ocasión de la asunción de la primera magistratura de la Dra.
Kirchner. Aquel fue un encuentro protocolar en donde hubo un monólogo de la Presidenta. Esta vez
hubo diálogo. Los obispos le regalaron a Cristina Fernández de Kirchner dos elogios que la
sorprendieron. Uno fue una visión crítica del capitalismo salvaje que reinó en los 90 y la otra un
reconocimiento por el compromiso de la jefa de Estado con la lucha contra el narcotráfico. Hubo,
por otra parte, una insistencia de los obispos en la necesidad de regenerar el clima de diálogo
político ausente entre el Gobierno y la oposición. ¿Cuánto ganaría el Gobierno si accediera a eso?
La moratoria anunciada por el Gobierno constituye algo brutal en cuanto a su significado
político, jurídico y moral. El proyecto de ley lleva el ostentoso nombre de “Régimen de
Normalización Tributaria, Promoción y Protección del Empleo Registrado con Prioridad en Pymes y
Exteriorización y Repatriación de Capitales”.
Hacía falta un título así para intentar tapar un vulgar y grosero blanqueo de muchas cosas
oscuras.
La mayoría de los especialistas la consideran una de las moratorias más amplias que haya
conocido el país en los 89 blanqueos que registra a lo largo de su historia. Una fuente judicial
abocada al seguimiento de estos casos fue lapidaria en su opinión: “Esto es similar a la
autoamnistía dictada por los militares cuando estaban dejando el poder”.
Esas fuentes judiciales que entienden en materia tributaria, van aún más allá en sus
conclusiones críticas sobre el proyecto. Se escuchan ahí cosas como estas:
“Este proyecto convierte al juez en una especie de controlador.”
“Suspende la acción penal y abre las puertas a la prescripción”.
“Hay juzgados en los que se venían investigando causas importantes que caerán.”
“Abre la puerta al dinero negro y a la impunidad.”
“¡Que después, desde el Poder Ejecutivo, no se quejen diciendo que la Justicia no hace
nada contra la evasión!”
Hasta el Consejo de Profesionales de Ciencias Económicas expresó una posición fuertemente
crítica ante el proyecto. He aquí algunos de los conceptos de la secretaria del Consejo, Flavia
Melzi, a La Nación:
“El proyecto conspira filosóficamente contra la equidad tributaria porque el que más
infringió la ley más se beneficia con esta moratoria.”
“Le otorga mayores beneficios a quien nunca declaró nada que a quien había comenzado a
blanquear bienes o empleados, que ya tiene una deuda que deberá seguir pagando. En cambio, quien
estaba totalmente en negro parte de cero y pagará mucho menos.”
“En este contexto de incertidumbre y constantes cambios de política económica nadie va
a traer un peso para tenerlo dos años inmovilizado.”
El desánimo que esta medida genera al interior de la AFIP es enorme. La sospecha también.
Nadie olvida allí la remoción del titular de la Dirección General Impositiva (DGI), contador
Horacio Castagnola, por respaldar una investigación sobre la emisión de facturas truchas de la
empresa Gotti SA, vinculada al amigo del matrimonio presidencial Lázaro Báez.
La historia es contundente: las moratorias nunca han conseguido atraer a los grandes evasores
ni han ayudado a solucionar ninguna crisis económica.
Por lo tanto, nada bueno habrá de salir de esta moratoria, una verdadera invitación a la
indecencia.
A este cuadro se le agregó el de los cortes de energía eléctrica que aún afectan a muchas
zonas de la Capital Federal y del Gran Buenos Aires. Como siempre, la respuesta del Gobierno, a
través del titular del que debería ser rebautizado como Ministerio de Infraestructura Deficitaria y
Planificación Federal Fallida y Poco Transparente, Julio De Vido, fue la misma.
Primero negaron que hubiera algún tipo de inconveniente. Después dijeron que lo que había era
“un pequeño problemita”. Finalmente, con las imágenes y los sonidos de las cacerolas en
las calles de distintos barrios porteños, se reconoció la realidad y se comenzó a hablar de las
sanciones a las empresas distribuidoras de electricidad. Todo esto es algo ya conocido.
La situación eléctrica es crítica desde hace años. Y todo está atado con alambre. El Gobierno
decidió emparchar el déficit energético apostando a la benignidad del clima y a la ayuda que
pudiera venir del presidente Hugo Chávez.
Pero esa ayuda, poco generosa y muy costosa, ha servido de poco.
Lo precariedad, una vez más, ha salido a la superficie y quien la sufre es el ciudadano de a
pie. Por supuesto que nada de esta precariedad la vivió la Presidenta, quien, en el fin de semana,
buscó alivio al calor de Buenos Aires en su retiro de El Calafate.
Para concluir, un poco de historia.
En el siglo pasado, durante las décadas del 20 y el 30, el delito se enseñoreó en las calles
de Chicago. La “Ley Seca” actuó a la manera de verdadero combustible que fogoneó la
aparición de temibles bandas mafiosas.
Uno de los jefes más prominentes de esas organizaciones planeó y dirigió una amplia gama de
delitos: juego ilegal, proxenetismo, elaboración, distribución y venta clandestina de bebidas
alcohólicas, y el asesinato de varios de sus enemigos.
Pudo liberarse de casi todos esos delitos. Pero hubo uno por el cual acabó, finalmente, en la
cárcel. Ese delito fue la evasión impositiva, y el personaje en cuestión era Al Capone, quien, de
vivir hoy día en la Argentina, seguramente estaría celebrando este proyecto de moratoria y blanqueo
de capitales y paseando su impunidad por todo el país.
Producción periodística:
Guido Baistrocchi, con el aporte de Laura Bartolomé.