Ahora con Cristina las cosas van a cambiar. Viene una etapa de más diálogo. A Néstor le tocó la
difícil etapa de la reconstrucción de la autoridad presidencial, y por eso hizo falta una actitud
más dura. Pero eso ya pasó”, se sinceraba una de las espadas del kirchnerismo bonaerense en
las vísperas de la asunción presidencial de Cristina Fernández de Kirchner, allá por diciembre de
2007. Seguramente ni este diputado ni nadie imaginó, en lo político, un año igual. El primer año de
gestión de la Presidenta ha sido un calvario.
He aquí un resumen sucinto de los hechos que enmarcaron este conflictivo y desperdiciado
2008.
La valija de Antonini Wilson.
El papelón de Néstor Kirchner y su excursión a las cercanías de la selva colombiana para
tomar parte de esa pantomima que fue la pretendida liberación de Ingrid Betancourt –por
cierto que anhelada por el mundo entero– organizada por el presidente Hugo Chávez que iba a
ser filmada por Oliver Stone.
El conflicto con el campo por la Resolución 125.
La increíble decisión de impedir las exportaciones de granos y carnes que le han restado
divisas al país, que han puesto en riesgo mercados significativos para la economía argentina y que
han afectado las cuentas fiscales.
La persistente destrucción del INDEK.
El proyecto de pretendida modernidad representado por el tren bala.
La renuncia del ministro de Economía Martín Lousteau, quien reconoció que la 125 había sido
un error y que “éste es un gobierno que toma decisiones sobre temas importantes en 15 o 30
minutos”.
La creciente influencia del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, a quien la
Presidenta le tiene una confianza ciega.
El bochornoso episodio de la venta de bonos a la República Bolivariana de Venezuela a un
usurario interés del 15%, tasa que no se había pagado ni siquiera en la época previa al default
cuando el riego país subía todos los días. Hay que recordar que luego Chávez prácticamente regaló
esos bonos a los bancos venezolanos, hecho que obligó al Gobierno argentino a salir a recomprarlos
ante el efecto negativo que esto tuvo sobre la confianza en la economía de nuestro país.
La renuncia del jefe de Gabinete Alberto Fernández, quien ahora viene reconociendo que el
Gobierno “se olvidó de escuchar a la gente”.
Su reemplazo por el ex intendente de Tigre, Sergio Massa, a quien Néstor Kirchner
“nombró”, según se encargan de hacer saber los halcones del kirchnerismo, y al que el
Dr. Kirchner desaira cada vez que puede –y puede siempre–.
El voto “no positivo” de Julio César Cleto Cobos.
La decisión de los Kirchner de aislar al vicepresidente, en vez de tratar de superar el
encono del momento y buscar una mejor relación basada en el diálogo y la aceptación de los
disensos.
La insólita afirmación de la Presidenta de “no querer ser una estadista”.
La persistente intolerancia hacia la prensa que no le es adicta.
El desmoronamiento de la concertación K, una concertación pretendidamente plural que siempre
fue singular.
La “pejotización” del Gobierno apoyándose, cada vez más, en los representantes de
la vieja política de la que los Kirchner dijeron abjurar.
La consolidación de Néstor Kirchner como ex presidente en funciones y, por lo tanto, como la
persona que ejerce el poder real en gobierno que encabeza su esposa.
La presuntuosa calificación de “Efecto Jazz” con que la Dra. Fernández de
Kirchner pretendió denominar a la brutal crisis financiera que se originó en los Estados Unidos al
amparo de la falta de controles del terrible y desastroso gobierno del presidente George W. Bush.
La soberbia actitud con la cual la Presidenta afirmó que la Argentina saldría indemne de
semejante hecatombe.
La sobre utilización de la cadena nacional de radio y televisión para transmitir los
discursos de la Presidenta.
La desesperada búsqueda de fondos para el fisco que terminó dando pie a la apresurada
nacionalización de las AFJP –un sistema con aspectos escandalosos– al que se lo
reemplazó por otro, que sigue sin garantizarles a los jubilados y pensionados el haber digno al que
tienen derecho.
La falta de cumplimiento de la acordada de la Corte Suprema de Justicia ordenando que se
reconozca la movilidad de los haberes previsionales.
La escandalosa ley de impunidad por la que se abrió la posibilidad de un blanqueo de
capitales como pocas veces se ha visto en la larga y fracasada historia de los blanqueos y
moratorias que tiene nuestro país.
La falta de diálogo con la oposición o con todo aquel que pueda tener un pensamiento
diferente al del Gobierno.
La falta de voluntad para generar políticas de Estado que permitan abocarse al tratamiento
del complejísimo tema de la falta de seguridad.
El cambio del discurso presidencial en el que se ha pasado de la crítica a la política de la
mano dura al concepto según el cual “la Policía detiene, detiene y detiene, y la Justicia
libera, libera y libera”.
La falta de una política para enfrentar el flagelo del narcotráfico.
El rechazo por parte de los presidentes de Uruguay, Perú y Colombia a la candidatura de
Néstor Kirchner a la secretaría general de la Unasur.
El desconocimiento que sobre varios temas mostró la Presidenta en muchos de sus discursos.
La idea fija y peligrosamente antidemocrática de que criticar es sinónimo de hacer golpismo.
La utilización de la “caja” para premiar adhesiones y castigar posiciones
críticas de gobernadores e intendentes.
El papelón y la falta de grandeza para producir un gesto de reconciliación entre la
Presidenta y el vicepresidente, durante la misa en recuerdo de los treinta años de la iniciación de
la providencial mediación del Papa Juan Pablo II que evitó la que hubiera sido una sangrienta
guerra entre la Argentina y Chile disputándose la soberanía sobre los islotes Picton, Nueva y
Lennox que se encuentran en el Canal del Beagle.
La impresionante caída de la imagen presidencial.
El freno del crecimiento económico.
La persistencia de la desigualdad social.
La falta de una política energética seria.
El doble discurso permanente.
La confrontación constante.
El poco interés por trabajar en pos de la mejora de la calidad institucional de nuestro país.
La poca vocación republicana.
Claro que también la oposición ha tenido lo suyo. El balance del año también la muestra con
mucho en el debe y poco en el haber.
Hay opositores, pero no hay oposición como estructura de alternativa política.
Recién ahora está apareciendo el germen de una convergencia basada en la idea de generar un
proyecto común.
La oposición tiene el desafío de dejar de ser el antikirchnerismo para pasar a generar
propuestas y proyectos.
No debe confundir oposición con intolerancia.
Debe saber que tendrá que superar el fantasma de la Alianza.
Debe mostrar capacidad de diálogo con todos.
En algunos sectores de la oposición se han reproducido las mismas falencias institucionales
que se le critican al Gobierno. El episodio de la Legislatura Porteña en el que dos legisladores
del PRO votaron a nombre de otros dos y en el que otro de la Coalición Cívica tuvo una conducta
dudosa es una muestra de desprecio por la buena calidad institucional. Seguramente, de haber sido
los protagonistas de ese hecho bochornoso representantes del kirchnerismo, desde la oposición
hubiera elevado un nivel de crítica que aquí faltó.
El año 2008 vio el nacimiento de la Mesa de Enlace que, más allá de representar los intereses
del campo, se transformó en un factor de poder político. Concomitantemente ello dio paso a la
aparición de un liderazgo prominente del dirigente de la Federación Agraria de Entre Ríos, Alfredo
De Angeli. No es la primera vez que en la Argentina poscrisis de 2001 se produce este tipo de
fenómenos. Algo parecido sucedió en 2004 con el pseudo ingeniero Juan Carlos Blumberg. La realidad
mostró, sin embargo, que estos liderazgos son de corta vida y que, cuando entran a la arena de la
competencia política, terminan diluyéndose por completo.
En la esfera de la política la figura de mayor crecimiento fue, sin dudas, la del vicepresidente
Julio César Cleto Cobos. Habrá sobre él una fuerte ofensiva por parte del Gobierno que ya no lo
tolera más. Los Kirchner quieren su renuncia. Seguramente no habrá manera de hacerles entender que
cuanto más lo ataquen, Cobos más crecerá.
El vicepresidente tiene, por su parte, un desafío: no confundir independencia de criterio y
disenso con oposición. Al paso que van las cosas, esto parece de cumplimiento imposible vista su
manifiesta actitud de lanzar un proyecto político propio y su innegable voluntad de regresar al
redil de la UCR. Hay que decirlo con claridad: Cobos no es ningún ingenuo. Ha habido por su porte
conductas provocativas.
El error político mayúsculo lo cometió Roberto Lavagna quien, al pactar con Néstor Kirchner un
acuerdo para su reingreso a la conducción del Partido Justicialista –acuerdo que el ex
presidente en funciones nunca cumplió– dilapidó un capital político de peso. Lavagna se
perfilaba como la opción para aquellos que siendo críticos de los Kirchner no comparten la dureza
de Elisa Carrió. ¿Será Felipe Solá quien, de ahora en más, ocupe ese lugar?
Carrió acierta cuando insiste en denunciar los nichos de corrupción del kirchnerismo, que
existen, que no son pocos y a los que, tal como ocurrió en el menemato, no muchos jueces y fiscales
se animan a investigar. La líder de la Coalición Cívica se equivoca, en cambio, cuando cae en la
desmesura. Su desafío es no confundir su intransigencia con la corrupción –su principal
capital político– con la intolerancia.
Finalmente, en el balance del año queda una esperanza. Es la del darse cuenta, por parte de la
ciudadanía, de la importancia de las instituciones. El conflicto entre el Gobierno y el campo fue
un aprendizaje que permitió apreciar, por primera vez y en forma nítida, lo dañina que es la
vigencia de los superpoderes y lo importante que es preservar el funcionamiento independiente de
cada uno de los tres poderes del Estado.
El desafío que tenemos, como sociedad, es el de construir la República. Cuando ello ocurra,
seguramente la Argentina dejará de ser la tierra de las oportunidades perdidas a que, desde el
comienzo de su historia, parece estar fatalmente condenada.
Se estima que sólo entre 1936 y 1951 hubo entre 114 mil y 130 mil desapariciones forzosas.
En la planta rosarina, de las 200 horas mensuales fijadas sólo se trabajan entre 80 y 100 horas.
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