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La anteúltima antología

Ahora que Interzona, tal vez la editorial cuyo catálogo literario resultó más estimulante a lo largo de los últimos años, ha dejado de editar, varios se disputan el lugar de prestigio y visibilidad que supo ocupar, publicando autores noveles, raros o marginados por los grandes sellos.

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Ahora que Interzona, tal vez la editorial cuyo catálogo literario resultó más estimulante a lo largo de los últimos años, ha dejado de editar, varios se disputan el lugar de prestigio y visibilidad que supo ocupar, publicando autores noveles, raros o marginados por los grandes sellos. Dentro del terreno de la ficción, Entropía es uno de los proyectos independientes mejor perfilados; Mansalva es otro; y, entre todos, el más nuevo es Eterna Cadencia, nacido en 2008, y que en su flamante colección de literatura ya cuenta con títulos de Daniel Guebel, Naty Menstrual, Claire Keegan, Matías Capelli y Miguel Vitagliano –cabalgando entre lo inédito, lo académico, la vanguardia y el pop. En tono con el resurgir de las compilaciones de relatos grupales, temáticas y generacionales, dentro de sus primeras ediciones Eterna Cadencia publicó tiempo atrás Vagón fumador. Antología de relatos sobre el tabaco. Y ahora vuelve sobre el formato con El futuro no es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana, una selección de veinte cuentos a cargo del peruano Diego Trelles Paz.

¿Qué es lo que hace ya no digamos necesaria, sino relevante a una antología generacional? Todo depende, en última instancia, de la intención del compilador. Pero, por lo general, se espera que este tipo de libros logren presentar un mapa de la producción literaria contemporánea lo más variada y representativa posible; que evidencie (al seleccionar apenas un texto de cada uno de los autores) una calidad por encima de la media; que apueste por instalar a escritores nuevos o poco conocidos; que capte el espíritu de una época; que no siga los mandatos de la industria; y, por qué no, que sea una proyección de los caprichos y la visión de futuro del antólogo. Según puede leerse en el prólogo –interesante y exhaustivo en su intención de establecer una suerte de genealogía de las compilaciones de relatos dentro de la historia de la literatura latinoamericana– de El futuro no es nuestro, algunas de estas claves guiaron el trabajo de Trelles Paz. Aunque no pueda decirse, con seguridad, si el resultado final del libro está a la altura de las expectativas creadas. Hay, claro, por lo menos cinco relatos notables en su diversidad narrativa: el ambiente claustrofóbico de Camas gemelas, de la boliviana Giovanna Rivero; Arbol genealógico, el cuento nefando del chileno Andrea Jeftanovic; el breve delirio del uruguayo Ignacio Alcuri en Sopa de pollo; y los inquietantes ambientes de los dos escritores argentinos de la selección, Oliverio Coelho y Samanta Schweblin, donde se advierte el nivel de madurez narrativa al que, por caminos bien distintos, cada uno ha llegado.

Entre los quince textos restantes hay de todo: cuentos correctos y ejercicios experimentales frustrados, y relatos que desbarrancan hacia las peores buenas intenciones. El riesgo que toda antología debería evitar no es el de volverse canónica (esa sería, en todo caso, una aspiración legítima), sino el de haber nacido desde dentro mismo del canon: en este sentido, no ayuda que muchos de los cuentos aquí presentados hayan sido publicados antes en otros libros; ni que seis de los veinte autores figuraran en 2007 entre los elegidos por lo que se dio en llamar “Bogotá 39”, una selección que se hiciera en Colombia de los treinta y nueve autores jóvenes más destacados de Latinoamérica. En beneficio del antólogo puede decirse que la (buena) idea de ofrecer una muestra de lo más interesante que se produce en la actualidad en un continente tan extenso y variado como el nuestro no debe ser, ni por asomo, una tarea sencilla.


*Desde Barcelona.

 

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