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Anticipo del libro sobre Robert Cox, ex director del Buenos Aires Herald durante la dictadura

Lo escribió su hijo David con la correspondencia y documentos que el periodista inglés conserva en su archivo. Bob Cox trabajó en Buenos Aires hasta 1978, cuando tuvo que partir al exilio. El diario que dirigía era el único que se preguntaba por los desaparecidos y enfurecía a la junta militar con sus editoriales. La biografía se puede comprar en Amazon , pero aún no está traducida al español. Vea además una fotogalería de Cox .

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18.02.2009 | 15:31

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La tapa original de la versión en inglés de "Dirty Secrets, Dirty War", la historia de Robert Cox, escrita por su hijo David. | Foto: Perfil.com

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Capítulo 1: Una aventura latinoamericana (1959)

En un día nublado de marzo, Robert John Cox se paró con ansiedad en un muelle del puerto de Tilbury, en las afueras de Londres. A su lado estaban su hermana Norma y sus jóvenes hijos Iain y Neil. A pocos pasos detrás suyo estaba la pasarela del trasatlántico Highland Monarch de la Royal Mail Lines. A los 26 años, Bob Cox buscaba una aventura acerca de la que pudiera escribir. Una inmenso barco esperaba para llevarlo a un nuevo empleo en el otro lado del mundo.

Cox nació en una hogar de clase media inglesa el 4 de diciembre de 1933, el mismo año en que Adolf Hitler se convirtió en el carismático canciller de Alemania. En la lejana Argentina, florecería una atracción similar por otro talentosos proponentes del nacionalismo extremo. El general argentino Agustín Pedro Justo estaba en el poder y daba comienzo a lo que sería conocida como la "Década Infame", llamada así por las medidas extremas que aplicó para socavar la democracia.

En 1933, mientras el General Justo gobernaba a través de lo que se ha dado en llamar el "fraude patriótico", Cox respiró por primera vez en Londres. La familia Cox vivía en el número 47 de Grosvenor Road, una calle silenciosa en el extremo oeste de la ciudad. Fue el mismo año en que George Orwell, quien sería el escritor favorito de Cox, publicó " Down and Out in Paris and London", una autobiografía sobre vivir en pobreza en ambas ciudades.

Aunque los Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión, se estaba construyendo el Golden Gate Bridge en San Francisco y Franklin D. Roosvelt comenzaba su presidencia con una discurso que definió el espíritu de la época: "Así que, antes que nada, permítanme declarar mi firme convicción de que la única cosa a la que debemos temer es al temor mismo – un terror sin nombre, sin sentido e injustificado que paraliza esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avanzada". Fue como si el Presidente Roosvelt le hubiera susurrado un consejo al oído al joven Cox.

También fue el año en que Albert Einstein realizó su tercera visita a los Estados Unidos, donde se convertiría en ciudadano y pasaría el resto de su vida. La revista Newsweek fue publicada por primera vez. El cono de helado fue inventado en Brooklyn y Ruth Wakefield cocinó su primera tanda de galletitas con chocolate. Pero todo quedaba atenuado por la siniestra sombra de la Alemania nazi. En 1933, el primer campo de concentración, Dachau, fue construido a 10 millas la noroeste de Munich para alimentar los fuegos asesinos del nazismo. Del otro lado del Atlántico, una creencia similar en la superioridad inherente de una supuesta raza aria crecía en el corazón de muchos argentinos.

El padre. Edward John Cox, era un veterano de la Primera Guerra Mundial. Ingresó al ejército británico a los 13 años y más tarde formó parte en la India de un regimiento de caballería, los 14th Husares. Vistió uniforme por la mayor parte de su vida. Después del ejército, se convirtió en oficial de radio en la marina mercante y fue uno de los primeros "Marconi Men", a cargo de las comunicaciones a bordo de los grandes barcos en las líneas del Pacífico y el Oriente.

Su carrera en la marina mercante terminó con el derrumbe de la bolsa de valores. Para mantener a su familia, invirtió lo que quedaba de sus ahorros en un almacén con un departamento en el primer piso en Grosvenor Road. Era un negocio familiar. Bob pedaleaba su bicicleta por las calles londinenses para entregar los alimentos a las casas de los clientes.

La niñez. El objeto cuya propiedad más preciaba Cox era una fotografía de su padre vestido con un llamativo uniforme de caballería y sentado sobre un gallardo caballo blanco. Edward John Cox fue mensajero a caballo durante los primeros días de la Primera Guerra Mundial, hasta que los ejércitos británicos y alemanes quedaron atascados en las trincheras. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, Cox padre intentó reingresar al ejército para una segunda pelea contra los alemanes, pero su edad se lo impidió. A cambio, optó por ser voluntario en el servicio de patrullas callejeras que operaban durante los ataques aéreos alemanes.

A los cinco años, Bob Cox escuchaba sorprendido las historias de su padre sobre los heroicos bomberos londinenses y los miembros de Defensa Civil. Creó un ejército imaginario para pelear contra los nazis; personificaba a un niño soldado a semejanza de su padre. Mientras tanto, caían sin cesar bombas sobre Londres; era una época en que el patriotismo reinaba e Inglaterra estaba unida en su lucha contra el fascismo. De cara a la invasión alemana, el joven Cox armó un "puesto de comando" en un cercano depósito de ferrocarriles. Era dentro de este escondite de niños que él y los chicos del barrio guardaban sus velas, robadas de sus casas junto con latas de sopa de papa que nunca se comían, que siquiera fueron probadas, pero que eran guardadas para una emergencia. Bob y sus amigos tenían otras bases secretas en áticos y sótanos, y también entre las grandes rhodondrenones de Ealing Park.

Los niños rastrillaban las calles de Londres después de los ataques aéreos en busca de restos de metralla y casquillos de balas mientras mantenían un "ojo atento" por si encontraban municiones sin explotar. El Blitz le enseño a Cox lecciones que lo marcarían de por vida: siempre mantenete fiel a tus principios; esforzate por ser decente y gentil; nunca pierdas tu sentido del humor. Su tímida tía Mildred lo ayudó a construir esta visión de la vida durante una cena cuando levantó un cuchillo y juró que si un paracaidista alemán aterrizaba en su jardín lo cortaría en trozos. Más adelante, cuando un piloto alemán cayó en paracaídas en las cercanías de su casa en Derbyshire, trató al aterrorizado hombre con gentileza, ofreciéndole una taza de té caliente.

Crecer de golpe. La niñez de Cox terminó cuando el corazón de su padre paró repentinamente de latir poco después de la guerra. Su madre no podía encargarse por sí sola del almacén, por lo cual la familia se mudó a Frinton-on-Sea junto a su tía Gladys. La venta del almacén y la combinación de las pensiones de ambas hermanas alcanzaron para comprar una casa sobre los acantilados que sobremiraban una playa de una milla de longitud.

A los 14 años, Cox se hizo cargo de una ruta de reparto de diarios para aportar a los ingresos familiares. Habiéndose dado cuenta a una joven edad de que su ambición de vida era escribir, convenció al editor local de trabajar gratis en el East Essex Gazette durante las vacaciones escolares. El viaje en bici desde Frinton-on-Sea a las oficinas del Gazette en Clacton-on-Sea era de 11 millas entre ida y vuelta. Al poco tiempo, Cox fue contratado por el Gazette para escribir necrológicas con un sueldo de dos libras semanales, lo cual le permitió incorporase a la Café Society de Frinton-on-Sea, donde charlaba junto con amigos sobre la vida, poesía y mujeres.

La guerra. Antes de poder dedicarse a historias más importantes, fue reclutado por la Marina Real británica para la Guerra de Corea. Fue designado criptógrafo en el barco HMS Mount Bay y viajó en un barco de transporte de tropas para unirse a la fragata en Sasebo, Japón. Su fragata anti-aérea patrullaba la costa occidental de la península coreana. La fragata y su tripulación sobrevivieron un incidente de fuego amigo cuando, de forma inexplicable, un avión estadounidense dejó caer dos bombas que no le pegaron al barco por muy poco. Tras dos años de servicio naval, durante los cuales recibió dos medallas de combate, Cox regresó a Inglaterra y retomó con pasión el oficio de su vida y se incorporó al East Anglian Daily Times como corresponsal en Ipswich. Más adelante, mientras cubría un incendio para el Hull Daily Mail, él mismo sería noticia al quedar atrapado por el fuego en el piso superior de una curtiembre.

La aventura sudamericana. Cox disfrutaba de su trabajo, pero quería más. No sólo deseaba escribir, sino también viajar, así que respondió a un aviso clasificado en el World Press News que buscaba un joven periodista inglés para un puesto en un diario en Buenos Aires. Era un diario escrito en inglés en la capital argentina y ofrecía un pasaje de segunda clase y un contrato por tres años, luego de los cuales podría disfrutar de unas vacaciones de tres meses con sueldo completo en Inglaterra.

Cox se postuló para el trabajo y quedó sorprendido cuando fue contactado por el representante en Londres del diario. El editor general del Buenos Aires Herald, Basil Thompson, viajó a Hull y se reunió con Cox. Hablaron del empleo por sobre una cena en el mejor restaurante del pueblo. Cox esperó meses para recibir una notificación de que había sido contratado. Inglaterra era muy gris en 1959...América latina parecía mucho más promisoria, según apuntó Cox en su diario personal.

Con frecuencia, Edward John Cox le contaba a su hijo sobre sus viajes a la Argentina en la época que trabajaba de oficial de radio y los barcos anclaban en Buenos Aires. "Ese gran, maravilloso país tiene una capital tan linda", decía, agregando que algún día su familia debería emigrar a Argentina. El joven Bob Cox estaba fascinado por la Argentina. Leyó todo lo que podía encontrar sobre el vasto y misterioso país sudamericano. La historia argentina parecía una novela: su encanto natural era irresistible. Cox recordaba haber leído una historia sobre tormentas que se desencadenaban con tanta fuerza sobre el estuario del Río de la Plata que los pájaros caían muertos del cielo sobre las calles de Buenos Aires.

Historias de Buenos Aires. El primer europeo en declarase descubridor de la Argentina fue el conquistador español Juan Díaz de Solis, quien entró por barco al estuario en 1516 y encontró un cuerpo de agua marrón a la que llamó Mar Dulce. Mientras pasaba navegando por frente a la isla Martín García, vio a nativos que hacían señas desde la costa. Le ofrecieron regalos, incluyendo oro. Solis y algunos de sus hombres se sintieron tentados en ir del barco a la isla, donde fueron emboscados, desmembrados y, quizás, incluso comidos por caníbales. El único sobreviviente fue un ayudante de cabina, tomado prisionero por los nativos.

Alejo García, quien navegó junto con Solis, hizo circular el rumor de que la Argentina poseía grandes riquezas, incluyendo abundante plata. De hecho, "Argentina" deriva de la palabra latina para plata, "argentum". La Argentina fue colonia española hasta su independencia en 1816.

Cuando el padre de Cox visitó Buenos Aires a principios del siglo 20, la Argentina era una nación vibrante cuyos ciudadanos miraban a Europa y los Estados Unidos en busca de ideas y apoyo. Su padre visitó la Argentina en un tiempo en que las exportaciones crecían y la inversión extranjera era fuerte. Buenos Aires era una ciudad portuaria llena de energía.

La fértil región pampeana estaba dividida en estancias propiedad de un manojo de familias acaudaladas. Hipólito Yrigoyen, un carismático y popular líder del recién formado partido Radical, era el presidente cuando se derrumbó la bolsa de valores en 1929. Poco tiempo después, Yrigoyen sería derrocado por un golpe militar respaldado por la clase alta. Luego vendrían movimientos políticos fascistas y nacionalistas, los cuales permitieron al general Juan Domingo Perón llegar al poder en los 40, hasta ser derrocado él también en 1955.

Perón llevaba exiliado casi cuatro años cuando Robert J. Cox aceptó el nuevo empleo en Buenos Aires. Cox fue a la casa de su madre en Frinton-on-Sea y embaló sus escasas pertenencias en un baúl de viaje. Tuvo cuidado en incluir su raqueta de tenis, un saco de vestir y una antología de poesía inglesa que le había regalado su hermana. En poco tiempo, Cox, su hermana y sus sobrinos estaban parados en el muelle de Tilbury. Norma y sus hijos lo siguieron por la pasarela hasta la cubierta del barco y se quedaron hasta que resonó el megáfono y un tripulante gritó: "A tierra todos aquellos que se queden en tierra".

Desde la cubierta, Cox se despidió agitando la mano mientras el Highland Monarch, un barco de 14.216 toneladas, dejaba atrás el puerto, se adentraba en el río Támesis, cruzaba el Canal de la Mancha y salía al mar. Cuatro semanas después, y luego de hacer paradas en España, Portugal, las Islas Canarias, Río de Janeiro, Santos y Montevideo, llegó a Buenos Aires.

En la Argentina, Arturo Frondizi, una progresista con una sonrisa parecida a la de la Mona Lisa, alcanzó el poder después de que fuera derrocado Perón en 1955. Frondizi llegó a la presidencia en 1958 con el apoyo de los peronistas. Sin embargo, fuerzas militares ultra-conservadoras detuvieron a Frondizi, anularon las elecciones y colocaron a José Guido en la presidencia. Poco tiempo después en Cuba tropas lideradas por el Che Guevara y Fidel Castro ocuparon La Habana.

Traducción: Rodrigo Orihuela

 
 

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