Bunny World  

Las nuevas conejitas de Playboy ya no son mujeres exuberantes, de curvas marcadas y pechos generosos

PERFIL presenció el backstage del nuevo reality en el que seis diosas conviven durante dos semanas en una lujosa mansión en el Delta. Galería.

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Foto: Playboy TV

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A esta altura de la vida hay sólo dos cosas que pueden retrotraernos súbitamente a la infancia: una buena cachetada y una mujer bella. La cachetada devolviéndonos esa pequeña experiencia humillante que consiste en constatar que no ejercíamos control sobre aquello que creíamos controlar. Cuando ya hemos perdido el miedo a las mujeres, una muy bella puede volver a hacernos temblar y a dejarnos sin habla. O peor, tartamudos, tratando de articular una palabra inteligible e interesante, algo así como: “Hola, qué lindo día, ¿no?”.

Lo dicho es para dar una impresión acabada del estado de espíritu de quien fue invitado a presenciar el backstage de Bunny World, un un reality que Marcelo Cepeda dirigió para Playboy TV y que se verá en ocho capítulos a mediados de este año. La idea es sencilla y fascinante: seis conejitas Playboy conviven durante dos semanas en una isla. La expectativa es igualmente sencilla y fascinante: sensualidad, belleza y diversión. Para ello la señal de TV convocó a las más sexies del canal: Yanina Filocamo, Tilsa Lozano, Lucía Cabello, Luciana Suárez, Andressa Barros y Daniela Tambasco (una uruguaya, una peruana, una brasileña y tres argentinas).

La invitación también fue sencilla y fascinante: el traslado, junto a varios periodistas gráficos, televisivos y radiales, a una mansión de cuatro pisos en el Tigre; discreto y delicioso ágape –eso sí, sin una gota de alcohol: nada es perfecto–; ver in situ, sine die y manu militari a las chicas en acción, o en ese modo particular de acción, que consiste en ser asistidas y fotografiadas ininterrumpidamente en una batería de poses y actitudes, en las que es difícil ser innovador, teniendo en cuenta que directores de fotografía y lectores saben con exactitud lo que esperan de ellas: sensualidad y profesionalismo.

Ya sabemos lo que es la sensualidad, ¿pero qué es el profesionalismo para una conejita Playboy? En palabras del director, Marcelo Cepeda, consiste justamente en eso, en que sean capaz de dar todo lo que se espera de ellas.

¿Sentís alguna restricción, estética o temática cuando hacés producciones para Playboy?

—Yo no hablaría de “restricciones”, sino más bien de “reglas de juego”. Sé lo que tengo que hacer y lo hago. Ellas saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Todos contentos.

¿Tenés que lidiar a veces con alguna veleidad de diva, algún capricho difícil de satisfacer?

—En primer lugar son divas, no tengas dudas. En segunda lugar sí, tienen caprichos, pero son muy fáciles de satisfacer.

¿Por ejemplo?

—Por ejemplo pueden llegar a plantearme que quieren hacerse fotos con el pelo mojado. Es posible que esas fotos no sirvan para nada, pero las hacemos igual.

Para dejarlas contentas...

—Sí. ¿No te parece razón suficente?

—Sí, me parece.

Las chicas se aproximan tímidamente a la amplia piscina junto a la cual bebemos y deglutimos canapés exquisitos. Es difícil conciliar timidez y cuerpos perfectos. Sobre todo es irreconciliable timidez y tacos de 10 cm de altura, que las chicas solamente abandonan a la hora de sumergirse en la piscina a pedido de un cameraman televisivo para hacerle entrega, en cuanto asoma a la superficie, de un micrófono para que describa brevemente cómo es vivir en ese paraíso. Y lo hace –uno tiene la impresión de que estas chicas son capaces de hacer lo que uno les pida–, pero son lo suficientemente intimidatorias como para que ni se me ocurra tomarme el trabajo de averiguarlo.

Y de pronto sucede eso de lo que hablaba al principio, que tiene que ver, entre otras cosas, con el cambio del paradigma de la mujer Playboy. Ya no son ejemplares exuberantes, de curvas marcadas y pechos generosos, sino mucho más terrenales; perfectas, sí, pero... naturales, que hablan con naturalidad, se muestran con naturalidad y hacen todo con naturalidad (salvo, claro está, hacer equilibrio todo el santo día sobre esos tacos de 10 cm de altura). En suma: modelos. Lucía Cabello se me acerca y me dice:

—Yo te conozco.

Y lo que me invade es el pánico, o mejor, el pavor. Una vuelta a la infancia, cuando las mujeres me daban miedo.

—Siempre te veo en el bar Guadalupe. Yo llevo todos los días a mi hija a la escuela que está a la vuelta.

¿Somos vecinos? No. Simplemente lleva a su hija al colegio que queda enfrente de mi casa. Lo sorprendente entonces es otra cosa. No que ella me recordara (seguramente recuerda el bullicio de las charlas con mis amigos, no a mí), sino que yo no la recordara a ella. Pero se explica: las conejitas, al igual que los fotógrafos viajeros de la National Geographic en los aeropuertos, pasan desapercibidas. El fotógrafo porque, disponiendo de cámaras digitales, ya no está obligado a trasladar sus packs de rollos fotográficos vírgenes; las conejitas porque con 10 cm menos de altura, anteojos y curvas delicadas sólo difieren del resto de las ninfas en que son profesionales de la sensualidad, saben dar lo que se espera de ellas y, cuando trabajan, tienen alguna que otra veleidad de diva.

Pero todo termina, hay que dejar solas a las chicas en su último fin de semana de convivencia. El domingo volverán a sus casas.
—A veces tengo ganas de quedarme para siempre –me dice Lucía–, y a veces tengo ganas de irme.

Si querés, cuando vos quieras vengo a buscarte.

—No hace falta, tengo auto.

Así es como una conejita Playboy se saca de encima a un cronista molesto.

 

(*) Subeditor de Cultura del diario Perfil

 

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