Hugo va a la Plaza
Ni que se fuera a casar Hugo Moyano. O alguno de sus hijos solteros. Tal el empeño del sindicalista por preparar, hasta la minucia, la ceremonia que encabezará al frente de la CGT por el Día del Trabajo. Conmueve hasta al más descreído esa anticipatoria vocación organizativa, inimaginable en la historia de la central obrera (sin Perón, claro). Se comprende: hay algo más que un festejo, tal vez la demostración de que ese movimiento gremial pretende jugar un rol más activo en la vida política argentina. Mostrar, por ejemplo, una capacidad de movilización que ni el kirchnerismo de sus mejores tiempos pudo lograr, casi una crítica al anémico oficialismo en materia de concentraciones. Sueña entonces Moyano, al estilo partidario de otras décadas, con una convocatoria que bordee las 200 mil personas en la Plaza de Mayo, asegurando que su propio gremio hará un aporte de 50 mil almas llegadas desde todo el país (lo que supone cierta inactividad del transporte desde tres días antes del l° de mayo). El resto, contribución de sindicatos afines. Nadie pregunta por los costos, por supuesto. A la multitud, dicen que le seguirán las palabras divididas en dos capítulos (casi seguramente, único orador el jefe camionero), pieza oratoria que algunos suponen expresará alineación con el Gobierno en la primera parte. Y, también, en la segunda, la marca de que la CGT existe a pesar de las turbulencias oficiales, de que proseguirá como la Policía, aunque haya cambios, de que allí nadie piensa en irse, a pesar de pésimos resultados electorales (casi una futilidad: los sindicalistas nunca se van). Se escandalizan con las declaraciones poco democráticas de los piqueteros (“si perdemos, nos vamos”), temen que esa frase escuchada en reducido ámbito y amplificada luego por un lenguaraz también encierre la idea de que “vamos a prender fuego todo antes de irnos”. Por lo tanto, demandará el jefe camionero –por reclamo o silenciosa presencia– protagonismos más explícitos y conspicuos como compensación por los respaldos brindados. Ni Jimmy Hoffa –héroe de Moyano, aunque no así su destino final, clausurado a balazos– se planteó esa utopía de poder que hasta guarda, quizás, alguna futura aspiración presidencial. Diría un crítico: va Moyano por el bronce que no tiene, aunque le sobre el oro. Más o menos la misma ambición política que hoy alberga a los dirigentes del campo en sus negociaciones con la oposición. Lema del día: si sumamos, hay un precio a pagar.
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