Como no cesa ni habrá de menguar en las próximas semanas la borrasca permanente a la que se
acostumbró el país, pensar es urgente e indispensable. Hay que afrontar la cultura de la emergencia
y la calamidad, para razonar con más vuelo.
Un país sacudido por el cambio constante de las reglas de juego ejecutado por un gobierno
cuya imprevisibilidad es sistema, debe comprender urgentemente no sólo qué pasa, sino por qué está
sucediendo lo que vivimos hace más de un lustro. La Argentina es gobernada hoy por gente que actúa
con unos códigos que es imprescindible explicitar. El adversario, que para la mirada oficial es un
enemigo, no sólo no es respetado por el Gobierno, sino que es sencillamente ridiculizado. La chanza
fácil, la broma gruesa, el clima de vodevil para describir a quienes disienten, son la
quintaesencia de una praxis orientada a obliterar todo lo que se les opone.
Para la mirada que proviene del gélido Calafate profundo, no existen agrupaciones o
ciudadanos que piensen diferente. Los Kirchner tienen una pétrea convicción en la condición militar
de la política, como un ejército en guerra. El poder oficial se muestra como tropa confrontando
“enemigos”. Su única opción es derrotarlos, sin ceder nada. Nada hay en los
“diferentes” que merezca ser atendido o considerado y, por eso, cuando la Presidenta le
pide ideas a la oposición, ella sabe mejor que nadie que lo último que estaría dispuesta a admitir
serían opiniones diferentes a las de su marido y ella. La socarronería pedante y soberbia del
oficialismo hacia disidentes y opositores proviene de un viejo componente del setentismo más
virulento: no ser “del palo” es un delito de lesa humanidad. Para el enemigo sólo
reservan un desdén profundo e incurable, empapado de odio recalentado.
El actual poder argentino responde con despecho a críticas y contratiempos, no sólo desde
diciembre de 2007, sino desde la inauguración del gobierno de quien sólo pudo llegar al cargo de la
mano y por la decisión de Eduardo Duhalde. Ese despecho es otra forma de la jactancia: lo expresa
un aparato de poder que padece profundo malestar ante quienes no se “disciplinan”.
El método central es de ramplonería notable y, sin embargo, a él se someten los oficiales del
estado mayor kirchnerista. Una y otra vez, sin temor alguno a abrumar a una ciudadanía exhausta de
tantas vueltas, operan desde la magia primitiva de los golpes de efecto. Nocturnos o bizarros,
desde extramuros o por cadena nacional, reiteran lo que hacen mejor que nadie: sorprenden,
madrugan, asombran, provocan estupefacción, descolocan.
Aman lo que hacen, adoran su –para ellos– virtuosa capacidad de
“transgredir”, ese verbo nefasto que la Argentina venera. El problema es que jamás
advierten al público que lo de ellos “puede fallar”, como siempre hacía Tusam, el
mentalista.
La búsqueda del impacto es una clara subestimación de la inteligencia del pueblo.
Abroquelados en la convicción de que sólo se puede gestionar sorprendiendo, revelan que su opinión
de la sociedad es devastadoramente peyorativa, y que sólo los débiles o necios son previsibles. Una
cortina de espesa oscuridad cubre los hechos oficiales. La destrucción de la credibilidad del INDEC
fue deliberada, consciente y entusiasta, obra de un gobierno que se considera lo suficientemente
omnipotente como para armar un escenario artificial de datos tan persuasivo que convenza al pueblo
de que las cosas no son como las vive, o como las presenta el periodismo, sino como el Gobierno
dice que son.
Este encubrimiento de datos y documentos fehacientes es una estafa colosal. Sus proyecciones
últimas se sentirán en plenitud mucho después que los Kirchner hayan completado su mandato. Una
cruenta inversión de hechos y conceptos ha convertido a este matrimonio de millonarios en los más
parlanchines difusores del odio a los ricos. En boca del matrimonio presidencial se materializa un
sortilegio notable: hablan de codicia, avaricia, mezquindad e intereses aviesos, como si sus vidas
y patrimonios fuesen de ejemplar frugalidad. Amantes explícitos de los bienes raíces y dueños de
una fortuna financiera considerable, estigmatizan a quienes tienen dinero y defienden intereses,
como si ellos fuesen pobres.
Propician de manera abierta la descalificación de esa burguesía que no controlan, pero desde
una retórica solidaria que nunca efectivizaron en su dilatado paso por la política argentina. En
ese sentido, plasman un formidable paradigma de hipocresía extrema: ni su pasado, ni su presente,
ni sus bienes, ni sus intereses son demasiado diferentes del mundo de millonarios que dicen
despreciar, pero del que participan activamente en sus dorados refugios.
Viga maestra de este modo de gobernar que hoy existe en la Argentina es el culto a una
improvisación ya casi proverbial en la adopción de decisiones. Seis años después de 2003, el país
no sale de la emergencia estructural y no zafa del corto plazo implacable. Operativos, planes,
proyectos, anuncios y convocatorias desembocan en promesas jamás concretadas, y no sólo por mera
maldad, sino –sobre todo– por evidente incompetencia gerencial. Cuando no proclaman
planes desaforados, recurren directamente a abiertas falsedades o estrambóticas interpretaciones,
que funcionan de similar manera. Los enunciados son de una frescura desconcertante, aunque
evidentemente no son sinceros.
¿Por qué tamaña audacia? Todo sucede como si, para la praxis gubernamental, distorsionar
fuera inevitable, padecimiento al que en la vida individual se llama mitomanía.
Similar procedimiento se usa para ocultar o manipular información pública y gestiones
oficiales que deberían ser de acceso público. Un sistema radial tan férreo como el kirchnerista no
sólo deja de lado a los ciudadanos, sino que ignora y excluye a las líneas administrativas y
políticas de las que se nutre una conducción.
Ausentes, omitidos, suprimidos, quienes forman parte de este gobierno parecen fantasmas a
quienes periódicamente los sacude una revelación desde el poder, de la que se notifican como
mortales habitantes del anonimato. Los sorprendidos somos todos, nosotros y ellos, las segundas y
terceras líneas, siempre con el corazón en la boca. El poder, abroquelado en un coto mínimo y
blindado, cachetea al ciudadano de a pie, así como a ministros o secretarios, manera omnímoda de
conducir que revela profundo y esencial desprecio por el “común”, exhibición de un
despotismo que ni siquiera es ilustrado.
Sarcásticos, desdeñosos, hirientes, desconcertantes, ilusorios, exhiben una llamativa
autoestima, convencidos de su supremacía y ciegos a las evidencias de una realidad que, más
temprano que tarde, les deparará algunas lecciones. Obran como si fueran eternos e inoxidables.
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