En los últimos días dos notas periodísticas sacudieron un poco el ambiente de la literatura argentina juvenil. No fue un terremoto importante pero el artículo de Patricio Pron en la revista española Etiqueta negra fue, por lo menos, una novedad. Allí, bajo el subtítulo Una gira supuestamente divertida con escritores argentinos que jamás volveré a hacer, el escritor rosarino residente en Europa destruye a los colegas que lo acompañaron en la presentación en Madrid y Barcelona de la antología La joven guardia. El tono de Pron es castizo, es decir altisonante y efectista, pero consigue ser lapidario. Su impresión sobre los otros autores (al menos sobre los tres varones, porque a la única mujer la describe como a una especie de autista) es que se trata de unos patanes cuyo único interés es abrirse camino para ganar la mayor cantidad de dinero posible, de provincianos ignorantes que pasan papelones públicos. “Las presentaciones habían sido en sus mejores momentos, apenas contradictorias e incomprensibles y, en los peores, simplemente escandalosas y habían dejado un tendal de opiniones negativas de sus asistentes en blogs y en prensa.” Una frase del artículo resume la indignación del cronista: “Alguien tendría que haberles dicho que la literatura consiste en leer y en escribir libros. Pero nadie lo había hecho y yo estaba demasiado ocupado tratando de averiguar dónde, en qué punto del camino, la literatura argentina se había jodido para siempre.”
Digamos al pasar, que la transcripción de dichos privados de sus compañeros le ha valido a Pron la acusación de traidor y de espía. Por otra parte, sus conclusiones son tremebundas, pero no queda claro si se limitan a cuatro individuos o se extienden a una generación, a un oficio o a la Argentina toda. No hay duda de que Pron exagera. Vargas Llosa tenía razones para preguntarse cuándo se jodió el Perú en Conversación en La catedral, pero no hay ninguna prueba de que la literatura argentina se haya jodido más que el país en general. En ese sentido, la otra nota periodística viene a arrojar alguna luz sobre el tema. Apareció en Crítica el sábado 11, está firmada por Iván Schuliaquer, se titula De qué viven los escritores argentinos y la ilustra una foto del escritor Félix Bruzzone caracterizado como limpiador de piletas de natación (su trabajo alimentario). Según Schuliaquer, la cantidad de escritores argentinos que viven de la literatura no supera la decena. Y, como si esto fuera poco, los que lo hacen de la escritura en general (periodismo, traducciones, docencia) tienen enormes dificultades para llegar a fin de mes. Cotejando los dos artículos, surge una pregunta tan ingenua como sin respuesta evidente: ¿por qué hay gente tan ambiciosa materialmente, tan interesada por el dinero en una ocupación que difícilmente llegue a satisfacer necesidades económicas modestas?
Para terminar de sembrar la confusión, me gustaría referirme a otro hecho reciente, esta vez la publicación local de El camello, de Gerald Tywhitt-Wilson o Lord Berners (1883-1950) por parte de la La Bestia Equilátera. Esta nueva edtorial no se especializa en zoología sino, al menos hasta ahora, en delicatessen británicas ya que han publicado también a Muriel Spark y a Julian Maclaren-Ross, además de una obra de Luis Chitarroni que se llama, apropiadamente, Mil tazas de té. Berners fue un señor noble y millonario consagrado al ocio y a la practica de la literatura, la pintura y la música, según nos explica el prólogo de Matías Serra Bradford. La edición de El camello, una miniatura inquietante, de discreta y alevosa perversidad, parece la contracara exacta de ese mundo de escritores menesterosos y desesperados. ¿Es que hay una literatura de los pobres y otra de los ricos? Esa vieja pregunta vuelve a acecharnos.
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