Al llegar a la Feria del Libro lo primero que se ve es una multitud alienada que deambula en un
espacio enorme, agorafóbico. Es difícil imaginar qué buscan esas personas que pagan entre 10 y 13
pesos la entrada. ¿Circular durante horas entre kioscos que tienen menos material que las
librerías? (Hay incluso varios que, para estar a tono con el momento histórico, son meramente
“testimoniales”: están vacíos pero dan fe de la existencia de un país o de una
institución.) ¿Asistir a presentaciones de libros que bien podrían no haberse escrito? ¿Empaparse
de cultura por algún mecanismo osmótico? Por supuesto que esa descripción prejuiciosa vale para el
público general. Los profesionales, en cambio, saben lo que van a hacer allí. ¿Saben?
Hablo con mi amigo el editor independiente y me cuenta que tiene un stand con otros seis
colegas. Novato en la materia, no está seguro de que la iniciativa le sirva para algo: el puesto es
chico, está mal ubicado y él espera el fin de la Feria para ver si dio algún resultado. Hablo con
mi amigo, otro editor independiente, y me dice que tras alguna participación en años anteriores,
este año ha optado por abstenerse. Lo considera una pérdida de tiempo y dinero. No es el único. El
alquiler de un stand puede llegar a los 200.000 pesos y hay que contar los gastos de instalación y
de personal. Le pregunto por sus colegas de mayor envergadura y me contesta que ninguno gana dinero
con las ventas en la Feria y que la presencia de las grandes empresas obedece a razones meramente
promocionales. Es un secreto a voces que las ventas vienen disminuyendo en los últimos años y que
la masividad de la concurrencia es inversamente proporcional a la tendencia de cada individuo a
desembolsar dinero. Para utilizar una palabra de la jerga turística, el público de la Feria es
decididamente “gasolero”. Hablo luego con mi amigo el librero y me asegura que para él
no tiene sentido establecer una sucursal transitoria en Palermo. Agrega que de las librerías que
participaban en la Feria en años anteriores, este año queda una sola. Sólo las distribuidoras de
saldos siguen allí.
A la deserción de editoriales y librerías se agrega la de países y una merma en la presencia
de celebridades extranjeras. Ha trascendido que los cachets de Vargas Llosa y de Umberto Eco
resultaron impagables. Es que la Feria está pobre, el país está pobre y el mundo está pobre; una
combinación letal. Pero además se comenta que, al menos en los primeros días, la asistencia no fue
tan numerosa como otros años, cuando los récords de público y la excesiva duración del evento
compensaban la merma en el gasto per cápita y le permitían a los expositores recuperar parte de los
costos. Resumiendo: más allá del propietario del lugar, de los organizadores y acaso de los bares y
restaurantes es difícil pensar en alguien que obtenga dividendos económicos directos de la Feria.
Si las cuentas tuvieran la deferencia de sincerarse, la Feria podría servir para trasparentar
dos crisis interrelacionadas. Una es el inminente colapso de la economía argentina, que la
propaganda y las estadísticas oficiales apenas alcanzan a maquillar. La otra es la de la industria
editorial. Los libros, tanto los nacionales como los importados, han subido de precio de un modo
importante, con la consiguiente disminución en los lanzamientos y las tiradas. Peor aun, el precio
del papel se ha disparado y, con el achicamiento del mercado, para las multinacionales del libro ha
perdido buena parte de su atractivo imprimir en el país. Sin hablar de las amenazas tecnológicas,
el panorama librero es sombrío por donde se lo mire. Más que “pensar con libros”
–el lema de este año de la Feria– habría que pensar seriamente qué hacer con los
libros.
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