El mapa político de un país puede pensarse bajo prismas cartesianos o empíricos. El primer criterio auspicia el estereotipo de un partido de centroizquierda y otro de centroderecha; así, en Estados Unidos están los demócratas y los republicanos o en España el PSOE y el PP. Insistir en esa solución para nuestro caso implica ignorar la importancia de las tradiciones y los atavismos domésticos. No es posible establecer cartabones con ortopedias forzadas ni con prótesis abstractas diseñadas en un laboratorio, por más que esas categorías se hayan revelado eficaces en otros países. Hay modalidades o supersticiones locales a las que es preferible resignarse.
La Argentina funcionó, en los hechos, durante más de medio siglo, como un tripartidismo imperfecto: el peronismo, con una clientela arraigada en las clases trabajadoras; el partido radical, con fuerte penetración en las clases medias y, por fin, el partido militar (como lo denominaba Robert Potash), que era llamado por las clases más aventajadas cada vez que saltaban los tapones. Así, todas las clases sociales estaban de algún modo representadas por sus respectivos “partidos”. Con Menem se produjo un doble fenómeno de fusión y disolución: por un lado capturó a las clases más altas e incluso incorporó a su gobierno a la familia Alsogaray; por el otro, desapareció la posibilidad de los golpes de Estado. De este modo, partido peronista y partido militar (con sus respectivas clientelas) quedaron mimetizados y en algún sentido disueltos. Con De la Rúa, que fue una suerte de fleco tardío del menemismo, el partido radical también se plegó a ese amasijo: las tres individualidades quedaron confundidas y anuladas. Por eso, cuando ese esquema saltó por los aires, en 2001, el poder quedó mostrenco, boyando, suspendido como polvo en la nada. Al cabo de varios años de tanteos y experimentos, como si la novedad hubiera que buscarla en los tachos de basura, estamos asistiendo al espectáculo inesperado del renacimiento de los partidos radical y peronista.
El radicalismo solo no alcanza para articular un mapa político, necesita su contrapeso, su contrafigura, su reverso, de manera tal que el peronismo acude a ocupar ese lugar. Por eso, lo pertinente no es combatir al peronismo, ni ensañarnos en resaltar ciertos rasgos fascistas que jalonaron su historia, sino alentar su reconfiguración. Pero además, como el radicalismo mantiene su mayor gravitación en las clases medias más bien progresistas, el peronismo deberá abarcar a su tradicional clientela, la clase trabajadora, pero también a las clases altas. ¿Qué otra cosa era el viejo Partido Conservador sino una aristocracia dinamizadora con gran penetración en las clases pobres? ¿No era el caudillo conservador Robustiano Patrón Costas el ídolo laico de Perón? ¿No se llama acaso Partido Popular la centroderecha española? ¿No fue Solano Lima, del Partido Conservador Popular, el vicepresidente elegido por Perón para acompañar a Cámpora en la fórmula de 1973? ¿No apuntan Macri –votado principalmente en Recoleta y Villa Lugano–, el millonario De Narváez y quizá también el estanciero Reutemann a reconstruir esa alianza entre capas bajas y altas?
El nuevo peronismo debería volver a la utopía de la movilidad social ascendente y renunciar a su hábito de ayudar a los pobres con dádivas. Conquistar prosélitos y no asegurar votantes cautivos. Más seducción y menos “aparato”. Más trabajadores que migren hacia las clases medias y menos barrabravas. Como propone cualquier centroderecha sensata, el Partido Republicano en los Estados Unidos o el PP en España, el peronismo de la próxima década deberá alentar y no combatir al mercado. Este sería el novedoso esquema bipartidista en el que el peronismo dejará de ser una palabrota para las clases altas, que mutarán de enemigo a vanguardia. De ser así, como en una aporía aleatoria, el hijo putativo descarriado volverá a su antecedente intrauterino, el conservadurismo decimonónico, pero ya despojado de la mácula del fraude. Borges dejará de recordarnos que son incorregibles y el gorilismo pasará a ser una leve pieza museística.
*Escritor y periodista.
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