A la secuencia final de una campaña modelada por ShowMatch y que se desarrolló con un estilo y
un discurso de tribuna enardecida, le cabe la definición de Match Point. Y al hacerlo, también se
evoca el sentido que le dio Woody Allen a su película homónima: el vaivén de una pelota que en la
volea final, se mece en cámara lenta sobre el filo de la red, sin saber de qué lado quedará.
A una semana de las elecciones, hay match point en dos de los cuatro distritos electorales
decisivos y allí también el recorrido final de la pelota determinará no sólo un ganador sino un
posible porvenir. Salir primero o segundo repartirá alegrías y tristezas, pero no despejará
incertidumbres. Tal como está fragmentada la elección, con liderazgos personales que no responden a
fuerzas políticas organizadas nacionalmente y con resultados quizás ajustados, nos perderemos en un
estéril debate acerca de quién ganó. Y todos dirán que ganaron.
La campaña termina como empezó: salvo honrosas excepciones, con vacío de propuestas y
groseras descalificaciones del contrincante. La pelota está en el filo de la red y soplan vientos
cruzados. El Gobierno embarra la cancha de la oposición y la oposición se crispa a sí misma por las
fotos de Cobos con De Narváez o las que éste omite con su aliado Solá.
No hace falta el resultado final para saber que todo será distinto, entre otras cosas, porque
el Gobierno nacional no tendrá la mayoría legislativa que lo acompañó estos seis años. Dos caminos
posibles: uno indeseable, del regodeo en la pelea eterna que exacerbaría aún más este clima
venenoso y personalista del todos contra todos; y otro, más virtuoso, que nos permitiría saldar la
discusión como cuadra en democracia, defendiendo y a la vez cediendo posiciones propias para
arribar a consensos y acuerdos estratégicos sobre el futuro del país. Esta opción le devolvería
nobleza a la política y tranquilidad a una sociedad que hoy percibe que sus preocupaciones y deseos
no forman parte de las discusiones de la dirigencia.
Lo incierto del panorama incluye también a los liderazgos futuros. Algunas combinaciones
probables:
Si Néstor Kirchner gana y Carlos Reutemann pierde, Daniel Scioli más que Kirchner podrá
robustecer sus chances de ser el próximo candidato a presidente frente al candidato de la
coalición, hoy opositora.
Si, por el contrario, Reutemann gana y Kirchner pierde, una parte importante del peronismo
impulsará un proceso de internas para ungir al santafesino como candidato presidencial en 2011.
Ese resultado, asimismo, acabaría probablemente con el coqueteo que, sin mucho espesor
ideológico y bastante oportunismo pragmático, algunos peronistas vienen practicando con Mauricio
Macri. A nadie se le pide explicaciones en estas épocas tan raras, pero sería importante ofrecerlas
alguna vez. De todas maneras, a Macri se le haría más cuesta arriba que a Reutemann u otro
gobernador o dirigente peronista de peso la tarea de aquietar las aguas del PJ, propiciar un
proceso de reorganización interna y ser elegido como primus inter pares en ese proceso. Cabe
imaginar que si las circunstancias hicieran que un sector del peronismo impulsara a Macri como
candidato, otra porción del peronismo no se sentiría representada y se dispersaría en otras fuerzas
políticas o se reuniría alrededor de una liga de gobernadores con candidato propio.
Del lado de la oposición no peronista, unos resultados deslucidos de Alfonso Prat-Gay en
Buenos Aires, de Margarita Stolbizer en la provincia, pero una victoria de Rubén Giustiniani en
Santa Fe fortalecerían las posibilidades de Hermes Binner como candidato presidencial de esa
coalición si sus dirigentes tienen la inteligencia de mantenerla viva. El radicalismo podría
intentar promover a Julio Cobos, si su buena estrella sigue centelleando.
Ninguno de esos u otros resultados posibles despejan las dudas más profundas acerca de
nuestro débil sistema político y eso importa más que un vibrante match point o una película
inteligente. Para darles nuevos aires a nuestras instituciones, debemos asumir que habitamos la
misma casa común y que como dirigentes, militantes, simpatizantes o simples interesados en la cosa
pública, lo que dignifica nuestra vocación es su capacidad de forjarle un destino al país y no la
de divertir a una tribuna. Esa es la primera tarea post electoral. Por más naif que suene, siempre
será preferible sentarse en la silla del ingenuo que mirar desde un atalaya el entierro de una
Nación.
* Ex jefe de gobierno porteño.
NOTA
En la contratapa de la edición de ayer, Jorge Fontevecchia tituló Match Point su habitual
columna. Tres horas después del cierre, llegó ésta de Jorge Telerman, titulada del mismo modo y
también apelando a la película de Woody Allen. Sólo se le agregó un “II” al título.
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