En el mismo día clave de elecciones, el golpe de Estado volvió a América latina. En Honduras,
civiles y militares volvieron a enfrentarse.
En la Argentina, el 65 por ciento de los 28 millones de electores votó por la división
política. Ninguno de los dos hechos (la elección y el golpe) tiene que preocuparnos demasiado
mientras podamos felicitarnos por haber recorrido 26 años votando. Simplemente, conviene estar
atentos a la dispersión nuestra.
Muchos de los votos de ayer (por expresiones de la gente) parecieron emitirse en contra de
algo. Se escuchó decir que se votaba por Kirchner porque “los otros” aumentarán los
precios a partir de hoy (lo escuché el sábado, dos veces).
Escuché decir que se votaba por la oposición contra Kirchner: “Aunque, le aclaro, son
todos la misma porquería”, dijo un señor (ayer a mediodía en Barracas).
No nos olvidemos de ayer, que hemos visto candidatos servilmente sometidos a un poder central
autoritario, otros que siguieron a quienes ostentaban su fortuna en forma casi obscena, un sector
que se amparó en una historia partidaria cada día más lejana y una enorme comunidad política que no
contribuía con una sola idea de aliento futuro para una sociedad que está por cumplir dos siglos
como país.
La fragmentación del cuerpo político de ayer, representada por 1.915 candidatos de 713
partidos, no es de temer. Nada dice que tenemos que limitarnos a dos o tres partidos como si
fuéramos europeos, que no somos, si en plaza hay más de setecientas variantes de pensamientos
políticos.
Nuestro mayor problema es que ayer todos los que votamos emitimos el equivalente de 151
patentes de corso (para utilizar una frase casi elegante, por no decir licencias de chorros) a
personas aspirantes a bancas (127) en Diputados y (24) en el Senado, además de representantes
municipales. A eso ha llegado el voto en nuestro país. Las elecciones por las que nos congratulamos
tienen una alta participación por ser obligatorio el voto. Ahora tenemos que preguntarnos cuántos
ciudadanos realmente salen a votar con ganas. Quizá debamos empezar a ver la emisión del voto como
la aprecian los cerca de 22 mil detenidos en todo el país que pueden votar y aprovechan la ocasión
como un raro privilegio. El voto puede ser un derecho, es una obligación, también es un privilegio
que hay que disfrutar dado que hubo tres generaciones argentinas que no siempre lo tuvieron. A
partir de ayer, más que nunca desde octubre de 1983, conviene a los argentinos pensar cómo seguimos
construyendo constitucionalidad.
Puede ser mucho pedir, pero pensemos que éste va a ser el mejor momento para que los mismos
diputados electos y sus aliados, a quienes se les permitió permanecer pegados a sus bancas un par
de años más, tengan que encarar una reforma del Congreso Nacional. Es imprescindible que todos los
jefes de bloque (incluso esos unipersonales que usan la palabra “bloque” sin aclarar si
es referencia a sus cerebros o sus escritorios) se comprometan a cambiar, vigilar, corregir, la
labor de sus miembros. No se debe continuar con actitudes serviles al estilo de heroicos
chupamedias como el santafesino Agustín Rossi, que nunca aclaró si actuó por obediencia ciega o por
principios. El nuevo Congreso debe ser soberano. Es hora de reforma política.
Es la hora para que el público, la gente, el pueblo, se sienta parte del poder político y
responsable de su organización. El rechazo de la Resolución 125 el jueves 17 de julio de 2008 (al
margen de quienes votaron a favor o en contra) puede tomarse como muestra de responsabilidad del
Congreso Nacional. Pero una noche caliente de invierno no hace verano.
De última, quizá sea sólo una elección presidencial que produzca la catarsis que el cuerpo
político y la Nación necesitan. Por ahora tenemos que ver de qué sirvió esta elección por la que se
pelearon muchos que produjeron poco.
Si no hay cambios, la gente, o si preferimos el pueblo, o si nos parece más elegante el
público, puede llegar a leer con entusiasmo al poeta y cronista inglés G.K. Chesterton (1874-1936)
cuando dijo: “Es terrible contemplar cuán pocos políticos van a la horca”.
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