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La muerte de un escritor

Arriba de tres veces no lo traté. Y sin embargo la noticia de su muerte me lastimó como lastiman las cosas más personales. Primero supe que se había muerto y sólo después, un rato después, supe que se había matado. Fue lo mismo que enterarme por dos veces de esa muerte; una misma noticia me sorprendía dos veces, me consternaba dos veces. “Se murió Gabriel Báñez” y “se mató Gabriel Báñez”.

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Por Martín Kohan | 17.07.2009 | 23:29

Arriba de tres veces no lo traté. Y sin embargo la noticia de su muerte me lastimó como lastiman las cosas más personales. Primero supe que se había muerto y sólo después, un rato después, supe que se había matado. Fue lo mismo que enterarme por dos veces de esa muerte; una misma noticia me sorprendía dos veces, me consternaba dos veces. “Se murió Gabriel Báñez” y “se mató Gabriel Báñez”. Yo lo había visto dos o tres veces, como digo, pero lo había leído mucho más. Pasé mi tiempo con Hacer el odio, El curandero del cuarto oscuro; Paredón paredón. Leí el último de sus libros: La cisura de Rolando, sin saber que era suyo. Mi empleo como jurado del concurso Letrasur me procuró esa experiencia: la lectura un poco a ciegas, bajo la regla del anonimato, con la postulación foucaultiana de que “no importa quién habla” hecha realidad al menos transitoriamente. Me incliné por La cisura de Rolando sin saber que era de Báñez. Me entusiasmó, y al mismo tiempo me alivió verificar que Juan Sasturain y Claudia Piñeiro, los otros dos jurados de ese concurso, coincidían con mi parecer, porque soy flojo de carácter y me intimida la disidencia. Después, la regla del anonimato cesó y pudimos volver a la certeza de que sí importa quién habla, importa mucho. Entonces abrimos el sobre y supimos: el libro era de Báñez. Para ese entonces, octubre del año pasado, yo no lo había visto nunca, nunca había tratado con él. Y sin embargo la noticia de que había ganado el premio me procuró una satisfacción como la que procuran las cosas más personales.
Jamás se me ocurrió preguntarme, sin dudas para evitar la frustración, si hice o no algún aporte a la literatura argentina. Puesto a pensar, sin embargo, mencionaría haber reseñado las primeras narraciones de Juan José Becerra, de Gustavo Ferreyra, de Washington Cucurto, cuando no se los conocía o se los conocía apenas; o haber escrito sobre Mario Bellatin, que no es argentino pero sobre la literatura argentina incide, cuando aquí estaba todavía inédito. Pero no fue hasta la mañana en que me enteré de que Gabriel Báñez se había muerto que se me cruzó por vez primera una idea así por la cabeza: que con ese tercio de decisión que me tocó tomar a propósito de La cisura de Rolando, le había aportado algo a la literatura argentina.
Así fue que lo conocí, por tres días en Puerto Madryn. Nuestros dos retraimientos congeniaron sin tocarse. Me acuerdo bien de lo que dijo cuando subió al estrado a recibir el premio y le tocó hablar. En su definición terrible de la facilidad para el fracaso o en su descripción implacable de lo que es una vocación de escritor desapercibido era difícil escindir, o era imposible, la risa prevaleciente del trasfondo de amargura. Me acuerdo que pensé: “Un escritor de veras”. Para mí un escritor de veras es el que entiende hasta qué punto la literatura se relaciona siempre con el fracaso y transcurre siempre en lo desapercibido, incluso, o sobre todo, cuando tiene “éxito” o cuando gana “notoriedad”.
La noticia de su muerte cayó en días muy dominados por otras noticias de otras muertes. La industria del espectáculo es tan prolífica en grandes genios que se da el lujo de perder a uno o a dos por semana; en la literatura, en cambio, genios hay pocos, apenas tres o cuatro en un siglo, pero a cambio nos abocamos con fruición a detectar a los escritores que son buenos o que son muy buenos. La industria del espectáculo devora a sus muertos: los vuelve espectáculo. Monta sepelios con venta y reventa de entradas, junta multitudes en estado de shock, reactiva el merchandising correspondiente, cultiva el morbo y de inmediato lo vende. Multiplica hasta tal punto la presencia de sus muertos en pantalla que termina por despertar el imaginario colectivo del fantasma o de la resurrección, porque los vuelve más presentes en la muerte que en la vida. Que incluso la muerte se convierta en espectáculo es lo que en definitiva garantiza que el espectáculo no morirá. No es que “deba seguir”, es que de hecho sigue. A golpes de estridencia y de devociones nimias, sigue de hecho, aunque no deba.
Sorprende un poco que se piense a la literatura plegándola con tanta frecuencia a esa clase de lógica, y que por ende existan quienes aspiran a estrellatos y marquesinas entre libros y en las letras. La noticia de la muerte de Gabriel Báñez me llega con el barullo de fondo de las muertes-espectáculo de los muertos del espectáculo. Y me envuelve en un murmullo, en la delicada discreción de un murmullo, que es para mí la cifra misma de la literatura.

 
 

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