Fervor religioso merece el interés que despertó en el país la última inquietud general por la
“libertad de expresión”, a partir del envío al Parlamento de una nueva ley de
radiodifusión (que, en verdad, lo que debería salvaguardar es la posibilidad de que el ciudadano
común acceda a las más diversas fuentes de información, lo que por obvia naturaleza no proveen los
monopolios privados o públicos).
Brotó con el tema una urticaria repentina por la causa de la “libre expresión”,
sin distinción de clases y ardiendo los dos sectores en pugna, el del Grupo Clarín (que parece
representar a los privados) y el del Gobierno (que parece representar al Estado): todos invocando,
de repente, la protección del ejercicio periodístico, del libre albedrío, de las profesiones
independientes.
Así lo dicen, por lo menos, en foros ad hoc, en solicitadas, en el Congreso y hasta en
concentraciones callejeras regadas con fernet (hábito más de cancha de fútbol, de barra brava, que
de pobres o indigentes, por describir la índole de simpatizantes que recoje el kirchnerismo). Y
hasta dicen defender en ese raid a la propia e innominada gente por eventuales ataques totalitarios
de los rivales. Todos predican con el mismo y repetido mensaje, como si en una boca tuviera más
validez que en otra.
Tanta generosidad y preocupación de los protagonistas obliga a la sospecha, a que los
desconfiados de siempre consideren esas manifestaciones como una farsa o el denodado esfuerzo de
poderes diferentes para no perder privilegios en un caso y, en el otro, para adquirir nuevas
ventajas. Pocas veces, en rigor, se ha visto una pugna tan cruda y descarnada en la Argentina,
naturalmente hipócrita.
Los buenos no existen
No alcanza el tiempo para que una minoría de periodistas –y el resto de los atónitos
ciudadanos– agradezca esa voluntad doble y contradictoria de los dos guerreros por garantizar
una póliza para la conciencia laboral –hasta ahora infrecuente en la Argentina–, esa
curiosa solidaridad que ahora ofrecen dirigentes, políticos, asociaciones y funcionarios, hasta
hace poco caracterizados por la costumbre de guardar silencio, ominoso o discreto, ante el
arbitrio.
Sea privado o público. Parece un cambio, si uno desea creer en la flamante palabra que se
vuelca. Por ejemplo, ahora el Grupo Clarín y ciertos empresarios denuncian anomalías o delitos del
Gobierno cuando antes se tapaban los oídos ante una sola mención de una irregularidad oficial. Más,
se abrazaban con ministros empapados en sospechas, consintieron a pie juntillas sus excusas y los
enjuagues judiciales que inicialmente los redimen. Así han vivido. Incluso, hasta podrían disculpar
su indiferencia por la prioridad del negocio audiovisual que dominan: el entretenimiento, sobre el
que dificilmente la censura proceda, ya que a nadie asustan los románticos teleteatros, los
exitosos Susana Giménez o Marcelo Tinelli, los concursos o los programas chismosos.
Quienes justamente se han especializado en evadir noticias e información, episodios que
podrían comprometerlos frente al poder, ahora en cambio se asumen para velar por la más plena
libertad de expresión de los medios, de sus contenidos, de quienes trabajan en ellos. Raro el
perfume de primavera en invierno.
Misma causa libertaria juran representar, enfrente, los agentes públicos del kirchnerismo,
esos que atravesaron más de un lustro presumiendo del capricho de no atender al periodismo
–bueno, ahora persiste la misma práctica–, en negarle información y trabajo a quienes
lo solicitaban, mientras a su vez le brindaban exclusividades sólo a medios colaboracionistas
(propios o dóciles, como los que hoy los combaten), compartían pizza y champagne en Puerto Madero
por no mencionar amistades y concupiscencia.
Esa escuela Kirchner del desprecio profesional, sectario, incluso hizo arriesgar los deberes
de funcionario público de sus designados: puede decirse, sin dudas, que los encargados en distintos
rubros de prensa jamás se ocuparon de su tarea específica. Quienes entonces se prodigaron para
exaltar la no prensa, hoy en cambio se ofrecen como adalides de la “libertad de
expresión”. Cuesta aceptar este pregón oficialista, es como preguntarse si a Néstor Kirchner
uno le compraría un auto usado.
Una voz en el teléfono
Condenados a esa perversa realidad de intereses, viene ahora un alud desde la política: Eduardo
Duhalde pidiendo pista (apremiado por intendentes y delegados del interior del país), mayor
protagonismo de Julio Cobos, neutralidades presuntas (¿Daniel Scioli?, ¿Hugo Moyano?), cambios de
camiseta, apertura de libro de pases, distancias prudenciales (Carlos Reutemann). Lo que se dice
Fútbol de Primera. Por supuesto, no es el contingente oficialista que, conducido por Néstor, hará
campaña contra los destituyentes que avanzan y si puede incorporará nuevos empresarios para su
gesta mediática (propios o ajenos). Conflicto en terreno resbaladizo, aunque no en plano inclinado
todavía en lo económico o en lo social (a pesar de que a mayor cartel francés de los Kirchner menor
respaldo de la población en las encuestas). Se diría que todos buscan una colisión, un impacto, un
desenlace, lo más inmaduro de la historia argentina.
Preventivamente, a menos que se crea en una sudestada milagrosa que sacude la conciencia
privada y pública de la Argentina a favor de la “libertad de expresión”, lo que se
discute en el Congreso son negocios: de televisión, de telefonía, de radio en menor medida, de
cables y aire, de no pago de impuestos, de mejores porciones de mercado. Lo otro es un disfraz.
Veamos algunas perlas:
◆ ¿Acaso hay quien piensa que la segura pérdida del 30% de los ingresos de Clarín pasan por la protección de sus periodistas o porque le arrebataron la concesión monopólica del fútbol? No es una pregunta.
◆ ¿Alguien supone neutralidad del Gobierno en el affaire Telecom, en la forzada venta que le aplican a los titulares italianos? Tampoco es una pregunta. Y menor aún es la voluntad oficial para que el nuevo adquirente no sea –junto a los ya establecidos Werthein– parte del grupo Eurnekian que capitanea su segundo, Ernesto Gutiérrez.
Tampoco es casual la resistencia de esos socios peninsulares en venderles su parte a Gutiérrez:
ya le rechazaron una oferta en la cual, de inicio, pretendía aportar 50 millones de dólares y,
luego, completar el resto de la deuda expatriando ganancias al estilo YPF con Repsol. La hostilidad
con Gutiérrez no pasa sólo por el precio, lo sindican con los doble V como demasiado cercano a la
pareja Kirchner que los acosa. De ahí que gozaran cuando Clarín, esta semana, se solazó con la
“libertad de expresión” que se atribuye (del mismo modo que esa misma “libertad
de expresión” no fue contemplada en otros medios) y reveló detalles de una añeja
investigación que le imputa al empresario una responsabilidad intelectual con un crimen cometido,
en su momento, contra un policía bonaerense, hermano del actual intendente de Quilmes.
Fútbol para casi todos
Al margen de culpabilidades, demasiado mal gusto con un factótum del Council of Americas, con un
preferido de la lobbista Susan Segal. Pero no será éste, seguramente, el único asesinato irresuelto
y en danza en esta batalla por la “libertad de expresión”.Convendría observar otro
costado de la operación Telecom: es probable que aparezca en el ruedo otro o más jugadores para la
compra de las tenencias italianas, quizá una complicación para los sueños de Kirchner si se
produce. Hasta ahora, estaba convencido de que los italianos no le venderían a Clarín (no le
alcanzan los fondos, menos ahora) por vieja enemistad y límites legales, casi las mismas razones
jurídicas por las cuales no ingresaría como ofertante Carlos Slim (por extranjero), a pesar de que
este afortunado empresario mexicano (el más rico hispanoparlante de este continente) pasó el último
fin de semana turístico por Buenos Aires, confesó que no le gustó una entrevista que en su tierra
tuvo con Gutiérrez pero sí conversó en el Tigre, de buen talante y con obvia afinidad, con uno de
los gobernadores más dilectos del corazón Gutiérrez-Eurnekian: Daniel Scioli. No trascendió el
contenido de esta reunión, como es de suponer.
Luego que el reparto gratuito del fútbol alentara ciertas expectativas empresarias no
allegadas a Clarín, más bien confrontadas, el optimismo abortó de pronto. Una muestra: Daniel Vila
–asociado en varios medios y América TV a Francisco de Narváez, otra vez jaqueado desde el
Gobierno por una cuestion judicial, y al ex ministro José Luis Manzano–, quien se despachó
con furibundo e inédito discurso antigobierno, destacando en su oratoria una oposición a la Ley de
Medios que, entiende, favorecerá a las telefónicas. Léase España, léase Telefónica, otro capítulo
del negocio al cual no acceden la mayoría de los argentinos.
Una semana antes, gracias al fútbol gratuito, Vila aparecía como un eventual sucedáneo de los
retazos perdidos por el Grupo Clarín y del brazo del ministro Aníbal Fernández. Alguno leyó mal las
escrituras o éstas cambian con insólita velocidad.
Néstor, el programador
Si progresa la ley Kirchner, Telefónica (y España) podría ser más poderosa en servicios (triple
play), a cambio seguramente del desprendimiento de Telefe, ese canal que siempre encendió la mirada
codiciosa de Néstor (quizá por su falta de compromiso con el periodismo y su afinidad sólo con los
locutores), menos quizá que Canal 9, al cual muchos creen que ya poseyó incorporando íntimos en su
plantilla directiva. Por lo tanto, Telefe podría salir al mercado y, de nuevo, el ex chofer Rudy
Ulloa, tan próspero como su patrón, podría aventurar una oferta de nuevo para adquirirlo. Igual que
las nuevas normas, por ejemplo, determinaran que el Grupo Clarín tambien debe entregar Canal 13 a
la venta. Por este tesoro obtenido gracias a la permisividad de Carlos Menem, Kirchner haría
participar a capitalistas conspicuos por el momento ocultos.
Son muchos los que desde ambos lados juegan al oscurantismo, hasta la espera de un haz
iluminador. De los negocios, claro, a menos que uno crea que esta revulsión entre Gobierno y
Clarín, también entre empresarios y políticos –cuyo epílogo es impredecible, aunque tiene
antecedentes–, está vinculada con finalizar con una ley que “viene de la
dictadura” y que pretende instalar, de una vez y para siempre, la “mejor libertad de
expresión”.
Vuelvo, tres días después y noto, con pesar, que en una excelente columna como ésta, no hay más de tres comentarios.
Señal de que muchos de los que aúllan al viento, en otras noticias, son unos perezosos intelectuales.
Cuando ven que deben esforzarse un poquito después del tercer párrafo, se van a otro lado donde volcar su veneno.
Una lástima...
Después se quejan cuando los tratan de brutos.
Como siempre Roberto apunta en la dirección correcta desnudando la conducta sinuosa y la falta de autoridad moral de empresarios codiciosos que hoy se rasgan las vestiduras compradas con las sinecuras otorgadas por Kirchner. Pero detrás de esta oscura maraña de intereses (que hay en todas las latitues)asoma la fuerza de la Internet como genuino canal de la verdadera libertad de expresión y ahí está el real peligro de una legislación con excesivo poder del gobierno que permita restringir el uso de este medio como ocurre en China o Cuba.
Buena columna, García, sumamente esclarecedora.
Debería ser de lectura obligatoria para todos los que pretenden opinar, al menos aquí, sobre el tema.
Lo digo porque se lee a cada ignorante-opinante, que hace crujir (por no decir: ¨doler¨)la entrepierna.
Gracias.
Estimado Sr. García: excelente artículo; si le sirve de algo, le comento que dejé de leer «Ámbito Financiero» cuando Ud. dejó de dirigirlo, ya no era lo mismo; cordialmente.-
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