Como se sabe, algo imprevisto ocurrió después de las elecciones: el Gobierno recuperó la
iniciativa a pesar de la derrota. Tras ratificar a sus funcionarios más cuestionados e insistir en
sus políticas menos felices, en pocos días consolidó sus filas, obtuvo éxitos legislativos,
maltrató aún más al campo, engañó a los que creían en el diálogo y hasta se apoderó del fútbol.
Hoy, mientras se encaminan a lograr la aprobación de la Ley de Servicios de Comunicación
Audiovisual, los kirchneristas andan eufóricos mientras que sus oponentes lucen desconcertados e
impotentes y sólo se consuelan pensando que todo cambiará cuando asuma el nuevo Congreso. Pero ésa
puede ser perfectamente otra ilusión. La derrota resultó para Kirchner mejor que una victoria.
Antes de las elecciones, hasta el Gobierno creía que el triunfo obligaba a hacer algo para
garantizar un triunfo posterior, so pena de ser derrotado en algún momento. Ese mito ha caído: ya
no es necesario ganar para ejercer el poder y, por lo tanto, no hay que preocuparse por ser votado.
Basta tener una base firme, seguir adelante y tocar los resortes necesarios. Lo ocurrido en
estos dos meses demuestra que las elecciones son más bien irrelevantes y el hecho de que el 70 por
ciento del electorado haya votado contra el matrimonio presidencial no impide que éste, en lugar de
cambiar de rumbo, se dedique a “profundizar el modelo” tomando medidas cada vez menos
consensuadas. Se podrá argumentar que esa decisión tiene límites temporales como la pérdida de la
mayoría parlamentaria o, en última instancia, las próximas elecciones presidenciales. Pero no es
necesariamente así. Y la razón es que la Argentina ha entrado en una fase de su historia política
para la que no sirven las reglas anteriores. Esa fase no tiene un nombre preciso: no es
técnicamente una dictadura, pero no es una democracia porque la alternancia en el gobierno está
pasando a ser una posibilidad cada vez más remota. Muchos comienzan a creer que los Kirchner
seguirán en el poder por varias décadas, según es su propósito. ¿Por qué ocurrió esto? Creo que
nadie lo sabe exactamente, ni siquiera el Gobierno, al que el panorama se le abrió de modo
inesperado tras un par de jugadas audaces. De un día para el otro, un enemigo supuestamente temible
como el Grupo Clarín demostró que no era más que un tigre de papel, incapaz de defender sus
negocios más rentables.
De un día para el otro, el Gobierno se dio cuenta de que por más irritación que despierte en
la mayoría de los ciudadanos, por más desacertada que sea su gestión y por más crítica que devenga
la situación social, es dueño de los recursos verdaderos del poder. Su enorme aparato, reforzado
por alianzas con una cantidad suficiente de gobernadores, intendentes, empresarios, sindicalistas y
académicos amigos le permite seguir utilizando arbitrariamente el dinero público y reforzar sus
técnicas de extorsión, espionaje y cooptación al servicio de su proyecto sin temer grandes
dificultades políticas, sociales o jurídicas.
Algunos, a falta de una mejor hipótesis, le echan la culpa a la oposición por esta calamidad.
Pero también en Rusia, en Venezuela o en Bolivia la oposición está paralizada y dividida y no sabe
qué camino tomar, mientras el oficialismo avanza sobre las instituciones como un cuchillo en un pan
de manteca.
La oposición tiene grandes defectos pero puede hacer muy poco frente a una maquinaria que
opera de un modo implacable. Aunque el país sea cada día más injusto y más atrasado, aunque los
Kirchner hagan exactamente lo contrario de lo que declaman, en muchos ámbitos se ha instalado una
batalla imaginaria por la cual no cabe más que elegir entre el Gobierno y la oligarquía
destituyente. Casi todo el espacio llamado cada vez más inadecuadamente “progresista”
cree en esa patraña y contribuye a legitimar el discurso autoritario. Todo se ve distinto a la
intemperie, lejos del abrigo del poder, donde la pareja presidencial es cada vez menos querida.
Pero los Kirchner, como muchos antes que ellos, están convencidos de que el amor también se logra
con medios adictos, imágenes heroicas, discursos resonantes. Y nada prueba lo contrario.
*Periodista y escritor.
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