Papel Prensa

No hace trampa quien puede ganar sin ella. El mal es otra forma de pobreza, una carencia de recursos. Es el atajo que utiliza la ambición cuando la capacidad es inferior a ella.

 

La fábrica de papel de Clarín y La Nación, nuevo blanco del ataque del Gobierno contra Clarín.

No hace trampa quien puede ganar sin ella. El mal es otra forma de pobreza, una carencia de recursos. Es el atajo que utiliza la ambición cuando la capacidad es inferior a ella.

El secretario de Comercio Guillermo Moreno es brutal porque compensa con fuerza tosca su falta de otros atributos. Una mente más sofisticada habría analizado los antecedentes de los representantes del Estado en Papel Prensa antes de hacerles confesiones que le harían daño al Gobierno si trascendieran, y hubiera así advertido que uno de ellos había sido empleado de Clarín, a pesar de representar formalmente al Estado, como informa PERFIL en la página 16. Igual que en el caso del operativo de la AFIP a Clarín, el victimario se daña a sí mismo por primitivo.

Moreno creyó que con sólo advertirles a los funcionarios citados que “afuera están mis muchachos, expertos en partirle la columna y hacerle saltar los ojos a quien hable” alcanzaba. Creyó que con “sus muchachos” no hacía falta gastar esfuerzos en inteligencia previa. Y se llevó un chasco porque el licenciado Carlos Collasso, consejero titular de vigilancia de la empresa Papel Prensa representando al Estado, pero ex empleado de Multicanal, la primera empresa de cable de Clarín, denunció frente a un escribano público lo que había escuchado. Por ejemplo: “Que era su intención (de Moreno) que el Estado sea el que compre las acciones de Papel Prensa a los privados (...) que luego de preguntar por el valor de las acciones manifestó que había que encontrar el modo de hacerlas bajar o si no el Estado iba a tener que expropiar la sociedad”.

Al poco elaborado método que usa Moreno para lograr su objetivo se agrega que su objetivo parte de un error de diagnóstico. Papel Prensa representa para Clarín hoy una ventaja competitiva menor de lo que fue durante las tres décadas de su existencia, porque la crisis mundial, que redujo el consumo de todo, sumada a la sustitución de lectores de papel por lectores de Internet, hizo que desde fines de 2008 el precio internacional del papel se desplomase, y la misma tonelada de papel para diarios por la que se pagó 860 dólares hoy se puede comprar hasta por la mitad.

En enero, mientras esa tonelada de papel importado costaba 860 dólares, la de Papel Prensa se vendía a 610 dólares a aquellos clientes que no fueran sus accionistas que, como es sabido, son los diarios Clarín y La Nación. Al ser más barato que el papel importado, hasta enero Papel Prensa no les vendía a todos los que quisieran comprarle. De las 170 mil toneladas que fabrica por año, 40 mil son consumidas por La Nación, 100 mil por Clarín y apenas 30 mil se venden a otros diarios . El resto de los diarios compra su papel en el exterior; el total de esas importaciones fue 84 mil toneladas en 2008, y se prevé que esa cantidad se reduzca a la mitad en 2009.

A lo largo del año el precio del papel no sólo bajó sino que la relación entre el precio de Papel Prensa y el papel importado se invirtió. Lo mismo que sucede con la nafta, que sube o baja junto con el petróleo en el resto del mundo pero su precio en la Argentina no se modifica, pasa con el papel importado, que bajó el 36% mientras el de Papel Prensa bajó sólo el 11% (siempre para clientes que no sean Clarín y La Nación) y hoy se vende a 610 dólares la tonelada cuando el papel importado se vende a 550 dólares. Corolario: ahora que su papel es más caro, Papel Prensa sale a ofrecerlo a todos los diarios cuando hasta enero era imposible comprarle.

Que el papel de Papel Prensa sea hoy el 11% más caro que el importado no quiere decir que Clarín y La Nación lo paguen más caro, porque el precio del papel para sus accionistas es de 500 dólares, todavía el 10% más barato que el importado.

Pero en el pasado esa diferencia de precio fue en promedio 30% más barato, llegando en los momentos de grandes devaluaciones a costar la mitad. Esto benefició a Clarín en mucho mayor proporción que a La Nación, que consume sólo un tercio de Clarín. Pagar el papel entre un tercio y la mitad fue una ventaja competitiva insuperable para cualquier competidor, y cuanto mayor fuera la cantidad de ejemplares a imprimir, peor era la situación del diario que compitiera con Clarín. Por ejemplo, Crónica, que cuando se fundó Papel Prensa vendía 700 mil ejemplares por día contra 300 mil de Clarín, fue cayendo progresivamente hasta ser hoy menos del 10% de aquella venta, mientras Clarín aumentó respecto de hace treinta años.

En un diario como Crónica el papel llegaba a representar más de la mitad de todos los costos, y al pagar hasta el doble de precio por él, tuvo que vender un diario con la mitad de páginas de Clarín pero al mismo precio. Así, a lo largo de las décadas, muchos de los lectores que iba perdiendo Crónica se pasaron a Clarín porque les daba más por menos. Después de una generación acostumbrada a Clarín, ¿quién podría cambiar ese hábito? Hasta Crónica terminó vendiéndose a un grupo de sindicalistas afines a Moyano.

Cuentas claras. Si Clarín no tuviera Papel Prensa gastaría 10 millones de dólares más en papel por año por mayor precio.

Pero además tendría que tener un stock de dos meses más de papel, que hoy no necesita porque siendo el dueño de la fábrica no precisa cubrirse frente a la falta de provisión. Dos meses son 17 mil toneladas, a 500 dólares cada una, son otros 8,5 millones de dólares que debería inmovilizar. Quizá comenzando a abrir el paraguas, hace tres días, justo después de haberse difundido el exabrupto de Moreno, Clarín salió a comprar 15 toneladas de papel al mercado internacional, después de no haber comprado ni una sola en los nueve meses de 2009, y logró comprarle a la fábrica canadiense Abitibi 5 mil toneladas a sólo 450 dólares cada una (el precio normal es 500 dólares la tonelada, pero como Abitibi atraviesa un concurso de acreedores bajó 10% más su precio, pero sólo por esa partida, y no podría regularmente abastecer a ese precio).

Además, Clarín, en lugar de pagar el papel entre 90 y 120 días, como hoy se lo cobra Papel Prensa, pasaría a pagar al contado (o a inmovilizar crédito en cartas de crédito). Tres meses y medio de crédito de consumo de papel equivalen a pagar anticipadamente otras 30 mil toneladas, que a 500 dólares cada una suman otros 15 millones de dólares de caja.

En síntesis, habría una pérdida económica de 10 millones de dólares anuales por mayor precio, más una inmovilización de caja por mayor stock y pago no financiado de otros 18,5 millones de dólares (8,5 y 10 millones, respectivamente). En total, un primer año de Clarín sin que existiera Papel Prensa le quitaría 28,5 millones de dólares, más de cien millones de pesos.

Pero si el Estado comprase a los privados Papel Prensa, Clarín recibiría por el pago de sus acciones en esa empresa aproximadamente 42 millones de dólares. En el pasado, las fábricas de papel de diario valían el equivalente a las ventas de dos años de papel, pero con la crisis mundial se valúan según las ventas de un año. Papel Prensa, que fabrica 170 mil toneladas anuales a 500 dólares cada una, alcanza ventas anuales –y al mismo tiempo un valor de compañía– de 85 millones de dólares. Clarín tiene el 49% de las acciones, por tanto le corresponderían 42 millones de dólares.

Se podría decir que con lo que cobraría por la venta de sus acciones cubriría el agujero de caja que le generaría el capital de trabajo por mayor stock y el pago al contado del papel más la pérdida de poco más de un año. Si a los 42 millones de dólares que recibiría se le restaran los 28,5 de capital de trabajo, quedarían sólo 13,5 millones de dólares para una pérdida anual por mayor precio de 10 millones de dólares por año. Al segundo año, Clarín comenzaría a tener un flujo neto negativo, habiéndose consumido 42 millones de dólares de su patrimonio.

A estudiar. Si el licenciado Moreno hubiera estudiado –como hace cualquier banco de inversión– el negocio sobre el que desea intervenir, tomándose el tiempo de consultar a los expertos de venta, fabricación y consumo de papel en Argentina, hubiera obtenido estos datos y en lugar de apelar a bravuconadas hubiera podido construirse un diagnóstico que le permitiera trazar un plan.

Si los recursos no fueran un problema, éste sería el mejor momento para comprar una fábrica de papel porque el precio es el menor. No hay necesidad de “encontrar el modo de hacerlas bajar (el precio de las acciones) o si no el Estado iba a tener que expropiar la sociedad” por varios motivos. Primero porque el precio ya es bajo para los volúmenes de dinero que está acostumbrado a manejar el Estado, y no resulta conveniente tener comportamientos patoteros que destruyan aún más el prestigio del Gobierno por hacer descender el 20 o el 30 por ciento de los eventuales 42 millones de dólares que debería pagarle a Clarín y los 19 millones de dólares que proporcionalmente le corresponderían a La Nación por sus acciones, si la valuación total de la empresa fuera de 85 millones de dólares. Papel Prensa no es Aerolíneas Argentinas, donde las cifras alcanzan los 1.000 millones de dólares: tiene mucho valor para los diarios pero poco precio en términos macroeconómicos.

Y segundo, porque ni Clarín ni La Nación van a vender acciones de Papel Prensa a ningún precio, porque ya han rechazado ofertas de compra de empresas extranjeras como la noruega Norske Skog, que compró la papelera chilena Bio-Bio, y la brasileña Pisa. Tanto Bio-Bio como Pisa producen 200 mil toneladas, cifras similares a las de Papel Prensa. La brasileña Pisa fue un caso similar al de Papel Prensa, porque fue fundada en el estado de Paraná, fronterizo con la provincia de Misiones, hace también tres décadas, por dos diarios: O’Estado de São Paulo y O’Globo, de Río de Janeiro.

La única forma que el Estado tiene para quedarse con el 72% de las acciones que le falta para ser dueña del 100% de Papel Prensa será consiguiendo que el Congreso vote su nacionalización, algo que sólo podría –y remotamente– lograr antes del próximo diciembre, porque ni a Clarín ni a La Nación les convendría venderla a ningún precio.

Sí podrá el secretario de Comercio molestar, como denunció el consejero de Papel Prensa Carlos Collasso ante escribano al decir que “el licenciado Moreno habló también del Sindicato del Papel, manifestando que iba a llevar a Papel Prensa a los sindicatos y en especial a los agresivos, con intención de que hagan manifestaciones e intervengan la sociedad con huelgas”, como también denunciar sobre contaminación e incumplimiento de normas ambientales de su fábrica.

El último temor que le queda a Clarín trasciende lo económico. Así como muchos importadores se quejan de que la Aduana no les aprueba las licencias automáticas de importación (área que supervisa directamente Moreno) y, por ejemplo, no se consiguen neumáticos de autos importados, o los muebles demoran ocho meses en ser liberados del puerto, algo similar podría suceder con el papel importado una vez que eventualmente el Estado hubiera nacionalizado Papel Prensa.

Actualmente, el papel está dentro de las partidas arancelarias que no requieren autorización previa de importación, pero bastaría una mera reclasificación para que Moreno pudiese regular la cantidad de papel que dispondría cada diario volviendo a lo que hizo Perón en los años 50, cuando no se fabricaba papel en el país y todo era importado, apelando a un organismo centralizador de importaciones –IAPI–, que lograba que el diario opositor La Prensa padeciera tal desabastecimiento que sólo podía aparecer con cuatro páginas diarias. Si bien esa amenaza afecta a todos los diarios, quien más la sufriría sería Clarín, porque su modelo de negocios es el de utilizar más intensivamente el papel como ventaja comparativa frente a sus competidores, porque es el que siempre da más.

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