La vida es en general más incierta de lo que voluntariamente imaginamos. Como cualquiera de las
especies que ha logrado sobrevivir hasta ahora, la nuestra trabaja sin descanso en reducir la
incertidumbre; busca permanentemente producir entropía negativa, es decir, generar orden a partir
del caos. En el caso de los mamíferos superiores y por lo tanto también en el caso del homo
sapiens, la vida social es el principal instrumento de producción de orden, pero el orden que
producimos al vivir en sociedad es siempre relativo y parcial, tenemos que pensarlo en términos
cuantitativos: es una cuestión de tasa, de grado, de proporción, de porcentaje. Y así como la
probabilidad de un accidente varía de una compañía aérea a otra, también la tasa de incertidumbre
varía de una sociedad a otra. Aunque en ninguna la incertidumbre es igual a cero.
Una consecuencia de esta situación que caracteriza la condición humana, es que ningún
comportamiento social es unívoco, ninguna acción social (decisión gubernamental, declaración de un
político, voto de un legislador) es interpretable de una sola manera: toda acción social es
ambigua, tanto para el agente como para el paciente, tanto para el que la produce como para el que
la recibe o la interpreta. Habría que decir – pero el término no es muy bonito – que
todo comportamiento social es multívoco, admite siempre varias “lecturas”, diversas
interpretaciones. (Justamente, mi computadora me está señalando la palabra ‘multívoco’
como incorrecta: es su manera de responder a la incertidumbre).
Ahora bien, las interpretaciones de una acción social dada no son infinitas, porque si la
incertidumbre nunca es igual a cero, tampoco nunca es igual a uno, donde todas las interpretaciones
posibles tendrían la misma probabilidad. El talón de Aquiles de las teorías económicas, políticas
y/o sociales que presuponen actores (individuales o colectivos) puramente racionales (teorías que
no por incorrectas han dejado de dominar los principales escenarios académicos del mundo) es que
son incapaces de tomar en cuenta el papel que juega la incertidumbre, tanto en la toma de
decisiones de los actores cuanto en la interpretación de sus comportamientos.
Si a los científicos (economistas, cientistas políticos, sociólogos, etc.) les resulta
complicado pensar la incertidumbre de nuestras sociedades (es decir, su creciente complejidad),
sería entonces injusto reprocharles a los periodistas el hecho de que tienden a ignorar la
ambigüedad de los comportamientos sociales. La forma extrema de esa ignorancia es la teoría del
complot, característica de lo que yo llamo el periodismo paranoico, según el cual el comportamiento
de los actores sociales es una apariencia y siempre hay detrás una verdad oculta (y absoluta) que
el periodista, claro, conoce y revela.
Esta relativa intolerancia a la ambigüedad que caracteriza a muchos periodistas, es
explicable: los medios informativos son dispositivos históricos que las sociedades modernas han
producido con la finalidad de reducir la incertidumbre. En la situación clásica, digamos,
característica del siglo pasado - que hoy parece estar desintegrándose - se trata de que cada
mañana, el ciudadano tome su desayuno leyendo el diario y que esta acción le produzca la sensación
de vivir en una sociedad más o menos “normal”, más o menos esperable, medianamente
ordenada. Esta descripción no contradice en modo alguno la famosa regla según la cual “las
buenas noticias son malas noticias”. Porque si las malas noticias, las noticias sobre el
desorden (crímenes, crisis, catástrofes) son las buenas, es porque invitan al ciudadano a que, a lo
largo de ese nuevo día que comienza de manera tan agradable, leyendo su diario preferido o
escuchando su programa habitual de radio, se entregue, con la debida motivación, a generar entropía
negativa. Las noticias sobre el orden son desmovilizadoras: si las cosas andan bien, no tengo nada
particular que hacer para reforzar el orden.
La ambigüedad de las acciones sociales es la figura positiva de la incertidumbre: la
ambigüedad no es orden ni desorden. El actor social que decida operar sobre ella, podrá llevarla
hacia un lado o hacia el otro. Es por eso que resulta tan difícil hablar de la ambigüedad. Pero es
porque la vida social es ambigua que el cambio social es posible. Reconocer la ambigüedad de las
acciones sociales, generar nuevas ideas (nuevos órdenes) a partir de la ambigüedad: en la
aceptación de este desafío se reconocen los buenos periodistas y los buenos líderes políticos.
*Profesor plenario Universidad de San Andrés.
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