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La causa justa

El fútbol, que de por sí no es nada, tiene por eso mismo el poder de significarlo todo. Buena parte de las metáforas sexuales que genera y estimula, por no decir que la totalidad de esas metáforas, mencionan desde siempre esta certeza: el macho verdadero, el macho cabal, no es el que les da a las mujeres, es el que les da a otros hombres.

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Por Martín Kohan | 23.10.2009 | 23:03

El fútbol, que de por sí no es nada, tiene por eso mismo el poder de significarlo todo. Buena parte de las metáforas sexuales que genera y estimula, por no decir que la totalidad de esas metáforas, mencionan desde siempre esta certeza: el macho verdadero, el macho cabal, no es el que les da a las mujeres, es el que les da a otros hombres. No hay que pensar en “el héroe de las mujeres”, como escribió Bioy Casares; hay que pensar mejor en algunos personajes de Osvaldo o de Leónidas Lamborghini, no menos que en aquellos rústicos federales de El matadero que desnudan al unitario y se disponen a darle verga. Junto con la denigración discriminatoria, tan propia del mundo popular, del homosexual pasivo, va el prestigio viril del que lo acomete siendo activo. Puto siempre es el otro, por definición, como los cantos de tribuna no dejan de expresar con rudeza domingo a domingo; pero además no hay nadie más macho que el que hace puto al puto, el que le da (para que tenga).

El escándalo general que produjo recientemente Diego Maradona, con sus dichos, no ha sido menor al que en su momento produjera Héctor “Bambino” Veira, con sus hechos. Pero el largo trecho que lleva de una cosa a la otra, es decir del dicho al hecho, arrastra en todo caso siempre esa misma sanción singular de la erótica futbolera: vencedor es quien rompe un culo, vencedor es el que se la hace chupar (a un varón, por un varón).

De estos mismos asuntos trata La causa justa, aquel cuento de Osvaldo Lamborghini: de un partido de fútbol, de chuparla o no chuparla, de llevar la palabra al acto, del carácter nacional y popular. Lo que a Maradona le ha estado faltando en todo esto es una especie de Tokuro, el japonés intransigente del cuento de Lamborghini, que impone la obligación de cumplir con la palabra dada más allá de la circunstancia de ser puto o no ser puto.

¿Se puede pensar a la literatura argentina contemporánea bajo el sello de Osvaldo Lamborghini? En ese caso, no habría razones valederas (razones literarias por lo menos) para desafectar a Diego Maradona de la galería de celebridades argentinas del pabellón nacional de la Feria de Frankfurt en 2010.

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