REPORTAR UN COMENTARIO
Estás reportando este contenido.
Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Debés completar todos los campos obligatorios
para poder continuar.
Pese al inflamado triunfo, de 47 a 28, guarismo que emociona a los partidarios movilizados del
Frente Amplio, José Mujica, el Pepe que tanto evoca al Minguito televisivo, el domingo perdió, casi
definitivamente, la posibilidad de erigirse como el próximo presidente del Uruguay. Para cumplir
con la epopeya del guerrillero domesticado, por prepotencia de democracia.
Otra vez, el primero, Minguito Mujica, declina, ostensiblemente, en favor del segundo, Luis
Lacalle. Porque Lacalle está obviamente capitalizado por los 17 puntos que le brinda Bordaberri, el
tercero excluido. Bordaberri es el aspirante del Partido Colorado, hijo del mandatario preso, que
convirtió la sonoridad del apellido en un neologismo. Bordaberrización. Es el rol del civil que
presta el nombre para el poder militar. Idea del setenta copiada de la Argentina de los sesenta. A
través de Guido, el presidente justamente olvidado.
La distancia que separa a Mujica de Lacalle es engañosamente holgada. En la práctica, asiste
técnicamente al empate virtual. Entre el izquierdista demasiado moderado, Mujica, con 47, y el
socialmente presentable, aún sindicado como neoliberal, Lacalle, con 45.
Desde la misma noche del domingo, Lacalle se convierte en el favorito para la segunda vuelta, el
29 de noviembre. En caso de imponerse el liberal, puede clausurarse la pedantería cíclica que marca
la parábola del guerrillero, democratizado a fuerza de sensatez.
La parábola del revolucionario reformado amenaza con reiterarse, también, en la gigantografía
del Brasil. A través de la señora Dilma Roussef. Es otra combatiente de antaño que supo evolucionar
políticamente a partir de la magnitud de la derrota generacional. La debacle ideológica incita a
revalorar, en el sur del continente, los atributos de la democracia que oportunamente supieron los
protagonistas combatir.
En realidad, Minguito Mujica, en el Uruguay, y la señora Dilma Roussef, en la gigantografía
del Brasil, pretenden reiterar, con niveles de seriedad, la parábola que se impuso en la Argentina,
en broma trágica, pero en la versión más trucha. Con la consagración del neomontonerismo
retóricamente retrasador, que encarna Kirchner.
Al contrario de Mujica y de Roussef, que participaron de ejecuciones de verdad, Kirchner sólo
pudo destacarse, en la época de la referencia, en la ejecución de los créditos hipotecarios. Los
que le permitieron conocer el rostro menos cruel del capitalismo. A través de la desventura del
enriquecimiento.
Más que los proyectos movilizadores de los partidos, para la campaña por la segunda vuelta
despunta, en adelante, un “mano a mano”. Entre Mujica y Lacalle. Donde entrarán a
tallar, con más fundamentaciones, los atributos de los hombres. Con los perfiles de las
diferencias. Significa que en adelante comienza a considerarse también el valor, más que ético,
estético. La formalidad, otro valor que fascina a los uruguayos. Tanto como la adhesión masiva al
territorio, colectivamente inusual, de la sensatez. Visto desde la óptica insensata del país
vecino.
Ocurre que en Uruguay se descree, acaso afortunadamente, de los beneficios de
“argentinizar” el proceso político. Porque ayer votaron también por clausurar los
juzgamientos sistemáticamente interminables sobre las aberraciones del pasado. Es el sentido del
rechazo a la derogación de la Ley de Caducidad. El efecto produce una emancipación cultural que
tiene que ver con la concordia. Con la madurez que implica el evitar sumergirse entre los tropiezos
fantasmales del insólito vecino.
La Argentina sirve, en definitiva, como ejemplo de lo que nunca debe hacerse. Como exhibir la altivez de las venganzas jurídicamente organizadas. Que se suma a otras aberraciones contemporáneas. Como el conflicto agropecuario, que tan favorablemente repercutió en la economía uruguaya. O en el mantenimiento obsesivo del puente obturado, entre Fray Bentos y Gualeguaychú.
*Extraído de jorgeasisdigital.com.