El fracaso del comunismo no ocurrió la noche de noviembre en que cayó el Muro de Berlín, sino en
agosto de 1961, cuando fue construido para que los alemanes orientales no huyeran del
paraíso marxista-leninista.
El fracaso del colectivismo fue tener que recurrir a bloques de cemento, alambrados de púas y
torretas con soldados dispuestos a disparar sus Kalashnikov, para que la gente dejara de fugarse
hacia el capitalismo y la democracia burguesa. El fracaso comunista fueron la balas que
acribillaron a Günter Litfin, que a los 24 años intentó saltarlo cuando todavía lo estaban
construyendo, convirtiéndose en el primero de miles de ejecutados contra ese paredón
infame. Era tan grosero y ridículo, que los comunistas lo hicieron para que la gente dejara de
escapar hacia Occidente, y lo dejaron caer también con la desesperada esperanza de que la gente
dejara de escapar hacia Occidente.
En definitiva, construcción y caída del Muro corroboran lo que Franz Kafka había adelantado
en su lúcida premonición: además de brutal y alienante, el totalitarismo es absurdo. Una falacia
demencial basada en la hipocresía con habilidades escénicas.
Por eso la multitud que protestaba en Leipzig un mes antes de caer el muro vociferó:
“Nosotros somos el pueblo”, evocando lo que un ciudadano había gritado a Robespierre en
la obra de Georg Büchner “La muerte de Dantón”.
Los manifestantes de Leipzig gritaban su realidad frente a la ficticia multitud que, a esa
misma hora, seguía el desfile militar que recorría la avenida Karl Marx, en la conmemoración de los
40 años de la RDA que presidía Erick Hönecker en Berlín oriental.
Milán Kundera rescató una palabra medieval para explicar ese tipo de falacias: Kitsch, que
hace alusión a toda representación grandilocuente que, en realidad, encubre un abismal vacío. El
novelista checo explicó que el “kitsch totalitario” eran esas manifestaciones
multitudinarias, a las que la gente acudía obligada por un régimen deseoso de mostrar una adhesión
inexistente.
El pueblo no estaba en la abarrotada avenida Karl Marx de Berlín oriental, sino protestando
en Leipzig, inundando embajadas extranjeras y atravesando la frontera con Austria y Hungría en
destartalados Trabis y Wartburgs, los deplorables automóviles que fabricaba la Alemania
comunista.
El comienzo del fin. Esas fueron las primeras grietas en el grosero muro que había levantado
Walter Ülrich en 1961. Pero la nomenclatura era incapaz de ver más allá del “kitsch
totalitario” que ella misma instrumentaba. Hönecker no entendió lo que le dijo Gorbachov
aquel día de octubre tan lleno de presagios: “Apenas dentro de un año, nosotros tendremos
preocupaciones totalmente distintas de las que tenemos hoy”. Tampoco lo entendió la plana
mayor del Socialismo Unificado de Alemania (SED), el partido comunista germano-oriental. La abrupta
remoción de Hönecker junto a Joachim Hermann y Günter Mittag, para designar al duro y ortodoxo Egon
Krenz al frente del Politburó y del Estado, mostraba hasta qué punto la cúpula del régimen no
entendía lo que estaba ocurriendo. Estaban ideológicamente incapacitados para ver las grietas que
se expandían a lo largo del muro.
Willy Brandt, que era el alcalde de Berlín occidental cuando se levantó la pared demediando
la ciudad, y Konrad Adenauer, que era el canciller de Alemania Federal, creyeron que algo tan
descabellado sólo podría sostenerse un puñado de meses. Se equivocaron por 28 años. Pero más grave
fue el error de los burócratas del Este alemán en la percepción que tenían de lo que ocurría en la
URSS.
La Glasnost, la Perestroika y demás reformas impulsadas por Mijail Gorbachov no respondían
sólo a la apertura mental del primer líder soviético nacido después del Octubre Rojo de 1917. La
economía de planificación centralizada había colapsado hacía mucho tiempo, la producción agonizaba
y todas las repúblicas, además de Rusia, estaban engangrenadas de corrupción y manejadas por mafias
surgidas del partido fundado por Vladimir Lenin.
En parte, ese anquilosamiento de la Unión Soviética posibilitó la proeza de Lech Walesa, el
electricista que liderando el sindicato Solidaridad tumbó la dictadura comunista de Wojciech
Jaruzelsky. Por eso cuando en junio de 1989, el anticomunista Tadeusz Mazowiecki aplastó en las
urnas al candidato oficialista y los legisladores de Solidaridad barrieron del Sejm (parlamento) a
los del Partido Obrero Unificado de Polonia (POUP), estaba claro que el alcance del sismo abarcaba
a todo el Pacto de Varsovia.
La réplicas empezaron de inmediato. En Hungría era rehabilitado Imre Nagy, el líder
reformista derrocado por los tanques soviéticos en 1956 y ejecutado en las afueras de Budapest dos
años después, por haber intentado lo que, en la Checoslovaquia de 1968, Alexander Dubcek y demás
impulsores de la “Primavera de Praga” llamaron “socialismo con rostro
humano”.
A renglón seguido, la huelga minera que había estallado en la cuenca siberiana de Kusbass
contagiándose de inmediato a Dónets, en Ucrania, se expandió desde el Círculo Polar Ártico hasta
Kazajstán, dejando en evidencia que ya nadie temía al KGB ni a las fuerzas policiales y militares
de la URSS.
La agonía y la muerte le evitaron a Andrei Gromiko, viejo “aparatchik” al que los
reformistas habían sacado de su eterno cargo de canciller, ver la descomposición acelerada del
Estado al que le justificó hasta los campos de concentración y los genocidios en nombre de
“la liberación del hombre”.
No bien terminó su entierro sin pompas oficiales, dos millones de soviéticos hicieron una
cadena humana de 650 kilómetros, repudiando el Pacto Molotov-Von Ribbentrop, por el que Stalin y
Hitler se habían repartido Polonia y los países bálticos.
En esos mismos días, un millar de alemanes de la ciudad de Sporn, cercana a la frontera
austro-húngara, protagonizaron la fuga más masiva ocurrida desde la creación de la RDA. El goteo de
ese éxodo venía, desde meses atrás, promediando el centenar de fugas diarias, pero se disparó de
golpe. Y el gobierno húngaro de Miklos Nemeth decidió, sencillamente, dejar que su territorio se
convierta en un paso libre de alemanes orientales hacia Austria.
Por esas horas, la embajada de Alemania Federal estaba abarrotada, igual que otras muchas
sedes diplomáticas en Berlín del Este.
EL ESTALLIDO. La RDA se descomponía aceleradamente y quizá no hacía falta marchar
multitudinariamente hasta los alambrados y las torretas que protegían el muro. En la noche que fue
del 9 al 10 de noviembre de 1989, para salir de ese Estado en descomposición ya no hacía falta
saltar ni demoler la obscena pared.
El salto y la demolición eran urgencias de la dignidad; una necesidad que llevaba 28 años
sofocada por la opresión. Algo inevitable para exorcizar el sentimiento de humillación que había
impuesto el Muro.
Lo que no imaginaban los entusiastas derribadores, que sólo pensaban en la libertad y en una
vida menos rústica que los Trabis y los Wartsburgs, es que también se estaban recibiendo de
individuos. Y para quienes siempre integraron colectivos masificantes, convertirse en individuos,
que son dueños pero también artífices de sus propios destinos, se siente como una carga existencial
que puede resultar insoportable.
Esa parte de Alemania, que había pasado de la masificación de raza a la masificación de
clase, de repente recibía del Estado su propia individualidad. Esa fue la revolución más imponente
pero también más compleja y desconcertante que implicó la caída del muro.
Al fin de cuentas, es más difícil proclamarse individuo que proclamar en muchedumbre
“nosotros somos el pueblo”, como hizo la multitud de Leipzig parafraseando al personaje
que le gritó a Robespierre en “La muerte de Dantón”.
(*) El autor politólogo y analista internacional.
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