Después de los desastres causados por el apogeo del nacionalismo entre 1914 y 1944, al fin de la
más grande tragedia de la Historia, tres procesos históricos determinaron el comienzo del fin de
los tres siglos en que la Modernidad se encarnó en naciones. El primero fue la creación de las
Naciones Unidas. El segundo, la progresiva construcción de la Unión Europea. El siguiente y
consecuente fue la caída del Muro de Berlín. Todos ellos implicaron la abolición de fronteras
geográficas, el fin del nacionalismo como paradigma indiscutible y la apertura de un camino hacia
la posible y cada vez más necesaria unidad política del planeta.
Millones de páginas se han escrito acerca del significado de aquella caída. Casi todas han
insistido en el fin de la tragedia comunista; muchas se han focalizado en la creación de un mercado
económico unificado; casi nadie ha destacado que el proceso de la demolición del Muro comenzó con
la huida de miles de alemanes del Este a Hungría y Checoslovaquia como parte de su escape hacia
Occidente, seguida por la negativa de Gorbachov a reprimirlos, la afluencia masiva al Muro por
parte de los berlineses de ambos lados y el derribamiento definitivo de la frontera que dividía en
dos al planeta mediante una revuelta popular pacífica. Esa revuelta ha abierto la cuestión de la
ampliación a la escala global de uno de los primeros derechos de ciudadanía: el del libre tránsito
y residencia por el territorio. Esos fueron los signos políticos de la apertura de una Era Global
que sólo será tal cuando comprenda no sólo el derecho a la libre circulación de mercancías sino
también de seres humanos.
Dos siglos después de la Declaración de los Derechos del Hombre no existe aún ningún derecho
humano que merezca ese nombre. Las instituciones nacionales los han reducido a privilegios
determinados por “derechos” de sangre y de suelo determinados, a su vez, por las
circunstancias del nacimiento y consagradas por un Apartheid de escala planetaria. Este orden
jerárquico y antidemocrático es exactamente contrario al que pretendían instaurar las revoluciones
burguesas que intentaron acabar con las prerrogativas de las castas aristocráticas y
terratenientes. De allí que hoy, en una época definida por la movilidad, la gente vote con los
pies, y la dirección de su movimiento se haya transformado en el mejor sismógrafo de la Modernidad.
Las murallas construidas para detenerlas son aún más expresivas. En ese sentido, no fue la caída
del Muro de Berlín el acontecimiento que anticipó el resultado de la Guerra Fría sino su misma
construcción: un mundo que debía evitar que sus ciudadanos lo abandonaran edificando una muralla
militarizada estaba destinado al fracaso.
Desde la caída del Muro, hace ya 20 años, la globalización tecnológica y económica ha seguido
avanzando a ritmo frenético. Lo que resta es el cumplimiento de la promesas abiertas en 1989 en el
plano político y de los Derechos Humanos. La cuestión inmigratoria se ha transformado así en un eje
crucial de la política mundial que define nuevas y vigorosas polaridades políticas globales. Nuevos
muros de Berlín, visibles e invisibles, existen en todos lados: casi un millón de personas por año
intentan ingresar clandestinamente en el Primer Mundo y miles de ellas mueren en el intento.
Estas víctimas de un Apartheid global son sólo la parte visible de millones de seres humanos
obligados a vivir indignamente y morir prematuramente por haber cometido el crimen de nacer en el
lugar equivocado.
En una época global, el acceso equitativo a la movilidad espacial se transforma pues en una
precondición del desarrollo de auténticos derechos universales, comunes e iguales para todos.
Lamentablemente, tres décadas después que la Luna haya sido declarada Patrimonio Común de la
Humanidad, nuestro planeta sigue sin ser considerado en esos términos. Los mismos estados que han
expresado sus altas preocupaciones acerca de la Luna se consideran agentes imbuidos de legitimidad
plena cuando se trata de evitar el acceso a su territorio a un extranjero. No por casualidad, su
manipulación de las fronteras territoriales recuerda la regulación de la circulación y la
residencia que ha sido la regla unánime en todos los regímenes totalitarios.
No habrá sociedad civil mundial digna de ese nombre si sus ciudadanos más vulnerables siguen
viendo discriminados sus derechos por pasaportes y visas y continúan encerrados dentro de
fronteras. En este sentido, la batalla contra todos los muros de Berlín se ha transformado en un
elemento central de las reivindicaciones democráticas globales.
(*) El autor es Diputado Nacional de la Coalición Cívica y autor de "Globalizar la
democracia".
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