La economía argentina parece tocar piso y rebotar.
Por un lado, se verifica el normal “ciclo de inventarios”. La recesión hace que
las fábricas acumulen stocks de insumos y productos, por encima de los deseados. Eso lleva al freno
de la producción.
En los canales mayoristas, también se concentran productos sin “salida”. Esta
misma situación se traslada a los minoristas. A lo largo de la cadena, estos stocks anormales van
atendiendo la menor demanda, hasta que bajan lo suficiente como para iniciar un nuevo ciclo de
producción. Los consumidores demandan bienes que ya no hay en stock, esto lleva a pedidos de los
comerciantes a los mayoristas y de éstos a las fábricas, que retoman la producción y/o la
importación, comprando, a su vez, insumos, materias primas y recuperando algo de trabajo.
Un típico rebote, de baja intensidad, todavía, producto de un desempleo mayor que el de hace
un año atrás y de un poder de compra salarial que, en el sector formal de la economía, más o menos
se defiende contra la inflación, pero que no lo hace en el caso de los trabajadores del sector
informal.
A este ciclo de inventarios que pone en marcha los mecanismos “automáticos” de
recuperación hay que sumarle la demanda de Brasil y una mayor actividad agrícola ganadera. La
agrícola, por las buenas razones del fin de la sequía en algunas zonas y la mayor siembra de soja.
Y la ganadera, por las malas razones de liquidar “fábricas de carne”; es decir, faenar
más hembras de lo que sería necesario para mantener la producción en el futuro, por la presión
simultánea de la sequía y la baja rentabilidad relativa de la actividad.
Pero este rebote sería casi imperceptible si no conviviera con un escenario favorable en
materia financiera. Panorama que incluye el freno de la salida de capitales, de la mano de un
contexto en donde todos están dispuestos, por ahora, a asumir más riesgos y apostar en contra del
dólar, en el mundo y aquí.
Liquidez, tasas de interés en baja, freno a la fuga de capitales, agotamiento de stocks,
buena situación de Brasil, precios de las commodities razonables de la mano de un dólar débil,
mayor –en promedio– actividad agrícola y perspectivas de cosecha juegan a favor de la
recuperación de la economía argentina.
¿Festejamos, entonces?
En todo el relato previo, hay dos palabras claves que no han aparecido: inversión y
crecimiento.
En efecto, hablé de rebote, de recuperación, de consumo, de producción, de baja de stocks,
etc. Pero esta reversión del ciclo se hace con la capacidad ya instalada y con, más o menos, la
misma cantidad de empleo. Obviamente, se frenan los despidos, se reducen las suspensiones, y es
posible que en varios sectores se aumenten las horas extras o se incluyan nuevos turnos de
producción; pero, en el agregado, difícilmente compense el crecimiento normal de la oferta de
trabajo. Resulta difícil imaginar un escenario en donde la inversión, definida como corrimiento del
“techo” de producción de bienes y servicios que ofrece nuestro país, tenga un
protagonismo significativo.
Esto porque el escenario global brinda, para la Argentina, fondos especulativos de corto
plazo para ganancias extraordinarias, pero no está demasiado interesado en hundir capital de largo
plazo en un país que no despejó las dudas en torno a la disponibilidad de insumos básicos, como la
energía. Y que no ha despejado las incertidumbres en torno a la disponibilidad del fruto de esa
inversión (hoy existen controles de precios, directos e indirectos, restricciones a exportar y a
importar, reglas cambiantes en impuestos y otros inventos recaudatorios en todos los niveles del
Estado. Restricciones explícitas o implícitas al giro de utilidades al exterior, etc.).
En segundo lugar, porque la inversión pública, que es hoy central en los temas de
infraestructura, enfrenta las dificultades del desorden fiscal generado en estos años. Se posponen
pagos. Se dilatan obras y se concentra la actividad, básicamente, en “anuncios”.
Y en tercer lugar, porque el Gobierno logró imponer una agenda legislativa ligada más a sus
propias fantasías que a las realidades y necesidades de la gente.
Podemos descorchar champán; pero sin recuperación de la inversión, el rebote argentino se
parecerá a aquellas fiestas en donde reina mucha alegría, pero poca felicidad.
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