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El Muro y las instituciones

Con este título, El Muro, el filósofo Jean-Paul Sartre se inicia con su primer libro de relatos de ficción en el camino de la literatura. Aquellos que lo hemos leído recordamos sus cuentos en los que la violencia irrumpe de un modo que recuerda las tragedias griegas. El mismo escritor publica años después El fantasma de Stalin en el que condena la invasión soviética a Hungría, para luego aceptar su ambición imperial como un mal necesario en un mundo en el que los bandos en lucha ponen frente a frente al socialismo y al capitalismo.

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Por Tomas Abraham | 08.11.2009 | 00:08

Con este título, El Muro, el filósofo Jean-Paul Sartre se inicia con su primer libro de relatos de ficción en el camino de la literatura. Aquellos que lo hemos leído recordamos sus cuentos en los que la violencia irrumpe de un modo que recuerda las tragedias griegas. El mismo escritor publica años después El fantasma de Stalin en el que condena la invasión soviética a Hungría, para luego aceptar su ambición imperial como un mal necesario en un mundo en el que los bandos en lucha ponen frente a frente al socialismo y al capitalismo.
El socialismo soviético tenía sus fallas, pero era la única esperanza de la izquierda para construir un mundo nuevo. Las críticas debían hacerse en el vestuario para no hacerle el juego a “la derecha” como se rebautiza hoy al capitalismo explotador. Condenar de por sí la política soviética era propio del moralismo burgués y de un ascetismo egoísta. Sólo una renovación política que profundizara el ideal leninista de desaparición del Estado y la conformación de una sociedad emancipada llevaría a la humanidad hacia la libertad concreta. Pero semejante ideal no era posible en una sola nación, se requería la batalla internacional de todos los pueblos del mundo contra el imperialismo capitalista para realizar en la práctica la creación de un hombre nuevo.
Muerto Stalin, el deshielo y la coexistencia pacífica fue vivida por muchos militantes como un aburguesamiento del régimen. Era un paso atrás en lugar de un avance en el espíritu revolucionario. La escisión del movimiento comunista internacional a partir de la crítica al revisionismo soviético de parte de la China comunista liderada por Mao propone una nueva vía intransigente hacia la revolución comunista.
¿En qué momento se agrieta esta voluntad utópica y a partir de cuándo comienza a derrumbarse el ideal revolucionario? ¿Fue con la masacre de Pol Pot en Camboya en los setenta? ¿Con las rebeliones de los pueblos situados detrás de la Cortina de Hierro como la rebelión húngara del 56, la primavera de Praga del 68? ¿O fue la sedición en los astilleros polacos al mando de Lech Walessa, que en nombre de los derechos humanos inaugura un grito de libertad que a partir de la década del ochenta se hace planetario? ¿Tiene que ver con esto la política del papa Juan Pablo II que apoyó las ansias de libertad de su grey sojuzgada? ¿No fue el escándalo moral de la denuncia del Premio Nobel de literatura, Alexander Solzhenitsyn, de los campos de concentración del Gulag siberiano?
¿O quizás fue el fracaso de la Revolución Cultural China que no evitó el desmoronamiento maoísta que le da lugar a que Deng Xiaoping elabore un nuevo plan, del que nacerá la nueva China comunista en lo político y capitalista en lo económico que impulsa en la actualidad al mercado mundial?
¿Fue la implosión del mismo sistema soviético central que no podía solucionar sus problemas alimentarios debido a una ineficiente política agrícola? ¿O por las exigencias derivadas del desafío tecnológico de los EE.UU. que lo conminaba a inversiones imposibles de realizar, tanto en la guerra espacial como en la revolución digital?
¿Acaso la vuelta de página del ideal revolucionario no se debió al fin de la lucha contra el colonialismo que dejó sellado el mapa de nuevas naciones aunque se prolongaran en guerras civiles?
Las causas sobredeterminan el acontecimiento del 9 de noviembre de 1989 y sus efectos intervienen en la configuración de nuestro mundo actual.
A diferencia del 11 de septiembre, la caída del Muro tiene otra relevancia cultural. No se trata de un problema de seguridad ni de algún cambio de fichas en el tablero estratégico de las potencias militares. Tampoco es asimilable a la crisis financiera actual. Muchos podrán diagnosticar que el nuevo derrumbe de Wall Street tiene consecuencias letales y como algunos dicen con cierta ostentación, es un cataclismo jamás visto en la historia de la humanidad. Pero aquello que distingue la caída del Muro de las otras crisis es que lo que se perdió es el rostro de un deseo total más que la falta de regulación financiera. No se trata del fin de la URSS ni de la China de Mao, sino de una avanzada igualitaria con voluntad de justicia que anunciaba la emancipación de la opresión mediante la socialización de los medios de producción y la eliminación de la propiedad privada, fuente de toda sinrazón e injusticia.
Cuando se descorrió el telón de la Cortina de Hierro, aquello que se vió no fue lo que hacía décadas se sabía respecto de los crímenes del Komintern o la corrupción de la Nomenklatura, esa era materia conocida, sólo faltaba que lo reconocieran sus propios protagonistas. Lo que se vio fue la historia en simultánea de la revolución bolchevique, la de una vanguardia ilustrada que en nombre de la historia y de la justicia popular se apodera de los aparatos del Estado y de la producción social para planificar el trabajo y distribuir la renta general.
Aquello que se vio es el modo en que una conducción que llega al poder por la vía violenta controla los dispositivos educativos y pretende crear una nueva civilización mediante la obligatoria instrucción de una doctrina totalitaria. Se vio su fracaso. Y se supo calcular el costo de tal utopía. No sólo la vida gris de Europa central en la que la gente era fotografiada haciendo colas con sus vales de compra de artículos de primera necesidad, sino el develamiento de los mecanismos de espionaje, la organización de un sistema de delación, la opresión del aparato de censura, el sometimiento a la tortura, el confinamiento de poblaciones cercadas como rehenes con prohibición de desplazarse fuera del territorio nacional, la obsecuencia frente a las autoridades.
Lo que se vio es lo que no se había podido ver y valorar hasta entonces, nos referimos a la importancia de la menospreciada democracia formal, a la fundamental necesidad que tienen las sociedades de defender su libertad republicana, la protección que tienen los ciudadanos cuando existe la división de poderes, el aspecto definitivamente vital que tiene el ejercicio de la libertad de prensa para una comunidad, el derecho a desplazarse sin restricciones... etcétera.
Todos estos valores y derechos habían sido despreciados y denigrados desde la izquierda por ser meramente formales y propios de lo que se llamaba “cretinismo jurídico”. Se pregonaba que estas garantías eran burguesas y que sólo protegían a la clase dominante. Se decía que no era legítimo denunciar la falta de libertad de quienes no podían salir de su país porque los pobres tampoco viajaban. Se argumentaba que la violencia no es sólo la de la Policía secreta sino la de la pobreza y la explotación. Se desligitimaba este universo de garantías supuestamente jurídicas en nombre de los derechos sociales, los de la vivienda digna, los del derecho al trabajo y a la salud. Se dividía el universo de los derechos entre los formales y los reales y así como hoy se dice de los jefes del populismo “roba pero hace”, se justificaban los regímenes socialistas con un “fusila pero hace”.
La caída del socialismo de Estado no ha eliminado la pobreza del mundo y menos la injusticia. Lo que sí ha evidenciado es que no podemos bregar por un mundo mejor si no defendemos la vigencia de instituciones que garantizan la libertad de los individuos. También ha mostrado que la libertad de palabra no es vana y que la democracia representativa, con pluralidad de manifestaciones políticas, asociaciones, partidos, movimientos, es un dique de contención contra la formación de una burocracia despótica.
También ha mostrado que la planificación centralizada ahoga la creatividad social y es totalmente anacrónica en un mundo en el que la innovación tecnológica y científica requiere niveles de autonomía creciente, libertades irrestrictas en la investigación y posibilidades de experimentación.
Hoy, los ciudadanos de un mundo en situación de clausura se enteran y se informan de lo que sucede en otros mundos. Ya no hay cautivos culturales. El amedrentamiento es de corto plazo.
La democracia parlamentaria no es un teatro de títeres del que se ríe un público de marxistas cesantes. El llamado cuarto oscuro es el lugar en el que no prima la mirada del otro, en el que la decisión no es auditada por una asamblea organizada ni un espacio en el que un pensamiento es vigilado por tutores de mayorías o minorías. Ese habitáculo con boletas permite la construcción del mundo de la intimidad, el de la individualidad, que en nada se opone a la solidaridad, sino que la hace libre y generosa.
Por eso es importante la calidad institucional, no para lucirse con un vestuario de democareta ni para declamar como un republicano de comité, sino porque ya podemos deducir el tipo de consecuencias históricas a las que conduce el desprecio por las garantías individuales y el manoseo de los derechos que algunos militantes justifican transgredir en nombre de los oprimidos.
La caída del Muro hace veinte años nos ha complicado la vida. Se la ha complicado no sólo a los miembros de los partidos comunistas, sino a todos aquellos que diagramaron en los papeles una sociedad justa de acuerdo a las teorías de la revolución socialista. A pesar de todo, hay quienes saltan sobre los escombros y gritan viva Marx, viva Lenin, viva Mao, viva el Che, viva Trosky, viva Cooke, viva Walsh y no pueden dejar de vivar a los que con sus decisiones trágicas o épicas suponen emblemas de sus irrenunciables principios. Defienden con palabras el derecho a la violencia, se burlan con palabras de la ética republicana, definen a la democracia representativa de opereta ridícula, consideran a la delegación de poderes y al sistema representativo como la negación de la política que sólo vibra para ellos en la acción directa e imprevista.
Para ellos no se cayó el Muro porque nunca lo vieron. Les es más fácil dar cuenta de los muros de Sharon o de los muros de Bush, porque son muros para pobres y desclasados, pero los muros que aplastan conciencias no los ven, no perciben el muro contra la libertad, no lo ven, como tampoco lo vio Sartre, el pensador de la conciencia libre.
El director de la revista progresista francesa Le Nouvel Observateur, Jean Daniel, reconociendo los errores políticos de Sartre, dijo: “Más vale haberse equivocado con Sartre que haber tenido razón con Raymond Aron”. Es posible, depende de qué incidencias sobre el prójimo han tenido nuestros actos, de todos modos, de lo que se trataba era de que Sartre tuviera razón y de que Aron estuviera equivocado y no fue así.

*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).

 
 

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