Con este título, El Muro, el filósofo Jean-Paul Sartre se inicia con su primer libro de relatos
de ficción en el camino de la literatura. Aquellos que lo hemos leído recordamos sus cuentos en los
que la violencia irrumpe de un modo que recuerda las tragedias griegas. El mismo escritor publica
años después El fantasma de Stalin en el que condena la invasión soviética a Hungría, para luego
aceptar su ambición imperial como un mal necesario en un mundo en el que los bandos en lucha ponen
frente a frente al socialismo y al capitalismo.
El socialismo soviético tenía sus fallas, pero era la única esperanza de la izquierda para
construir un mundo nuevo. Las críticas debían hacerse en el vestuario para no hacerle el juego a
“la derecha” como se rebautiza hoy al capitalismo explotador. Condenar de por sí la
política soviética era propio del moralismo burgués y de un ascetismo egoísta. Sólo una renovación
política que profundizara el ideal leninista de desaparición del Estado y la conformación de una
sociedad emancipada llevaría a la humanidad hacia la libertad concreta. Pero semejante ideal no era
posible en una sola nación, se requería la batalla internacional de todos los pueblos del mundo
contra el imperialismo capitalista para realizar en la práctica la creación de un hombre nuevo.
Muerto Stalin, el deshielo y la coexistencia pacífica fue vivida por muchos militantes como
un aburguesamiento del régimen. Era un paso atrás en lugar de un avance en el espíritu
revolucionario. La escisión del movimiento comunista internacional a partir de la crítica al
revisionismo soviético de parte de la China comunista liderada por Mao propone una nueva vía
intransigente hacia la revolución comunista.
¿En qué momento se agrieta esta voluntad utópica y a partir de cuándo comienza a derrumbarse
el ideal revolucionario? ¿Fue con la masacre de Pol Pot en Camboya en los setenta? ¿Con las
rebeliones de los pueblos situados detrás de la Cortina de Hierro como la rebelión húngara del 56,
la primavera de Praga del 68? ¿O fue la sedición en los astilleros polacos al mando de Lech
Walessa, que en nombre de los derechos humanos inaugura un grito de libertad que a partir de la
década del ochenta se hace planetario? ¿Tiene que ver con esto la política del papa Juan Pablo II
que apoyó las ansias de libertad de su grey sojuzgada? ¿No fue el escándalo moral de la denuncia
del Premio Nobel de literatura, Alexander Solzhenitsyn, de los campos de concentración del Gulag
siberiano?
¿O quizás fue el fracaso de la Revolución Cultural China que no evitó el desmoronamiento
maoísta que le da lugar a que Deng Xiaoping elabore un nuevo plan, del que nacerá la nueva China
comunista en lo político y capitalista en lo económico que impulsa en la actualidad al mercado
mundial?
¿Fue la implosión del mismo sistema soviético central que no podía solucionar sus problemas
alimentarios debido a una ineficiente política agrícola? ¿O por las exigencias derivadas del
desafío tecnológico de los EE.UU. que lo conminaba a inversiones imposibles de realizar, tanto en
la guerra espacial como en la revolución digital?
¿Acaso la vuelta de página del ideal revolucionario no se debió al fin de la lucha contra el
colonialismo que dejó sellado el mapa de nuevas naciones aunque se prolongaran en guerras civiles?
Las causas sobredeterminan el acontecimiento del 9 de noviembre de 1989 y sus efectos
intervienen en la configuración de nuestro mundo actual.
A diferencia del 11 de septiembre, la caída del Muro tiene otra relevancia cultural. No se
trata de un problema de seguridad ni de algún cambio de fichas en el tablero estratégico de las
potencias militares. Tampoco es asimilable a la crisis financiera actual. Muchos podrán
diagnosticar que el nuevo derrumbe de Wall Street tiene consecuencias letales y como algunos dicen
con cierta ostentación, es un cataclismo jamás visto en la historia de la humanidad. Pero aquello
que distingue la caída del Muro de las otras crisis es que lo que se perdió es el rostro de un
deseo total más que la falta de regulación financiera. No se trata del fin de la URSS ni de la
China de Mao, sino de una avanzada igualitaria con voluntad de justicia que anunciaba la
emancipación de la opresión mediante la socialización de los medios de producción y la eliminación
de la propiedad privada, fuente de toda sinrazón e injusticia.
Cuando se descorrió el telón de la Cortina de Hierro, aquello que se vió no fue lo que hacía
décadas se sabía respecto de los crímenes del Komintern o la corrupción de la Nomenklatura, esa era
materia conocida, sólo faltaba que lo reconocieran sus propios protagonistas. Lo que se vio fue la
historia en simultánea de la revolución bolchevique, la de una vanguardia ilustrada que en nombre
de la historia y de la justicia popular se apodera de los aparatos del Estado y de la producción
social para planificar el trabajo y distribuir la renta general.
Aquello que se vio es el modo en que una conducción que llega al poder por la vía violenta
controla los dispositivos educativos y pretende crear una nueva civilización mediante la
obligatoria instrucción de una doctrina totalitaria. Se vio su fracaso. Y se supo calcular el costo
de tal utopía. No sólo la vida gris de Europa central en la que la gente era fotografiada haciendo
colas con sus vales de compra de artículos de primera necesidad, sino el develamiento de los
mecanismos de espionaje, la organización de un sistema de delación, la opresión del aparato de
censura, el sometimiento a la tortura, el confinamiento de poblaciones cercadas como rehenes con
prohibición de desplazarse fuera del territorio nacional, la obsecuencia frente a las autoridades.
Lo que se vio es lo que no se había podido ver y valorar hasta entonces, nos referimos a la
importancia de la menospreciada democracia formal, a la fundamental necesidad que tienen las
sociedades de defender su libertad republicana, la protección que tienen los ciudadanos cuando
existe la división de poderes, el aspecto definitivamente vital que tiene el ejercicio de la
libertad de prensa para una comunidad, el derecho a desplazarse sin restricciones... etcétera.
Todos estos valores y derechos habían sido despreciados y denigrados desde la izquierda por
ser meramente formales y propios de lo que se llamaba “cretinismo jurídico”. Se
pregonaba que estas garantías eran burguesas y que sólo protegían a la clase dominante. Se decía
que no era legítimo denunciar la falta de libertad de quienes no podían salir de su país porque los
pobres tampoco viajaban. Se argumentaba que la violencia no es sólo la de la Policía secreta sino
la de la pobreza y la explotación. Se desligitimaba este universo de garantías supuestamente
jurídicas en nombre de los derechos sociales, los de la vivienda digna, los del derecho al trabajo
y a la salud. Se dividía el universo de los derechos entre los formales y los reales y así como hoy
se dice de los jefes del populismo “roba pero hace”, se justificaban los regímenes
socialistas con un “fusila pero hace”.
La caída del socialismo de Estado no ha eliminado la pobreza del mundo y menos la injusticia.
Lo que sí ha evidenciado es que no podemos bregar por un mundo mejor si no defendemos la vigencia
de instituciones que garantizan la libertad de los individuos. También ha mostrado que la libertad
de palabra no es vana y que la democracia representativa, con pluralidad de manifestaciones
políticas, asociaciones, partidos, movimientos, es un dique de contención contra la formación de
una burocracia despótica.
También ha mostrado que la planificación centralizada ahoga la creatividad social y es
totalmente anacrónica en un mundo en el que la innovación tecnológica y científica requiere niveles
de autonomía creciente, libertades irrestrictas en la investigación y posibilidades de
experimentación.
Hoy, los ciudadanos de un mundo en situación de clausura se enteran y se informan de lo que
sucede en otros mundos. Ya no hay cautivos culturales. El amedrentamiento es de corto plazo.
La democracia parlamentaria no es un teatro de títeres del que se ríe un público de marxistas
cesantes. El llamado cuarto oscuro es el lugar en el que no prima la mirada del otro, en el que la
decisión no es auditada por una asamblea organizada ni un espacio en el que un pensamiento es
vigilado por tutores de mayorías o minorías. Ese habitáculo con boletas permite la construcción del
mundo de la intimidad, el de la individualidad, que en nada se opone a la solidaridad, sino que la
hace libre y generosa.
Por eso es importante la calidad institucional, no para lucirse con un vestuario de
democareta ni para declamar como un republicano de comité, sino porque ya podemos deducir el tipo
de consecuencias históricas a las que conduce el desprecio por las garantías individuales y el
manoseo de los derechos que algunos militantes justifican transgredir en nombre de los oprimidos.
La caída del Muro hace veinte años nos ha complicado la vida. Se la ha complicado no sólo a
los miembros de los partidos comunistas, sino a todos aquellos que diagramaron en los papeles una
sociedad justa de acuerdo a las teorías de la revolución socialista. A pesar de todo, hay quienes
saltan sobre los escombros y gritan viva Marx, viva Lenin, viva Mao, viva el Che, viva Trosky, viva
Cooke, viva Walsh y no pueden dejar de vivar a los que con sus decisiones trágicas o épicas suponen
emblemas de sus irrenunciables principios. Defienden con palabras el derecho a la violencia, se
burlan con palabras de la ética republicana, definen a la democracia representativa de opereta
ridícula, consideran a la delegación de poderes y al sistema representativo como la negación de la
política que sólo vibra para ellos en la acción directa e imprevista.
Para ellos no se cayó el Muro porque nunca lo vieron. Les es más fácil dar cuenta de los
muros de Sharon o de los muros de Bush, porque son muros para pobres y desclasados, pero los muros
que aplastan conciencias no los ven, no perciben el muro contra la libertad, no lo ven, como
tampoco lo vio Sartre, el pensador de la conciencia libre.
El director de la revista progresista francesa Le Nouvel Observateur, Jean Daniel,
reconociendo los errores políticos de Sartre, dijo: “Más vale haberse equivocado con Sartre
que haber tenido razón con Raymond Aron”. Es posible, depende de qué incidencias sobre el
prójimo han tenido nuestros actos, de todos modos, de lo que se trataba era de que Sartre tuviera
razón y de que Aron estuviera equivocado y no fue así.
*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).
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