Ante los festejos de la caída del Muro de Berlín, nuestra región parece ser la única que
pretende reeditar las condiciones que llevaron a aquellos gobiernos a levantarlos para impedir a la
población huir del paraíso prometido devenido en infierno. A la Asamblea de la SIP dedicada a
advertir la intolerancia hacia la prensa, en particular en nuestro país con la Ley de Medios, se le
opuso una “contracumbre” en nombre de la “democracia”, invocada de manera
falsa igual que lo hacían los regímenes totalitarios que colapsaron. La Argentina se ha dado un
baño tan intenso de anticapitalismo después de su colapso de finales del 2001, que pocos advierten
que no hay prensa como contrapeso del poder si no se organiza como empresa, sumando organización,
trabajo y capital para lograr una escala que la haga significativa. No se invierte capital si son
otros que quienes lo formaron y deciden su inversión los que determinan a qué se dedicará y qué
riesgos ha de correr. Ese supuesto pecado –que muchos creen que sólo es propio de los
empresarios– de “querer ganar” no es otra cosa que el “gran permiso”
que la civilización moderna le ha aportado al desarrollo de la humanidad: el reconocimiento al
individuo de la facultad de actuar para sí mismo, siguiendo sus objetivos y su liberación de la
obligación de estar al servicio de los demás. Lo opuesto al totalitarismo como principio, en el que
la actividad humana se genera por coacción en nombre de un supuesto paraíso de hermandad e interés
colectivo y no por colaboración y trabajo voluntario. Una frase atribuida a Ambrose Bierce define
al egoísta como “una persona que piensa más en sí misma que en mí”, desnudando la
naturaleza del propósito de muchos cruzados colectivistas. Se interpreta que “capital”
es un asunto relacionado con la codicia, el “fruto del árbol prohibido”. Se ignora, por
deformación de los economistas que han transformado asuntos éticos en problemas menores de orden
técnico, el compromiso moral que existe en una sociedad en la que el capital puede formarse. Es
aquella en que se produce más allá de la subsistencia y es respetada la riqueza que se ahorra para
ser aplicada a una producción masiva que termina por beneficiar a los que cumplieron ese compromiso
moral. Capitalismo es el sistema en el que el ahorro del que carece del poder político y no tiene
manejo de ejércitos, es protegido. Estos son nuestros muros no derribados, hechos de un material
más duro que el concreto e invisible. Ante el primer problema, fue posible recrear entre nosotros
otros vicios fracasados de aquel ideal caído como el control de precios, apenas discutido en el
plano económico, como si se tratara de una lección imposible de aprender para la Argentina. Pero
qué pasa con el problema moral detrás de los precios es algo que nadie explica. En un ambiente de
libertad, sin trabajo coactivo, el precio es la tasa a la cual alguien actúa a favor de otro o le
entrega algo que ha obtenido a su vez de manera voluntaria de terceros, pagando a su vez otras
tasas bajo las mismas condiciones de voluntariedad. Precio es la alternativa al trabajo
obligatorio; es decir, esclavo. Cuando el esclavo deja la plantación, su trabajo se paga, para que
se mueva debe ser “interesado” por un aspirante a empleador. Precios altos significa
que circunstancias especiales aumentan esa tasa para que las personas estén más dispuestas a hacer
o producir alguna cosa muy requerida, dejando otras actividades que ofrecen beneficios menores. Hay
precios porque la gente no puede ser obligada a hacer o dar algo que a su vez ha obtenido haciendo
otra cosa sin ser esclavizada. Precios o esclavitud es la alternativa, no precios o
“ineficiencia”. Control de precios significa control del trabajo ajeno, servidumbre.
Quienes derribaron ese muro en 1989 trataban de huir de una sociedad sin precios y sin
capital voluntario privado que habían sido eliminados por “egoístas”. En lugar de
aferrarse a la promesa de la ausencia de diferencias, nunca cumplida, en lugar de relamerse en la
envidia y tratar de hacer de eso una virtud, los alemanes orientales querían participar de la
productividad de los intercambios sin látigos, el comercio libre y la felicidad individual sin
tabúes. Buscaban otros compromisos éticos que nosotros, sin haber padecido aquello, aún no hemos
encontrado.
*Abogado y periodista.
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