“¡Ojalá vivas tiempos interesantes!”, dicen en ocasiones los chinos. Sin embargo, no
se trata de una bendición sino de una maldición. “Tiempos interesantes” para los chinos
son los que corren para Occidente: crisis internacional, crujidos en un orden que no responde a la
realidad, instituciones que institucionalizan poco y políticos que politizan demasiado. Al mismo
tiempo, creencias pétreas no tienen la energía suficiente como para enfrentar la marea de los
cuestionamientos que buscan sustituirlas. “Eso no se puede hacer” es una afirmación
que, junto con muchas otras, se desmorona día tras día a lo largo y a lo ancho del planeta. El
Estado ecuatoriano decidió tratar su deuda de un modo que merece una mirada, desde la perspectiva
que ofrecen las palabras precedentes.
Mediante el Decreto Ejecutivo Nº 472 del 9 de julio de ‘07, el gobierno de Ecuador creó
la Comisión para la Auditoría Integral del Crédito Público (CAIC), una unidad adscrita al
Ministerio de Finanzas, por entonces la primera y la única en América latina. Su propósito era
establecer la legitimidad, legalidad y pertinencia de los préstamos, las negociaciones y
renegociaciones; además, identificar a los prestatarios y a los prestamistas, así como sus
responsabilidades y corresponsabilidad, los impactos sociales, económicos y ambientales; y, por
sobre todo, permitir la acumulación y ponderación de fundamentos para que el país emprenda acciones
soberanas y reparadoras respecto de los pagos realizados y futuros.
Sus miembros, nacionales y extranjeros, constituyeron subcomisiones según tramos de deuda:
multilateral, bilateral, comercial y de deuda interna, y también subcomisiones con sentido
transversal: la de Impactos Sociales, Ambientales, de Género y Pueblos; la Jurídica, y el grupo
especial para créditos de mayor significación. La iniciativa respondía a la comprobación de que el
incesante drenaje de recursos resultante del endeudamiento público no había servido como fuente de
financiamiento, sino que respondía a la materialización de políticas impuestas por los organismos
multilaterales, con el pretexto de administrar consecuencias del endeudamiento. Además se hacía eco
de la asimetría que caracteriza el endeudamiento Norte-Sur, denunciada por expertos y movimientos
locales e internacionales que “...apoyan el reconocimiento de la corresponsabilidad en la
deuda, la anulación de obligaciones ilegítimas y la reparación de perjuicios ocasionados”
(Informe final de Auditoría de la Deuda Interna, CAIC, noviembre de 2008).
La investigación y el análisis técnico se efectuaron sobre documentos legales, como leyes
vigentes en el correspondiente período, decretos del Poder Ejecutivo, resoluciones del Banco
Central, versiones taquigráficas del Congreso nacional que evidencian la postura de los diferentes
partidos políticos y escrituras públicas donde se formaliza la emisión. También, sobre comprobantes
del servicio de bonos y cupones de la deuda pública interna del Banco Central, estadísticas de
tasas de interés y otros datos oficiales y de centros de estudios.
La deuda fue subdividida en “comercial” (se analizó el endeudamiento de entidades
públicas de Ecuador con la banca privada internacional desde 1976); “multilateral” (la
concedida por los organismos financieros internacionales); “bilateral” (créditos
provenientes de gobiernos o entidades oficiales, desde España hasta el Club de París); e
“interna” (particularmente a través de la emisión de Letras del Tesoro). El criterio de
análisis fundado en la ilegitimidad, parte del razonamiento consistente en que darle prioridad al
pago del servicio de la deuda genera, por una parte, la concentración del capital y, por la otra,
excluye a los pueblos de sus derechos básicos. Las organizaciones sociales habían recogido el
criterio de ilegitimidad para calificar como tal a todos los mecanismos, legales e ilegales,
“utilizados por el capital financiero para el despojo de nuestros recursos con el pretexto
del pago de la deuda”.
En consecuencia, el proceso denominado de “socialización de deudas privadas” (un
sector privilegiado es beneficiado en detrimento de los derechos fundamentales de la mayoría de la
población) es ilegítimo porque el Estado ha contraído un pasivo con fraude o falsedad, lo que es
factible de ser juzgado con las legislaciones civiles y penales nacionales, y tras el debido
juicio, puede declararse la nulidad de esos contratos. La continuidad de este trabajo supone que
una nueva arquitectura financiera mundial requiere procesos previos de auditoría no solamente a
cargo de oficinas gubernamentales sino también de organizaciones sociales con una perspectiva
integral, para luego poder postular la constitución de tribunales de la deuda con miembros que no
provengan del sector de deudores ni del de acreedores.
Algunos de los hallazgos de la Comisión para la Auditoría Integral son elocuentes: en 1992 la
deuda interna pública ecuatoriana era de US$ 256,8 millones y llegó a US$ 3.277 millones en el año
2006, registrando un crecimiento de alrededor de siete veces en tres décadas. En cuanto a la
tendencia del servicio de la deuda interna, pasó de US$ 93 millones en 1991 a US$ 1.604 millones en
el año 2006, es decir que se incrementó 16 veces en un período de 16 años. Este crecimiento se
debe, entre otras razones, a las elevadas tasas de interés.
Un primer fruto apetitoso de esta estrategia de Ecuador es el caso de Noruega, país en el que la
demanda combinada de organizaciones sociales ecuatorianas con movimientos civiles de ese país logró
que el crédito concedido por la nación para la adquisición de cuatro barcos fuera condonado y
cancelados los pagos pendientes.
Alejandro Olmos, prestigioso periodista tucumano, se puso al hombro el largo proceso judicial
en Argentina donde denunció la ilegitimidad de la deuda contraída con los organismos
internacionales de crédito por parte de varios gobiernos argentinos. Supo decir en Brasil:
“...la deuda externa argentina es el resultado de una gigantesca maniobra de dominación
mediante procedimientos previstos y reprimidos por la ley penal”. Su hijo homónimo fue
comisionado en la CAIC.
En la mitología griega, Escila era un monstruo marino de varias cabezas condenado a guardar
un estrecho paso marítimo. Habitaba junto a su colega Caribdis, que tragaba torrentes tres veces al
día y los devolvía otras tantas veces, adoptando la forma de un remolino que arrastraba lo que se
ponía a su alcance. De la narración nació la frase “estar entre Escila y Caribdis”,
esto es, entre la espada y la pared. Los “tiempos interesantes” que vivimos también nos
dicen que, entre la espada y la pared, la voluntad política puede poner imaginación, voluntad y un
día de verdad y justicia.
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